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Usuario Experto
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A raíz del hilo que toca el tema de la violencia de género, me animo a publicar este relato que escribí hace ya algunos años y que está basado precisamente en un caso del que tuve noticia en su momento. Obviamente, los nombres y determinadas situaciones no se corresponden con los reales. Es un tanto largo (de hecho, debo insertarlo en dos partes porque no me deja hacerlo en una sola), pero a quien esté interesado en este tipo de cuestiones seguro que no le molestará demasiado tal extensión. En fin, allá va:


CAÍDA

No era rico, tampoco guapo ni alto, ni en modo alguno destacaba por la posesión de cualidades internas o externas a todas luces encomiables, un tipo normal y corriente en definitiva, del montón, uno de tantos…, si bien, dentro de esa mediocridad, Pedro Cifuentes se consideraba a sí mismo un hombre afortunado y en líneas generales feliz. No demandaba de la vida nada más que lo que ésta había tenido a bien ofrecerle, que era por lo demás todo cuanto necesitaba para sentirse satisfecho: una mujer a la que amaba, una hija adorable y un trabajo que le complacía y que, aunque no demasiado bien retribuido, le permitía mantener un nivel de vida digno. Todo marchaba en ese sentido sobre ruedas. Le encantaba llegar a casa luego de cada jornada de trabajo y ver cómo su pequeña Carla, de cuatro años, se le enganchaba al cuello mientras con su atiplada voz infantil le decía: <<papaíto, te quiero>>… Sí, Pedro era sin lugar a dudas un hombre feliz.

La única sombra que de un tiempo a esta parte perturbaba esa armonía la proyectaba su esposa, Celia, quien desde hacía algunos meses venía mostrándose un tanto arisca con él, nada cariñosa y propensa a iniciar discusiones conyugales con cada vez mayor frecuencia. Cualquier motivo parecía venir al pelo para promover este tipo de enfrentamientos, hasta los en apariencia más baladíes, por más que la mayoría de las veces no fuesen lo que se dice discusiones en exceso virulentas, entre otras cosas porque el conciliador temple de Pedro le llevaba a atajarlas con rapidez, prefiriendo en tal sentido claudicar y dar la razón a su mujer, aun a riesgo de mostrarse débil, que prolongar la porfía durante demasiado tiempo.

Estos roces se fueron sucediendo una y otra vez con similar guion: reproches de ella, subsiguiente disputa, rendición de él, caras largas y armisticio, hasta que llegó el momento en que las capitulaciones de Pedro dejaron de satisfacer a su rival, con lo que, como tales, ya no bastaron por sí solas para que la paz volviese a imperar en el seno del matrimonio, entre otras cosas porque Celia, lejos de valorar la actitud conciliadora de su marido, comenzó a tildarla de servil contemporización, lo que la enfurecía todavía más, acusándole entonces de ser un pelele carente de personalidad.

Entristecido por recibir tantas amonestaciones y menosprecios por parte de la mujer a quien amaba, Pedro se aferraba a la idea de que todo aquello no fuera sino una mala racha que pronto pasase para dejar de nuevo expedito el cauce por el que hasta entonces discurriera la vida calmosa que tanto le agradaba, cauce cuyas aguas venían a ser para él alfaguara de felicidad, la vida que de hecho había gozado con verdadera fruición hasta que esa sombra proyectada por las desavenencias conyugales se cerniera de manera incomprensible sobre ella.

Sin embargo, lejos de disminuir, la sombra se fue haciendo cada vez mayor, más oscura y hermética, hasta llegar a cubrir todos los ámbitos que vinculaban a la pareja, incluido el afectivo. Fueron de este modo los besos y muestras de cariño por parte de Celia menguando hasta prácticamente desaparecer del todo, al igual que el sexo, cuya frecuencia se redujo con idéntica progresividad, hasta el punto de que cada vez que Pedro entraba en la cama en busca de un acercamiento íntimo, salía generalmente rechazado por su compañera, al principio mediante pretextos que tenían como denominador común el cansancio o la fatiga, más tarde alegando falta de apetencia y finalmente sin oponer ningún género de excusa, con indisimulada aspereza. Y si en tales casos Pedro insistía para a través de caricias o arrumacos procurar encender su fuego, ella le apartaba con brusquedad, recalcándole que un no era un no y que, si tantas ganas tenía, se fuese al cuarto de baño a hacerse una paja. Él se resignaba entonces y buscaba en el sueño refugio donde aplacar tanto el deseo como la tristeza del rechazo.

