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Antiguo 08-Sep-2019, 18:54  
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A raíz del hilo que toca el tema de la violencia de género, me animo a publicar este relato que escribí hace ya algunos años y que está basado precisamente en un caso del que tuve noticia en su momento. Obviamente, los nombres y determinadas situaciones no se corresponden con los reales. Es un tanto largo (de hecho, debo insertarlo en dos partes porque no me deja hacerlo en una sola), pero a quien esté interesado en este tipo de cuestiones seguro que no le molestará demasiado tal extensión. En fin, allá va:


CAÍDA

No era rico, tampoco guapo ni alto, ni en modo alguno destacaba por la posesión de cualidades internas o externas a todas luces encomiables, un tipo normal y corriente en definitiva, del montón, uno de tantos…, si bien, dentro de esa mediocridad, Pedro Cifuentes se consideraba a sí mismo un hombre afortunado y en líneas generales feliz. No demandaba de la vida nada más que lo que ésta había tenido a bien ofrecerle, que era por lo demás todo cuanto necesitaba para sentirse satisfecho: una mujer a la que amaba, una hija adorable y un trabajo que le complacía y que, aunque no demasiado bien retribuido, le permitía mantener un nivel de vida digno. Todo marchaba en ese sentido sobre ruedas. Le encantaba llegar a casa luego de cada jornada de trabajo y ver cómo su pequeña Carla, de cuatro años, se le enganchaba al cuello mientras con su atiplada voz infantil le decía: <<papaíto, te quiero>>… Sí, Pedro era sin lugar a dudas un hombre feliz.

La única sombra que de un tiempo a esta parte perturbaba esa armonía la proyectaba su esposa, Celia, quien desde hacía algunos meses venía mostrándose un tanto arisca con él, nada cariñosa y propensa a iniciar discusiones conyugales con cada vez mayor frecuencia. Cualquier motivo parecía venir al pelo para promover este tipo de enfrentamientos, hasta los en apariencia más baladíes, por más que la mayoría de las veces no fuesen lo que se dice discusiones en exceso virulentas, entre otras cosas porque el conciliador temple de Pedro le llevaba a atajarlas con rapidez, prefiriendo en tal sentido claudicar y dar la razón a su mujer, aun a riesgo de mostrarse débil, que prolongar la porfía durante demasiado tiempo.

Estos roces se fueron sucediendo una y otra vez con similar guion: reproches de ella, subsiguiente disputa, rendición de él, caras largas y armisticio, hasta que llegó el momento en que las capitulaciones de Pedro dejaron de satisfacer a su rival, con lo que, como tales, ya no bastaron por sí solas para que la paz volviese a imperar en el seno del matrimonio, entre otras cosas porque Celia, lejos de valorar la actitud conciliadora de su marido, comenzó a tildarla de servil contemporización, lo que la enfurecía todavía más, acusándole entonces de ser un pelele carente de personalidad.

Entristecido por recibir tantas amonestaciones y menosprecios por parte de la mujer a quien amaba, Pedro se aferraba a la idea de que todo aquello no fuera sino una mala racha que pronto pasase para dejar de nuevo expedito el cauce por el que hasta entonces discurriera la vida calmosa que tanto le agradaba, cauce cuyas aguas venían a ser para él alfaguara de felicidad, la vida que de hecho había gozado con verdadera fruición hasta que esa sombra proyectada por las desavenencias conyugales se cerniera de manera incomprensible sobre ella.

Sin embargo, lejos de disminuir, la sombra se fue haciendo cada vez mayor, más oscura y hermética, hasta llegar a cubrir todos los ámbitos que vinculaban a la pareja, incluido el afectivo. Fueron de este modo los besos y muestras de cariño por parte de Celia menguando hasta prácticamente desaparecer del todo, al igual que el sexo, cuya frecuencia se redujo con idéntica progresividad, hasta el punto de que cada vez que Pedro entraba en la cama en busca de un acercamiento íntimo, salía generalmente rechazado por su compañera, al principio mediante pretextos que tenían como denominador común el cansancio o la fatiga, más tarde alegando falta de apetencia y finalmente sin oponer ningún género de excusa, con indisimulada aspereza. Y si en tales casos Pedro insistía para a través de caricias o arrumacos procurar encender su fuego, ella le apartaba con brusquedad, recalcándole que un no era un no y que, si tantas ganas tenía, se fuese al cuarto de baño a hacerse una paja. Él se resignaba entonces y buscaba en el sueño refugio donde aplacar tanto el deseo como la tristeza del rechazo.

