Me ha parecido un texto precioso así que o npondré por aquí, pese al riesgo de que sea una película que ya se haya citado en las recomendaciones (me defraudaría enormemente que así no fuera).
La Princesa Prometida (The Princess Bridge) 1987 O un cuento convertido en película.
En 1987, un cuento de hadas sobre el amor verdadero, la venganza y roedores de tamaño descomunal llegó en silencio a los cines.
Y en silencio desapareció.
El equipo de marketing no sabía qué vender.
¿Era una comedia?
¿Un romance?
¿Una película infantil?
¿Una aventura épica?
Los tráilers confundieron a todos. El público se quedó en casa.
The Princess Bride recaudó 30 millones frente a un presupuesto de 16. Un respiro justo. Para Hollywood, un estreno discreto destinado al olvido.
Hoy, intentar imaginar un mundo en el que “Como desees” no signifique “Te amo”, en el que “Hola, me llamo Íñigo Montoya” no sea reconocido en cualquier rincón del planeta, o en el que “¡Inconcebible!” no forme parte de nuestro lenguaje cotidiano… es imposible.
Pero ese mundo casi existió.
Porque hacer The Princess Bride fue, en sí mismo, una misión imposible digna de Florin y Guilder.
El libro que encantó a todos excepto a Hollywood
William Goldman escribió la novela en 1973: una sátira cariñosa de los cuentos de hadas envuelta en una auténtica historia de amor.
Los editores la adoraron. Los lectores la adoraron.
Hollywood, no.
Durante más de una década, Goldman llevó el guion de estudio en estudio.
Demasiado rara.
Demasiado autoconsciente.
Demasiados tonos mezclados.
Los ejecutivos no sabían en qué casilla encajarla.
Hasta que Rob Reiner la leyó.
Él entendió lo que otros no: los cambios de tono no eran un error; eran el alma de la obra.
Era un cuento de hadas que sabía que lo era, un homenaje sincero y una parodia tierna al mismo tiempo.
El reparto imposible
Para Westley hacía falta un actor capaz de decir “Como desees” con una sinceridad absoluta y hacer comedia, y dominar la esgrima.
Cary Elwes, joven actor británico, carismático y con instinto natural para la ironía, era perfecto.
Para Buttercup eligieron a Robin Wright, de apenas veinte años, pero con la serenidad, la belleza y la fuerza silenciosa que Goldman había imaginado.
Cuando él la vio por primera vez, iluminada por la luz del sol, murmuró: “Eso es lo que escribí”.
Y entonces apareció Íñigo Montoya.
Mandy Patinkin no vio sólo una historia de venganza: vio la herida de su propia vida.
Su padre había muerto de cáncer cuando él tenía dieciocho años.
La frase “Quiero a mi padre de vuelta, hijo de ****” resonó en un rincón profundo de su alma.
“Desde el minuto en que leí el guion —recordó— supe que debía interpretar este papel. Para mí, si mataba al hombre de seis dedos, significaba matar al cáncer que mató a mi padre.”
Por eso la emoción de esa escena final es tan auténtica: no es actuación. Es duelo. Es catarsis.
El gigante que sonreía a pesar del dolor
Para Fezzik, eligieron a un gigante real: André the Giant.
Medía 2,24 metros. Vivía con un dolor constante. Su columna estaba destrozada tras décadas de lucha libre.
Había pasado por una cirugía mayor poco antes de rodar.
Levantar a un actor era una agonía.
Así que el equipo usó cables para sostener a Robin Wright cuando Fezzik “la atrapa”.
Aun así, André nunca se quejó. Nunca.
Según Elwes:
“No existe una sola foto del rodaje en la que André no esté sonriendo.”
La mejor pelea de espadas sin dobles de la historia moderna
El legendario Bob Anderson —el mismo que entrenó a los actores de Star Wars y después The Lord of the Rings— diseñó el duelo entre Westley e Íñigo.
Entrenó a Elwes y Patinkin durante semanas, enseñándoles a luchar con ambas manos.
Practicaban incluso entre tomas.
Cuando hicieron la escena por primera vez ante Reiner, fue tan perfecta… que resultó demasiado corta.
Reiner les pidió volver a alargarla.
El resultado: una de las peleas de esgrima más celebradas de la historia del cine.
Excepto por dos volteretas, todo lo que se ve en pantalla lo hacen los actores.
El milagro de Billy Crystal
Billy Crystal, como el hilarante Miracle Max, improvisó durante tres días seguidos, diez horas al día.
Rob Reiner tuvo que abandonar el set: se reía tan fuerte que arruinaba el audio.
Patinkin, que debía mantenerse serio, terminó con una costilla magullada por contener la risa.
Cary Elwes, “mayormente muerto”, tuvo que ser sustituido por un muñeco porque Crystal lo hacía reír sin parar.
De treinta horas de grabación salieron cinco minutos de oro puro.
Los paisajes, otro personaje
Los majestuosos Acantilados de Moher se convirtieron en los Acantilados de la Locura.
Haddon Hall fue el castillo de Humperdinck.
El Pantano de Fuego —con llamaradas, arenas movedizas y ROUS— se construyó en un estudio en Surrey.
Cuando terminaron, todos tenían la certeza de haber creado algo mágico.
Y entonces llegó el estreno.
El marketing no supo transmitirlo.
El boca a boca no fue suficiente.
La película se desvaneció entre los estrenos de ese año.
Rob Reiner quedó devastado.
El renacimiento silencioso
Pero en los videoclubs ocurrió lo inesperado.
Las familias la alquilaban.
Los hijos la mostraban a los padres.
Los universitarios la memorizaban.
Los amigos la recomendaban con fervor.
Se volvió la película que todos insistían en que había que ver.
Sus frases se convirtieron en idioma universal:
“Inconcebible.”
“Suerte asaltando el castillo.”
“Hola, me llamo Íñigo Montoya…”
“Como desees.”
Generación tras generación la fue reclamando como suya.
Un fracaso que se convirtió en eternidad
Hoy, The Princess Bride no es sólo un clásico de culto.
Es un tesoro cultural.
No porque reinventara el cine.
No porque ganara premios enormes.
Sino porque logró algo más difícil:
Ser amada.
Simple y profundamente amada.
Es una película que respeta a su público.
Que mezcla humor y ternura sin cinismo.
Que cree en el amor sin caer en el azúcar.
Que recuerda que los cuentos de hadas importan porque nos recuerdan quiénes queremos ser.
Los estudios que la rechazaron no supieron verlo.
El público que no fue al cine en 1987 la encontró después.
Porque las grandes historias no necesitan éxito inmediato.
Necesitan tiempo para encontrar a quienes las necesitan.
The Princess Bride tardó catorce años en hacerse.
Sobrevivió a un estreno tibio.
Y aun así, se volvió eterna.
Algunas historias son más fuertes que sus obstáculos.
Algunos amores vencen incluso a la taquilla.
Algunos cuentos son, sencillamente, inconcebibles de matar.
Como desees.