Las discusiones entre ellos continuaron subiendo enteros, más virulentas a medida que avanzaba el tiempo, sin apenas contención verbal por parte de Celia, que no dudaba en zaherir a Pedro mediante los más hirientes dicterios que a su pensamiento acudían, con los que cuestionaba desde su inteligencia a su hombría, dentro de una espiral progresiva donde cualquier excusa servía para dejar traslucir el hondo desprecio que sentía hacia el esposo y padre de su hija. Entre otras muchas cosas, le reprochaba abiertamente que ganase poco dinero en su trabajo como vigilante de seguridad, que careciera de ambición, que no fuese más divertido, que rebosara vulgaridad. Pedro sufría esos reproches y los combatía con réplicas que apenas tenían consistencia frente al ciclón de su rival, reproches que culminaron el día en que Celia vino a decirle que no aguantaba más a su lado y que quería el divorcio.

Pedro quedó noqueado, perplejo frente a una petición que ni en su peor pesadilla habría creído posible, y sólo tras constatar que ella hablaba en serio se atrevió a pedir explicaciones; sobre todo quería saber si había otro hombre en su vida, si todo el rechazo que últimamente le manifestara obedecía en última instancia a la presencia de un tercero con el que pretendiese reemplazarle. Como el súbito florecimiento de una rosa, el rubor se hizo hueco en las mejillas de Celia tras esta indagatoria sobre su fidelidad conyugal, un relámpago escarlata que se tradujo en momentáneo azoramiento, en confusa vacilación, incómodo momento del que, sin embargo, se repuso casi al instante para decir que no, que no había nadie más, pero que ya no le amaba, que no sentía nada por él, que no soportaba siquiera que la tocase. Pedro no sabía qué decir ante tan contundentes razones, se sentía acabado, hundido, de súbito el universo entero se había desmoronado frente a él como una ciclópea construcción hecha de arena y paja; sólo fue capaz de vencer su marasmo para arrastrarse y suplicar por una oportunidad, ofreciendo como contrapartida su voluntad de cambio para convertirse en lo que ella quería que fuese, en otro hombre distinto, otro hombre del que pudiera volver a enamorarse; se arrastró hasta lo indecible, apelando a lo que tenían en común, a todo aquello que juntos habían edificado, la familia, su hija, sobre todo su hija, por la que estaban obligados a hacer un esfuerzo e intentarlo de nuevo, esa niña aún tan pequeña a la que a buen seguro traumatizaría la prematura separación de sus padres; le daría todo el tiempo y el espacio que fuera preciso si así lo necesitaba, pero tenían que hacer ese esfuerzo.

Ninguna de esas razones consiguió, sin embargo, conmover a una hierática e intransigente Celia, quien, firme en su posición, las atajó todas para negarse en redondo, aduciendo que llevaba con la idea en mientes desde hacía mucho tiempo y que nada iba ya a conseguir que diese marcha atrás en su determinación. Lo más sensato, según ella, era llegar juntos a un acuerdo que plasmase por escrito los diferentes extremos sobre los que debía versar el divorcio, ya los de carácter personal, ya los de índole económica, pues se había informado al respecto y le constaba que el proceso sería así más sencillo, además de mucho menos costoso, con un único abogado y procurador para ambos.

Pese a la desolación que le causaba la perspectiva de un inminente futuro donde la segur del divorcio partiría en dos lo que hasta entonces considerara una unidad sólida como el acero, Pedro no pudo sino aceptar la sugerencia de su todavía esposa y mostrarse conforme con acudir al proceso bajo una misma dirección letrada, a fin de cuentas aquella a quien tras la fractura debería renombrar bajo el prefijo ex había ya tomado una decisión al respecto y vendría a ser inútil, además de absurdo, oponerse a ella. Sin embargo, cuando más adelante Celia puso sobre el tapete los puntos concretos que quedarían pautados a través del convenio regulador, Pedro se mostró tan indignado que no tuvo más remedio que, dejando a un lado su actitud condescendiente, oponerse con firmeza: no podía aceptarlos, no podía resignarse a un alejamiento de su hija como el que postulaba aquel documento infame, limitado su contacto a un régimen de visitas de fines de semana alternos y algún que otro periodo vacacional. No, no estaba dispuesto a aceptar tales condiciones, de modo que propuso en su lugar una custodia compartida.