Las discusiones entre ellos continuaron subiendo enteros, más virulentas a medida que avanzaba el tiempo, sin apenas contención verbal por parte de Celia, que no dudaba en zaherir a Pedro mediante los más hirientes dicterios que a su pensamiento acudían, con los que cuestionaba desde su inteligencia a su hombría, dentro de una espiral progresiva donde cualquier excusa servía para dejar traslucir el hondo desprecio que sentía hacia el esposo y padre de su hija. Entre otras muchas cosas, le reprochaba abiertamente que ganase poco dinero en su trabajo como vigilante de seguridad, que careciera de ambición, que no fuese más divertido, que rebosara vulgaridad. Pedro sufría esos reproches y los combatía con réplicas que apenas tenían consistencia frente al ciclón de su rival, reproches que culminaron el día en que Celia vino a decirle que no aguantaba más a su lado y que quería el divorcio.

Pedro quedó noqueado, perplejo frente a una petición que ni en su peor pesadilla habría creído posible, y sólo tras constatar que ella hablaba en serio se atrevió a pedir explicaciones; sobre todo quería saber si había otro hombre en su vida, si todo el rechazo que últimamente le manifestara obedecía en última instancia a la presencia de un tercero con el que pretendiese reemplazarle. Como el súbito florecimiento de una rosa, el rubor se hizo hueco en las mejillas de Celia tras esta indagatoria sobre su fidelidad conyugal, un relámpago escarlata que se tradujo en momentáneo azoramiento, en confusa vacilación, incómodo momento del que, sin embargo, se repuso casi al instante para decir que no, que no había nadie más, pero que ya no le amaba, que no sentía nada por él, que no soportaba siquiera que la tocase. Pedro no sabía qué decir ante tan contundentes razones, se sentía acabado, hundido, de súbito el universo entero se había desmoronado frente a él como una ciclópea construcción hecha de arena y paja; sólo fue capaz de vencer su marasmo para arrastrarse y suplicar por una oportunidad, ofreciendo como contrapartida su voluntad de cambio para convertirse en lo que ella quería que fuese, en otro hombre distinto, otro hombre del que pudiera volver a enamorarse; se arrastró hasta lo indecible, apelando a lo que tenían en común, a todo aquello que juntos habían edificado, la familia, su hija, sobre todo su hija, por la que estaban obligados a hacer un esfuerzo e intentarlo de nuevo, esa niña aún tan pequeña a la que a buen seguro traumatizaría la prematura separación de sus padres; le daría todo el tiempo y el espacio que fuera preciso si así lo necesitaba, pero tenían que hacer ese esfuerzo.

Ninguna de esas razones consiguió, sin embargo, conmover a una hierática e intransigente Celia, quien, firme en su posición, las atajó todas para negarse en redondo, aduciendo que llevaba con la idea en mientes desde hacía mucho tiempo y que nada iba ya a conseguir que diese marcha atrás en su determinación. Lo más sensato, según ella, era llegar juntos a un acuerdo que plasmase por escrito los diferentes extremos sobre los que debía versar el divorcio, ya los de carácter personal, ya los de índole económica, pues se había informado al respecto y le constaba que el proceso sería así más sencillo, además de mucho menos costoso, con un único abogado y procurador para ambos.

Pese a la desolación que le causaba la perspectiva de un inminente futuro donde la segur del divorcio partiría en dos lo que hasta entonces considerara una unidad sólida como el acero, Pedro no pudo sino aceptar la sugerencia de su todavía esposa y mostrarse conforme con acudir al proceso bajo una misma dirección letrada, a fin de cuentas aquella a quien tras la fractura debería renombrar bajo el prefijo ex había ya tomado una decisión al respecto y vendría a ser inútil, además de absurdo, oponerse a ella. Sin embargo, cuando más adelante Celia puso sobre el tapete los puntos concretos que quedarían pautados a través del convenio regulador, Pedro se mostró tan indignado que no tuvo más remedio que, dejando a un lado su actitud condescendiente, oponerse con firmeza: no podía aceptarlos, no podía resignarse a un alejamiento de su hija como el que postulaba aquel documento infame, limitado su contacto a un régimen de visitas de fines de semana alternos y algún que otro periodo vacacional. No, no estaba dispuesto a aceptar tales condiciones, de modo que propuso en su lugar una custodia compartida.

