|
Primera vez que veo un vídeo de Omar Rueda que habla de este tema.
Hoy se está poniendo muy de moda una idea disfrazada de “evolución emocional”: creer que cuanto menos necesites a los demás, más fuerte, más maduro y más sano eres. Como si sentir demasiado fuese debilidad, como si implicarte profundamente con alguien fuese dependencia, y como si lo ideal fuese poder pasar página de cualquier vínculo sin que nada te afecte demasiado.
Y sí, evidentemente hay relaciones que deben terminarse, especialmente cuando hay daño, abuso, manipulación o maltrato. Ahí el contacto cero puede ser necesario y completamente sano. Pero una cosa es protegerte de algo destructivo y otra muy distinta convertir la desconexión emocional en una forma de vida.
Porque cada vez parece más normal romper vínculos como si fueran objetos de consumo. Personas con las que compartiste años de amistad desaparecen de un día para otro y la lógica es simplemente: “bueno, ya está, cada uno por su lado, a conocer gente nueva”. Como si el hecho de que alguien haya formado parte de tu vida, te haya acompañado, cuidado o sostenido durante años no mereciera ningún tipo de permanencia emocional, recuerdo o vínculo humano más allá de la utilidad inmediata.
Y pasa también muchísimo en las parejas. Relaciones que terminan de buenas, sin traiciones ni daño grave, pero donde automáticamente se instala esta idea de: “pasar página”, “a otra cosa”, “a otra persona”, “cortar totalmente”, “como si nunca hubiese existido”. Y no porque todavía haya conflicto, sino porque mantener cualquier tipo de cariño, contacto o reconocimiento hacia alguien con quien compartiste años parece verse hoy como una debilidad emocional o como incapacidad para avanzar.
Antes era más común entender que algunas personas, aunque dejaran de ocupar el mismo lugar en tu vida, seguían siendo importantes de alguna manera. Que no todo vínculo tenía que acabar en borrado absoluto. Que alguien podía dejar de ser tu pareja y seguir siendo una persona significativa para ti, alguien a quien aprecias, recuerdas o incluso mantienes cerca desde otro lugar más sano y diferente.
Pero hoy parece que todo tiene que ser radical: o eres “mi persona” o desapareces completamente. O me aportas exactamente lo que necesito ahora mismo o dejo de verte. Y eso refleja una forma muy moderna de relacionarnos donde el otro acaba convertido en una experiencia temporal, en algo reemplazable.
Nos están enseñando a vivir los vínculos desde la lógica del consumo emocional: si algo deja de satisfacerme, lo cambio; si un vínculo requiere paciencia, complejidad o tolerar incomodidad, me voy; si alguien ya no encaja perfectamente con mi momento vital, lo descarto. Y poco a poco confundimos independencia con aislamiento, desapego con anestesia emocional y amor propio con incapacidad para sostener vínculos profundos.
El problema no es que las relaciones terminen. El problema es empezar a pensar que sentir apego, echar de menos, conservar cariño o querer mantener ciertos lazos humanos es algo tóxico o poco evolucionado. Porque el ser humano no está hecho para vivir desde la desconexión absoluta. Necesitamos vínculo, pertenencia, continuidad emocional y personas con las que construir historia.
La verdadera madurez emocional no consiste en no necesitar a nadie. Consiste en poder amar sin perderte a ti mismo, poder cerrar etapas sin convertir cada despedida en un borrado total y poder seguir adelante sin tener que fingir que nada ni nadie te importó de verdad a pesar de haber pasado junto a una persona años de tu vida.
|