Enfurecida por esta inesperada rebelión de quien hasta entonces se mostrara dócil y acomodaticio frente a sus peticiones, Celia repuso que jamás aceptaría una custodia compartida y, sumamente indignada, le exigió que se marchara de casa, amenazándole con que, si no lo hacía por las buenas, iba a ser mucho peor por las malas. Pedro adujo que no tenía donde ir y que, además, una parte de la hipoteca la estaba sufragando él con su salario, de modo que, al menos hasta que un juez le obligase a ello, permanecería en la vivienda. Los ojos de Celia se encendieron entonces con un resplandor deletéreo, ese brillo especial que brota de las emociones más perniciosas, envolviendo con su nocivo fuego a Pedro mientras con palabras igual de hirientes le comunicaba que se arrepentiría de haber tomado semejante decisión y le escupía el profundo desprecio que sentía hacia él, un desprecio que dejaba traslucir toda su cara.

A partir de ese momento el matrimonio entró en una fase de muda hostilidad donde, salvo para lo que pudiera resultar indispensable, apenas si se dirigían la palabra el uno al otro. El contacto físico se redujo asimismo a cero, hasta el punto de que Pedro dejó de dormir en el lecho conyugal para pasar a hacerlo en el sofá que presidía el salón comedor. La tirantez entre ellos, pese al silencio, era tan fuerte que se podía cortar con un cuchillo, una tensión que, como no podía ser de otro modo, percibía asimismo la hija de ambos, lo que la llevaba a mostrarse cohibida, ya no tan cariñosa y desenvuelta como lo era antes.

La notificación de la demanda de divorcio contencioso le llegó a Pedro una mañana del mes de junio, traída por un funcionario del juzgado que le emplazó para contestarla en un plazo de veinte días hábiles. Esa misma tarde acudió a un abogado de la zona en busca de asesoramiento jurídico. Estaba dispuesto a dejarse el alma en esta lucha que él no iniciara, sobre todo en lo que atañía a conseguir la custodia compartida de su hija, que consideraba no sólo lo más equitativo, sino lo mejor para el desarrollo personal y afectivo de esta última. El letrado aceptó el caso, aunque dejándole patente desde un primer momento que no podía prometerle nada en cuanto al éxito de sus pretensiones, sobre todo porque la mayoría de los jueces continuaban siendo reacios a conceder la custodia compartida, prefiriendo en su lugar otorgársela a la madre, salvo en casos muy excepcionales. Lo único a lo que se podía comprometer, si es que pese a todo decidía contratar sus servicios, era a poner todo su empeño en el caso; eso era cuanto podía prometerle. Pedro valoró esta sinceridad y le encomendó su defensa.

Dos días antes de concluir el plazo para la contestación a la demanda, cierta tarde en que Pedro regresaba a casa luego de cumplir con su habitual jornada de trabajo, se encontró en el portal con dos agentes de policía que, tras identificarse como tales, le comunicaron que estaba detenido, para acto seguido esposarle, leerle sus derechos y, sin más miramientos, ser introducido en el coche celular que habría de trasladarlo a comisaría. Al estupor primero siguió de inmediato una indignación que vino a emerger en forma de reproches y preguntas, Pedro no entendía nada, no había hecho nada que mereciera ese trato, exigía una explicación. Pero los agentes se limitaban a pedirle que se tranquilizara, asegurándole que sería debidamente informado de los cargos en su contra cuando llegasen a las dependencias policiales, donde contaría además con la asistencia de un abogado.

Una vez en comisaría fue, en efecto, instruido de los motivos de su detención, que no eran otros sino la denuncia por agresión que Celia había presentado contra él. Afirmaba en dicha denuncia haber sido insultada, vejada y golpeada por su marido hasta causarle los hematomas y contusiones que figuraban en el parte de lesiones que, unido al atestado, los policías le exhibieron.

