|
Usuario Experto
Registrado el: 11-September-2014
Mensajes: 5.122
Agradecimientos recibidos: 2362
|
Después de leer de nuevo la extraordinaria novela “Un mundo feliz”, de Aldous Huxley, cuya temática, como imagino sabéis, se centra en la vana búsqueda de la felicidad por parte del ser humano, sigue llamándome poderosamente la atención la forma en que dentro de esa sociedad utópica se instruía a sus miembros sobre la actividad sexual, educándoles desde temprana edad para que viesen en su práctica una cosa normal, sin por supuesto ningún genero de pudores o complejos.
No creo que a estas alturas del siglo XXI nadie ose dudar de la importancia que el instinto sexual tiene en el ser humano, una necesidad básica que se nutre del deseo y que, como tal necesidad, puede en cierto modo equipararse a otras de carácter fisiológico, como pudieran ser comer, beber o, con perdón, cagar.
Ahora bien, pese a esta trascendencia, resulta chocante comprobar cómo durante siglos la libertad sexual se ha visto de ordinario perturbada por adulteradas consideraciones morales y éticas que tendían a reprimirla o, como poco, tildarla de algo infamante y vil, represión que con inusitado encono han ejercido poderes e instituciones empeñadas en cohibir las congénitas pulsiones sexuales de hombres y mujeres.
¿Por qué?, se pregunta uno. Sospecho que, como en otros temas de índole similar, sea necesario buscar la respuesta en la influencia perniciosa que las religiones, sobre todo las preponderantes, han ejercido sobre la sociedad a lo largo de la historia y más concretamente durante los últimos dos mil años, empeñadas mediante su incisiva moral en conceptuar como vicio obsceno casi todo lo relacionado con el sexo, en especial lo referido a su práctica cuando no se ajustara a determinados cánones férreamente establecidos, a saber: heterosexualidad, procreación, relación conyugal bendecida, amor... De este modo, las prácticas sexuales menos convencionales, las no acomodadas a dichos parámetros estrictos, eran tachadas de inmorales, siendo por ello que la homosexualidad, la lujuria, la promiscuidad, la poligamia, etc, pasaran ipso facto a engrosar el listado de actividades espurias y escandalosas. Y entonces la sociedad, hay que suponer que atemorizada por el castigo divino con que los nuevos sumos sacerdotes intimaban a los infractores de tales normas y principios asignados, inclinaba la cerviz y los aceptaba como válidos e indiscutibles, dando así lugar a un conflicto del todo insoluble, en cuanto que los preceptos morales impuestos entraban en pugna con ese básico instinto que el sexo constituye para el ser humano, enfrentamiento este del que a lo largo de los siglos ha derivado toda una hornada de complejos, frustraciones y profundos remordimientos, como no podía ser de otro modo, habida cuenta que quedaban moralmente censuradas conductas a las que de un modo u otro tiende la naturaleza humana a mostrarse proclive.
Y es que, dejando al margen toda la moralina religiosa, lo cierto es que las relaciones sexuales (salvo en lo que se refiere a aquellas perversiones que en sí mismas constituyan una aberración y puedan ser inclusive tipificadas como delito) no deberían ser objeto de reproche moral alguno, toda vez que integran la manifestación de un instinto que viene impreso en el propio genoma humano y en el que, por tanto, no habría en principio más depravación ni ignominia que la que de manera hipócrita ha sido atribuida por tales religiones.
Así las cosas, los muros alzados han sido tan colosales que hoy por hoy, aunque la amenaza del infierno ya no asusta ni a los niños, siguen en cierta medida juzgándose inapropiados muchos comportamientos relacionados con el sexo, en especial cuando éste no va vinculado al amor, lo cual no deja de ser absurdo, puesto que ¿por qué narices ha de ir el sexo emparejado por fuerza con el amor, si son dos cosas completamente distintas? Por supuesto, resulta maravilloso cuando se produce dicho emparejamiento, pero ni por asomo es absolutamente necesario. Confundir algo tan excelso y especial como es el amor con lo que a fin de cuentas no es más que una importante fuente de goce, cual es el sexo, no deja de ser una mezcla absurda de conceptos, al menos según yo lo veo.
Por cierto, os recomiendo que leáis, si no lo habéis hecho ya, “El mundo feliz” de Huxley. En el fondo, los lavados de cerebro que se producen en esa sociedad utópica, más allá de las formas empleadas, no difieren demasiado de los que buena parte de las religiones monoteístas han llevado a cabo con sus fieles.
|