Enfurecida por esta inesperada rebelión de quien hasta entonces se mostrara dócil y acomodaticio frente a sus peticiones, Celia repuso que jamás aceptaría una custodia compartida y, sumamente indignada, le exigió que se marchara de casa, amenazándole con que, si no lo hacía por las buenas, iba a ser mucho peor por las malas. Pedro adujo que no tenía donde ir y que, además, una parte de la hipoteca la estaba sufragando él con su salario, de modo que, al menos hasta que un juez le obligase a ello, permanecería en la vivienda. Los ojos de Celia se encendieron entonces con un resplandor deletéreo, ese brillo especial que brota de las emociones más perniciosas, envolviendo con su nocivo fuego a Pedro mientras con palabras igual de hirientes le comunicaba que se arrepentiría de haber tomado semejante decisión y le escupía el profundo desprecio que sentía hacia él, un desprecio que dejaba traslucir toda su cara.

A partir de ese momento el matrimonio entró en una fase de muda hostilidad donde, salvo para lo que pudiera resultar indispensable, apenas si se dirigían la palabra el uno al otro. El contacto físico se redujo asimismo a cero, hasta el punto de que Pedro dejó de dormir en el lecho conyugal para pasar a hacerlo en el sofá que presidía el salón comedor. La tirantez entre ellos, pese al silencio, era tan fuerte que se podía cortar con un cuchillo, una tensión que, como no podía ser de otro modo, percibía asimismo la hija de ambos, lo que la llevaba a mostrarse cohibida, ya no tan cariñosa y desenvuelta como lo era antes.

La notificación de la demanda de divorcio contencioso le llegó a Pedro una mañana del mes de junio, traída por un funcionario del juzgado que le emplazó para contestarla en un plazo de veinte días hábiles. Esa misma tarde acudió a un abogado de la zona en busca de asesoramiento jurídico. Estaba dispuesto a dejarse el alma en esta lucha que él no iniciara, sobre todo en lo que atañía a conseguir la custodia compartida de su hija, que consideraba no sólo lo más equitativo, sino lo mejor para el desarrollo personal y afectivo de esta última. El letrado aceptó el caso, aunque dejándole patente desde un primer momento que no podía prometerle nada en cuanto al éxito de sus pretensiones, sobre todo porque la mayoría de los jueces continuaban siendo reacios a conceder la custodia compartida, prefiriendo en su lugar otorgársela a la madre, salvo en casos muy excepcionales. Lo único a lo que se podía comprometer, si es que pese a todo decidía contratar sus servicios, era a poner todo su empeño en el caso; eso era cuanto podía prometerle. Pedro valoró esta sinceridad y le encomendó su defensa.

Dos días antes de concluir el plazo para la contestación a la demanda, cierta tarde en que Pedro regresaba a casa luego de cumplir con su habitual jornada de trabajo, se encontró en el portal con dos agentes de policía que, tras identificarse como tales, le comunicaron que estaba detenido, para acto seguido esposarle, leerle sus derechos y, sin más miramientos, ser introducido en el coche celular que habría de trasladarlo a comisaría. Al estupor primero siguió de inmediato una indignación que vino a emerger en forma de reproches y preguntas, Pedro no entendía nada, no había hecho nada que mereciera ese trato, exigía una explicación. Pero los agentes se limitaban a pedirle que se tranquilizara, asegurándole que sería debidamente informado de los cargos en su contra cuando llegasen a las dependencias policiales, donde contaría además con la asistencia de un abogado.

Una vez en comisaría fue, en efecto, instruido de los motivos de su detención, que no eran otros sino la denuncia por agresión que Celia había presentado contra él. Afirmaba en dicha denuncia haber sido insultada, vejada y golpeada por su marido hasta causarle los hematomas y contusiones que figuraban en el parte de lesiones que, unido al atestado, los policías le exhibieron.