Presa de una rabia que apenas era capaz de contener, Pedro negó una y otra vez las acusaciones vertidas; era cierto que, como se afirmaba en la denuncia, la noche previa habían mantenido una fuerte discusión conyugal, pero no así que él la hubiese pegado, eso jamás, tan solo hubo entre ellos palabras altisonantes, una encendida disputa verbal, nada más, ni uno solo de sus cabellos la había tocado, lo juraba, menos aún causado esas heridas que figuraban en el parte médico. Al hilo de esto último, quiso Pedro dejar constancia en su declaración que cuando esa misma mañana había marchado hacia el trabajo, su esposa se encontraba perfectamente, por lo que no tenía forma alguna de explicar cómo se había producido tales lesiones, algo que le resultaba a todas luces incomprensible.

No obstante, a pesar de este alegato de inocencia y de las protestas que siguieron, Pedro se vio obligado a pasar la noche en los calabozos de comisaría, siendo al día siguiente trasladado en un furgón policial hasta el juzgado de guardia. Allí declaró de nuevo, en esta ocasión frente al juez y el fiscal de guardia, volviendo a negar con énfasis las imputaciones de que era objeto, en especial el hecho de haber agredido a su pareja. Preguntado si eran frecuentes las discusiones en el seno del matrimonio, respondió que sí, que en las últimas fechas estas se habían multiplicado, a veces incluso con verdadero acaloramiento, debido sobre todo al proceso de divorcio en que estaban sumidos y las discrepancias que al respecto ambos mantenían; pero que jamás la había pegado. El juez quiso saber entonces la razón por la que ella presentaba los hematomas y magulladuras que figuraban en el parte de lesiones, síntomas evidentes de haber sido violentada, a lo que Pedro no supo ya responder, salvo insistir de nuevo en que él no había sido.

Celia también acudió esa misma mañana al juzgado para prestar declaración y ser reconocida por el médico forense, quien en su informe no dejó lugar a dudas al dictaminar que las lesiones padecidas fueron causadas por una agresión externa. Por lo demás, ella se ratificó en su denuncia y solicitó una orden de alejamiento, orden que finalmente el juez, dentro de las diligencias previas cuya apertura decretó por un presunto delito de violencia contra la mujer, vino a otorgar: el auto que dictó al efecto prohibía a Pedro aproximarse a menos de doscientos metros de la víctima, así como comunicarse con ella por cualquier medio.

Forzado de este modo por la acción de la justicia, Pedro no tuvo más remedio que marcharse del que hasta entonces fuera su hogar, sin ninguna solución a corto plazo que remediase esta inesperada falta de techo. No tenía de hecho donde ir, sus padres y su única hermana vivían en poblaciones muy alejadas, por lo que no podía recurrir a ellos, ni tampoco tenía forma de agenciarse una vivienda en alquiler, tanto por las innumerables garantías que exigían los propietarios a la hora de firmar el contrato, como por su limitada disponibilidad dineraria, sometido que estaba a unos pagos que resultaban ineludibles, como el de la hipoteca que, paradójicamente, gravaba la misma casa de la que acababa de ser expulsado o la pensión alimenticia que mensualmente debía satisfacer para la manutención de su hija, acordada asimismo por el juez de guardia como medida provisional en tanto se tramitaba el divorcio. Así las cosas, pudo conseguir a última hora una habitación de alquiler en un barrio marginal, gracias a la mediación de un compañero de trabajo que se ofreció a interceder por él ante los propietarios.

La incoación de las diligencias previas en el ámbito penal tuvo como consecuencia en el civil que los autos de divorcio fuesen remitidos al juzgado de violencia de género para su conocimiento y fallo, al ser éste el que por imperativo legal tenía asignada la competencia objetiva en tales casos. El letrado le comunicó que este traslado del expediente solía la mayoría de las veces resultar pernicioso para el cónyuge varón, toda vez que, aunque en teoría los cauces procedimentales no variasen, en la práctica los jueces de violencia tendían a ser más severos con aquél a la hora de establecer las medidas que vendrían recogidas en la sentencia; no podía en ese sentido ser demasiado optimista. Fuera como fuese, Pedro se encontró con que tenía que hacer frente a dos procedimientos, uno civil y otro penal, y cada vez se sentía con menos ánimo y fuerzas para afrontarlos.

(continúa en el siguiente)
 
 


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