Presa de una rabia que apenas era capaz de contener, Pedro negó una y otra vez las acusaciones vertidas; era cierto que, como se afirmaba en la denuncia, la noche previa habían mantenido una fuerte discusión conyugal, pero no así que él la hubiese pegado, eso jamás, tan solo hubo entre ellos palabras altisonantes, una encendida disputa verbal, nada más, ni uno solo de sus cabellos la había tocado, lo juraba, menos aún causado esas heridas que figuraban en el parte médico. Al hilo de esto último, quiso Pedro dejar constancia en su declaración que cuando esa misma mañana había marchado hacia el trabajo, su esposa se encontraba perfectamente, por lo que no tenía forma alguna de explicar cómo se había producido tales lesiones, algo que le resultaba a todas luces incomprensible.

No obstante, a pesar de este alegato de inocencia y de las protestas que siguieron, Pedro se vio obligado a pasar la noche en los calabozos de comisaría, siendo al día siguiente trasladado en un furgón policial hasta el juzgado de guardia. Allí declaró de nuevo, en esta ocasión frente al juez y el fiscal de guardia, volviendo a negar con énfasis las imputaciones de que era objeto, en especial el hecho de haber agredido a su pareja. Preguntado si eran frecuentes las discusiones en el seno del matrimonio, respondió que sí, que en las últimas fechas estas se habían multiplicado, a veces incluso con verdadero acaloramiento, debido sobre todo al proceso de divorcio en que estaban sumidos y las discrepancias que al respecto ambos mantenían; pero que jamás la había pegado. El juez quiso saber entonces la razón por la que ella presentaba los hematomas y magulladuras que figuraban en el parte de lesiones, síntomas evidentes de haber sido violentada, a lo que Pedro no supo ya responder, salvo insistir de nuevo en que él no había sido.

Celia también acudió esa misma mañana al juzgado para prestar declaración y ser reconocida por el médico forense, quien en su informe no dejó lugar a dudas al dictaminar que las lesiones padecidas fueron causadas por una agresión externa. Por lo demás, ella se ratificó en su denuncia y solicitó una orden de alejamiento, orden que finalmente el juez, dentro de las diligencias previas cuya apertura decretó por un presunto delito de violencia contra la mujer, vino a otorgar: el auto que dictó al efecto prohibía a Pedro aproximarse a menos de doscientos metros de la víctima, así como comunicarse con ella por cualquier medio.

Forzado de este modo por la acción de la justicia, Pedro no tuvo más remedio que marcharse del que hasta entonces fuera su hogar, sin ninguna solución a corto plazo que remediase esta inesperada falta de techo. No tenía de hecho donde ir, sus padres y su única hermana vivían en poblaciones muy alejadas, por lo que no podía recurrir a ellos, ni tampoco tenía forma de agenciarse una vivienda en alquiler, tanto por las innumerables garantías que exigían los propietarios a la hora de firmar el contrato, como por su limitada disponibilidad dineraria, sometido que estaba a unos pagos que resultaban ineludibles, como el de la hipoteca que, paradójicamente, gravaba la misma casa de la que acababa de ser expulsado o la pensión alimenticia que mensualmente debía satisfacer para la manutención de su hija, acordada asimismo por el juez de guardia como medida provisional en tanto se tramitaba el divorcio. Así las cosas, pudo conseguir a última hora una habitación de alquiler en un barrio marginal, gracias a la mediación de un compañero de trabajo que se ofreció a interceder por él ante los propietarios.

La incoación de las diligencias previas en el ámbito penal tuvo como consecuencia en el civil que los autos de divorcio fuesen remitidos al juzgado de violencia de género para su conocimiento y fallo, al ser éste el que por imperativo legal tenía asignada la competencia objetiva en tales casos. El letrado le comunicó que este traslado del expediente solía la mayoría de las veces resultar pernicioso para el cónyuge varón, toda vez que, aunque en teoría los cauces procedimentales no variasen, en la práctica los jueces de violencia tendían a ser más severos con aquél a la hora de establecer las medidas que vendrían recogidas en la sentencia; no podía en ese sentido ser demasiado optimista. Fuera como fuese, Pedro se encontró con que tenía que hacer frente a dos procedimientos, uno civil y otro penal, y cada vez se sentía con menos ánimo y fuerzas para afrontarlos.

(continúa en el siguiente)
 
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(Continuación)

La sentencia de divorcio no se demoró en exceso y, tal y como barruntara el abogado, fue del todo contraria a las pretensiones de su cliente. Entre las medidas fijadas en ella, la más dolorosa, aunque ya esperada, fue la atribución de la guardia y custodia de la pequeña Carla a favor de su madre, con un régimen de visitas restringido a fines de semana alternos para el padre. Pedro se sintió desolado tras conocer los términos de esta resolución judicial que presentaba a sus ojos un panorama de lo más descorazonador. El abogado le hizo saber que la sentencia no era firme y podía por tanto aún recurrirla en apelación, si bien, al existir diligencias penales abiertas contra él y una orden de alejamiento de su esposa, iba a ser muy complicado, por no decir imposible, obtener un fallo más favorable. A juicio del letrado, debía incluso darse por contento de que se le hubiera concedido un régimen de visitas con la posibilidad de pernocta en los fines de semana que le correspondiesen.

Pedro tuvo que admitir la derrota y resignarse a la nueva situación que a partir de ese momento le tocaba vivir; no podía de hecho hacer otra cosa, sus cartas fueron malas desde un principio y el adversario había jugado encima sucio, sin reparo alguno a la hora de servirse de trampas con las que obtener ventaja, dando lugar de este modo al devastador resultado final que ahora le tocaba digerir. Por otra parte, el procedimiento penal siguió asimismo adelante hasta concluir con una sentencia que, entre otras medidas, establecía pena privativa de libertad para él. Aquello venía a ser la puntilla, el remate definitivo que ponía colofón a su vapuleo ante los tribunales y lo arrastraba en el lodo de la más absoluta de las desolaciones. Lo único bueno entre tanta calamidad fue que al ser dicha pena inferior a los dos años y carecer Pedro de antecedentes penales, pudo paliar el peso de esta mediante la obtención de su remisión condicional, lo que le evitaba al menos entrar en prisión.

El daño en cualquier caso estaba ya hecho, con unas consecuencias de las que habrían de derivar serios quebrantos y menoscabos, tanto en el aspecto anímico, del que venían a ser vanguardia los primeros síntomas de una depresión que ya no le daría nunca más tregua, como en otros ámbitos fundamentales de su vida, en especial el referido al terreno laboral, donde la noticia de su condena llevó a los dirigentes de la empresa donde trabajaba a tomar la decisión de despedirlo, alegando que no podían mantener en nómina a una persona que tuviera antecedentes penales, máxime tratándose de un puesto tan delicado como era el de vigilante de seguridad.

Aquel despido fue otro golpe durísimo para Pedro, recibido además cuando aún no había terminado de encajar el anterior y, medio grogui, andaba bamboleándose por el impacto. Trató no obstante de mantener la compostura y no venirse definitivamente abajo, pese a que los tentáculos de la depresión continuaban por dentro su implacable avance, impeliéndole con cada vez mayor pujanza a arrojar la toalla. Sobreponiéndose a tal impulso, indagó en busca de un nuevo empleo que le permitiera recomponer su maltrecha existencia, sin discriminar en esta búsqueda ninguna rama o sector, por muy alejado que a priori se antojara de sus inclinaciones personales o de su aptitud profesional; cualquier empleo le servía en ese sentido, cualquiera que le ofreciese lo mínimo para subsistir y sufragar la pensión alimenticia de Carla, tampoco pretendía más por el momento. Sin embargo, su escasa formación académica y falta de experiencia laboral (Pedro sólo había trabajado en empresas de seguridad), así como su edad, que ya excedía de los cuarenta años, añadido a la situación global de crisis económica por la que atravesaba el país, con un desempleo cada vez más galopante, se convirtieron en muros infranqueables contra los que nada pudo hacer todo este afán que puso Pedro en encontrar trabajo. Podía haberse ido al pueblo con sus padres, donde cultivar las tierras que estos poseían allá, con lo que al menos habría solucionado el problema de la falta de empleo; pero no quería alejarse de su hija, quien se había convertido en toda su razón de ser, la única ilusión de su vida, por mucho que sólo pudiera pasar con ella un fin de semana de cada dos.

En este estado de cosas, con lo que obtenía del subsidio de desempleo y algunos pocos ahorros que aún le quedaban en el banco pudo ir tirando durante cierto tiempo, aunque a costa, eso sí, de privaciones cada vez mayores, hasta que llegó el momento en que, pese al espartano modo de vida que llevaba, no pudo seguir atendiendo todos los desembolsos a que debía hacer frente, viéndose urgido a priorizar y, en consecuencia, suprimir algunos de tales pagos: primero dejó de consignar su mitad en la hipoteca de la casa que, al menos en el ámbito legal, seguía siendo propiedad suya; más tarde comenzó a demorar la renta convenida por la habitación que ocupaba, lo que se tradujo en inmediatas amenazas de desahucio por parte del arrendador, y, finalmente, lo que más vergüenza y pesar le ocasionaba, empezó a retrasarse en el abono de las mensualidades correspondientes a la pensión de su hija, gravamen que, aun siendo el más prioritario para él, tuvo que desatender en varias ocasiones por absoluta falta de dinero. Esto último dio pie a sucesivas denuncias de Celia por impago de pensiones que derivaron en nuevos juicios y nuevas multas que Pedro tampoco podía pagar, conformándose de este modo un infernal círculo vicioso donde causas y consecuencias terminaban confundidas las unas con las otras.

En servicios sociales le aconsejaban que, dada su situación de desempleo, iniciase un procedimiento de modificación de medidas para cuando menos ver reducido el monto de la pensión alimenticia. Pero él ya no tenía fuerzas ni ganas, ni mucho menos el dinero necesario para contratar los servicios de un nuevo abogado que lo defendiese y un procurador que ostentara su representación procesal, profesionales ambos preceptivamente requeridos en dicha clase de procedimiento, ni tampoco tenía ánimos para instar el reconocimiento del derecho a justicia gratuita que hubiera podido proporcionárselos de oficio. Su depresión era cada vez mayor, lo que se traducía en astenia, en abatimiento, en una voluntad marchita, sin carácter ni temperamento alguno, seca de energía, una voluntad de todo punto incapaz de reaccionar ante cualquier tipo de estímulo. Así que se limitaba a no hacer nada y dejarse llevar por los acontecimientos, como una marioneta movida por los hilos de un destino sañudo y caprichoso, de manera que cuando era citado para acudir a un nuevo juicio, arrastraba su cuerpo hasta el juzgado tan solo para reconocer sin más los hechos que se le imputaban, alegando como única defensa que carecía de dinero para pagar, aun a sabiendas de que eso ni le liberaba de su obligación ni de la ulterior condena por no hacerla frente.

Más dejado y apático a medida que avanzaba el tiempo, ya nada parecía importar a Pedro en la vida. Dejó de percibir el subsidio del paro y con él su única fuente regular de ingresos; pero ya ni siquiera se molestaba en buscar empleo. La habitación donde residía era un desastre, sus escasas pertenencias aparecían esparcidas aquí y allá en desordenados rimeros, la horrura percudía cada uno de sus rincones, polvo y churre en continuo avance, como un ejército de lóbregos soldados, y el olor era ácido, irrespirable, un tufo a cerrado, a basura, a abandono. Tampoco él apenas si ya se aseaba, sus ropas estaban mugrientas y se adherían a la piel como viciadas lapas, una piel donde la falta de higiene había dibujado oscuras ronchas que formaban un mapa caótico del que se desprendía un olor acre, similar al de la propia pieza donde habitaba. Lo más curioso era que él ni siquiera parecía apercibirse de este brutal deterioro, no se daba cuenta de su paulatino embrutecimiento, no se daba cuenta de la suciedad que lo ceñía como una inmunda aureola, no se daba cuenta de que apestaba, no se daba cuenta en definitiva de nada, postrado por la desidia hasta tales abismos de inconsciencia.

Esta dejadez interna tenía su equivalente externo en la falta de trato con otros congéneres, reducida su vida social prácticamente a la nada, sin amigos ni nadie con quien conversar o pasar el rato, sumido en una soledad que había hecho de él un absoluto misántropo. Su única ilusión era recibir a Carla los fines de semana que a la pequeña le correspondía estar con él, momentos que para Pedro habían pasado a ser los únicos realmente importantes de su existencia; pero la niña, por el contrario, se sentía cada vez menos a gusto a su lado, muy nerviosa y apenas receptiva a las muestras de cariño de aquel ser sucio y pestilente en que se había convertido su padre, metamorfosis para la que no hallaba ninguna explicación razonable dentro de su mente infantil. Carla ya no veía de hecho a su padre cuando lo miraba, sino a un extraño que le daba asco y miedo, por lo que se mostraba reacia a sus caricias, le rehuía, se alejaba de él y regresaba a casa llorando, declarando entre sollozos que no le gustaba estar con su papá. Aquellos “papaíto, te quiero”, aun recientes todavía en el tiempo, se empezaban a antojar ya remotos, definitivamente relegados a un pasado que Pedro sabía que jamás retornaría.

Celia aprovechó estas nuevas circunstancias para plantear la supresión del régimen de visitas, demanda que fue turnada por antecedentes al mismo juzgado que había conocido del proceso de divorcio. La decisión que al respecto adoptó el juez tuvo su fundamento en informes psicológicos que dictaminaron que Pedro no estaba, en efecto, en plenas condiciones para proporcionar los cuidados y atenciones que requería una niña pequeña, y aunque no suprimió en su totalidad el contacto entre padre e hija, como pretendía la madre, éste fue restringido a un único día entre semana, llevado a cabo además no en la vivienda paterna, sino a través de un Punto de Encuentro Familiar. Pedro tampoco recurrió en esta ocasión la resolución judicial, entre otras cosas porque había recibido una demanda de desahucio y sabía que en breve iba a ser lanzado de la habitación que ocupaba, como así sucedió en efecto apenas unas semanas después de la fijación del nuevo régimen de visitas.

Fue así como Pedro pasó a convertirse en un sintecho y a vivir principalmente de la mendicidad. Dormía en el metro, entre cartones, o en algún soportal que más o menos le permitiera resguardarse de la intemperie; la mayor parte del día lo pasaba sentado sobre esas mismas láminas de cartón que le servían de lecho; una escudilla de plástico hacía las veces de hucha donde recibir las limosnas que a bien tenían dejarle los transeúntes. Su apatía era tal que, pese a ser su hija la única llama que entre tantas tinieblas aportaba un mínimo halo de luz y calor a su vida, se le olvidaba a veces acudir al Punto de Encuentro, circunstancia esta que, junto a los sucesivos impagos de pensiones, motivaban con frecuencia nuevas denuncias por parte de su ex esposa. Las exploraciones de la menor llevadas a cabo a raíz de tales denuncias, en las que la niña se mostraba asustada y temblorosa al ser preguntada por su padre, dejaban constancia de lo que tal vez pudiera ser un síndrome de alienación parental, pero la situación de miseria y abandono en que vivía Pedro no resultaban propicias para que ningún juez adoptara medidas contrarias a las pretensiones de la madre, de manera que lo único que se determinó fue que las visitas fuesen supervisadas en todo momento por asistentes sociales del Punto de Encuentro.

De todas formas, a Pedro ya le daba en realidad todo igual; no vivía, tan solo se limitaba a subsistir. A veces no tenía ni para un miserable plato de comida caliente que llevarse al estómago; bocadillos y restos que hallaba en contenedores venían a ser a menudo su única fuente de alimento. Aunque tampoco podía decirse que sintiera hambre, era como si su cuerpo se hubiese adaptado a la situación de indigencia y le bastara con cualquier refacción, por mínima que fuera, para acallar toda exigencia al respecto. Esta parquedad, no obstante, hacía que su delgadez comenzase a ser cadavérica, apenas visibles los rasgos de su rostro a través de la hirsuta barba que los cubría, un rostro que, al igual que el resto del cuerpo, aparecía ensombrecido por la mugre. Tampoco su alma encontraba ya pábulo alguno con el que sustentarse, limitándose a soportar el dolor con el manso estoicismo de un burro de carga, convertido en un ser vacío, un ser que, dentro del lodazal que ese mismo dolor había creado, se hundía más y más a cada paso que daba.

Esta caída a los infiernos de Pedro vino a coincidir en el tiempo con una edénica estadía de Celia, quien por esas mismas fechas se hallaba sumida en una nueva relación de pareja con otro hombre, del que decía sentirse plenamente enamorada y con quien había empezado a convivir. Se la notaba en verdad dichosa y muy satisfecha con su actual vida. Ciertos rumores sostenían que conoció a este nuevo novio cuando aún estaba casada y que durante algún tiempo habían sido amantes en la clandestinidad; aunque quizá no fueran más que habladurías. En cualquier caso, veraces o no tales afirmaciones, a Pedro ya le daba exactamente igual, ¿qué podía importarle a un hombre hundido en la miseria que su ex mujer hubiese sido una adúltera que le pusiera los cuernos? Nada en absoluto, la confirmación de semejante hipótesis sólo habría de hecho provocado en él una mueca irónica, poco más, porque para Pedro nada tenía ya importancia, había perdido sus ilusiones y carecía de alicientes por los que seguir luchando; tan solo quería cerrar los ojos y dormir, ser devorado por el sueño mientras dentro de su cabeza los labios de la pequeña Carla volaban en una centelleante sonrisa, lo único que en el fondo le proporcionaba fugaces destellos de felicidad, por más que sólo se tratase de un espejismo onírico, una entelequia extática que servía de narcótico a su mente torturada, consciente al fin y al cabo de que su hija ya no le quería y que sólo a regañadientes, obligada por un juez, le brindaba en sus breves y forzados encuentros un impostado apego.

Cierta mañana de invierno, tan gélida que el frío hacía gemir hasta las tuberías de las viviendas, el cadáver de Pedro Cifuentes fue hallado en medio de un profuso charco de sangre, tendido sobre el asfalto. Todo apuntaba hacia un suicidio por precipitación desde lo alto de un puente. El cuerpo destrozado estaba cubierto por un raído abrigo de fustán, en uno de cuyos bolsillos se encontró una nota escrita en la que mediante una pésima caligrafía de letras zigzagueantes como reptiles venía el suicida a asegurar haber amado hasta el último día a su mujer y a su hija, a las que, seguía explicando la nota, jamás maltrató, para como remate postrero finalizar diciendo que moría en paz, sin rencor hacia ellas ni hacia el mundo.
 
Antiguo 08-Sep-2019, 20:25  
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Una historia realmente triste.

En situaciones críticas, si no eres capaz de mantener la cabeza fría, estás acabado...

He recordado una frase que una vez me dijo un hombre divorciado: "se habla mucho de las muertes por violencia de género, pero muy poco de los suicidios desembocados por estas situaciones".

Hace un par de días leí un artículo, creo que en El País, que decía que en España la muerte por suicidios son más del doble que en accidentes de carretera.

Qué puedo decir! hay de todo. Las muertes de mujeres por compañeros sentimentales o excompañeros, es una realidad desgraciadamente cuantificable y en alza, eso es evidente.

En cuanto a las denuncias falsas, creo que es un campo de cultivo para la gente con maldad.

Yo me empecino, y por esto tengo que abrir paraguas y soportar diluvios, en la necesidad moral de distinguir entre un piropo (o halago) y un abuso o acoso. Entre un maltrato psicológico (que a veces, suele ser a medias) y un auténtico maltrato donde uno predomina sobre el otro....entre muchas cosas, situaciones y circunstancias que hacen que todo, nunca, nunca, pueda meterse dentro del mismo saco.


Y por otro lado, entiendo que desde el punto de vista de abogados y jueces sea difícil (si no es obvio) discernir.


En cualquier caso, supongo que lo primordial es escuchar a la víctima y actuar de inmediato.

Y por supuesto que las víctimas denuncien siempre!! Esa voz no se puede callar ni menospreciar por falsas víctimas. Denuncia y protección siempre!!
 
Antiguo 09-Sep-2019, 19:31  
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Iniciado por Lares Ver Mensaje
He recordado una frase que una vez me dijo un hombre divorciado: "se habla mucho de las muertes por violencia de género, pero muy poco de los suicidios desembocados por estas situaciones".

Hace un par de días leí un artículo, creo que en El País, que decía que en España la muerte por suicidios son más del doble que en accidentes de carretera.
Así es, en efecto. Los suicidios son temas tabúes que prácticamente nunca salen en los medios, imagino que para que no se produzca una avalancha por emulación. Aunque ese es otro tema

Cita:
Iniciado por Lares Ver Mensaje


Yo me empecino, y por esto tengo que abrir paraguas y soportar diluvios, en la necesidad moral de distinguir entre un piropo (o halago) y un abuso o acoso. Entre un maltrato psicológico (que a veces, suele ser a medias) y un auténtico maltrato donde uno predomina sobre el otro....entre muchas cosas, situaciones y circunstancias que hacen que todo, nunca, nunca, pueda meterse dentro del mismo saco.
Es que un piropo o un halago nunca puede considerarse acoso ni abuso, por más que a su destinatario le incomoden.

En cambio, el maltrato psicológico siempre es maltrato, a menudo más pungente que el físico.
 
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