16-Feb-2012
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Usuario Intermedio
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Buenas noches.
Como algunos/as sabréis, llevo ya algún tiempo en este foro. Un foro que, válgame la sinceridad, encontré navegando por la red tras ver por segunda vez el dorama japonés (telenovela japonesa, por definirlo de algún modo) de Densha Otoko. Es la historia de un chico otaku, amante del manga y anime, que se enamora de una chica al salvarla de un tipo en el tren (de ahí el nombre, Densha Otoko, el hombre del tren). Como el pobre se considera poca cosa, se mete en internet, en un foro de solteros, y allí es donde todo un compendio de personas solteras y con problemas como él, le van ayudando y dándole consejos para conseguir a la chica en cuestión (mas o menos como nosotros, vaya xD) Os la recomiendo a todos aquellos que no la hayáis visto, dicho sea de paso.
Bien, tras esta introducción, me animo al igual que Densha Otoko a narraros un poco la historia que estoy viviendo de un tiempo a esta parte, para que la comentéis, me aconsejéis si gustáis, y la vayáis viviendo conmigo. Una historia que comenzó hace más de diez años, en un instituto de Madrid...
Entrada 1 Una chica en el camino
Esta historia comienza un frío día de Noviembre del año 2002 en un tranquilo barrio de Madrid. Como cada mañana, me dirigía al instituto para dar las clases de primero de bachillerato, rama de humanidades.
Me recuerdo como un joven moreno de pelo corto, gafas, algo torpe y rellenito, pero con una boca dada a la risa, un gran corazón y una enorme imaginación (o eso decían todos aquellos que me conocían). Por aquél entonces comenzaba mis pinitos en el mundo de la literatura fantástica. Ávido devorador de libros y cómics desde pequeño, mis manos comenzaban a moverse sobre las teclas del ordenador para dar rienda suelta a mis historias. No eran pocas las noches que me pasaba frente al monitor, sumergido en un chat de rol interpretativo, donde conocí a muchos amigos y amigas que a día de hoy perduran en mi vida. También fue gracias a la red que pude experimentar mis primeros amoríos de juventud (más amores a distancia que algo realmente serio, aunque varias veces me encontré con la chica en cuestión y la cosa trascendió de simples conversaciones de chat o Messenger) Pero, por aquél entonces, nadie ocupaba mi corazón. Me encontraba soltero y libre cual pájaro.
Pájaros como los que entonaban sus trinos al naciente sol en aquella mañana a la que retorno en mi memoria. Fresca, invernal, y aún así trayendo un aroma a cambio. Un olor que en aquél entonces no podía distinguir, tan inmerso estaba en la aventura de rol que había llevado a cabo la tarde/noche anterior con mis ciber-colegas. Frente a mí, el sueño me impidió ver la espalda cargada con una mochila celeste de una chica que me precedía durante todo el camino hasta clase.
Tras algunos días más (como dije antes, era algo torpe en captar ese tipo de detalles), mi abotargado y somnoliento cerebro captó las imágenes que, mañana tras mañana, me enviaban mis ojos. Esa chica, fuera quien fuese, parecía tener el don de la oportunidad para cruzarse en mi camino. Daba igual a qué hora saliera: podían ser diez minutos antes, con el tiempo justo para llegar a clase, que media hora para ir holgado. Ella siempre parecía compenetrarse conmigo para ir unos metros por delante. Llegados al instituto, la joven desaparecía en su aula y no la volvía a ver hasta la mañana del día siguiente.
Ya no sólo veía su espalda, como es lógico. A veces, en las curvas del camino, atisbaba su pelo largo y castaño, cayendo en graciosos rizos por su espalda. El destello de sus gafas, el asomo de una sonrisa cada vez que saludaba a algún compañero o compañera de clase… Por lo que pude comprobar, iba un curso por debajo de mí, en aquellos tiempos a cuarto de secundaria. No sabía su nombre, y ni tan siquiera la había podido ver detenidamente. Pero había algo en aquella misteriosa chica que llamaba poderosamente mi atención.
Siempre he sido una persona que cree en el destino, en encuentros que están marcados en nuestro devenir. Aquello no podía ser una casualidad. Algo en mi interior me decía que aquella joven se había cruzado en mi vida para dárseme a conocer. Dada mi timidez (recordemos que, hasta entonces, sólo me había acercado a chicas o en grupo, o por Internet. Unos galones no demasiado brillantes en mi uniforme de combate, pero galones al fin y al cabo), no me decidía a darme a conocer.
Ni siquiera hablaba de ella, como suele ser lo normal, con los amigos del instituto o con mis padres. Era como un pequeño juego, una experiencia íntima que prefería guardar para mí. Estuve muchos días, semanas incluso, haciendo el mismo camino tras ella cada mañana (Dios, ahora lo pienso y a todo aquél que me viera y conociera de este hecho, podría parecerle prácticamente un acosador xD). Pero no me sentía así, y algo me decía que ella también sabía de mi existencia siguiendo sus pasos. Como si aguardara el momento oportuno. Quizás ella ya consideraba que había dado el primer paso abriéndome la senda, y que como en buen juego de ajedrez, era mi turno de mover ficha. No lo sabía, y lo único que tenía claro es que debía superar la barrera de mi timidez y dar el siguiente paso.
Así, una mañana de Diciembre, tras un buen desayuno que me diera fuerzas, después de mirarme por enésima vez en el espejo, salí a la calle con la mochila a la espalda. En mis ojos brillaba la determinación de hacer el siguiente movimiento. De cubrir aquellos metros que durante tantos días nos habían separado y darme a conocer por fin.
Bueno, y hasta aquí la entrada de hoy. Dada mi pasión por la escritura, espero que entendáis que lo cuente en forma de relato. Me es más sencillo y, creo, más ameno para vosotros el leerlo así. El próximo día seguiré con ello, esperando vuestra presencia para continuar la historia conmigo. Una historia que, a día de hoy sigue vigente, y no sé dónde acabará (aunque, como es lógico, sé muy bien dónde me gustaría que acabara)
¡Nos vemos!
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16-Feb-2012
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Usuario Experto
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mm..interesante historia.se nota tu pasion por la escritura.  esperare impaciente la segunda parte jeje
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16-Feb-2012
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Usuario Experto
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Bueno después de estar casi 3 semanas en off, me alegra ver que ha entrado una corriente de aire fresco por aquí, Sir Francis, sigue contándonos tu historia, y espero que haya muchas partes, 
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19-Feb-2012
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Usuario Intermedio
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Buenas noches, usuarios de ForoAmor. Hoy que me siento relajado y feliz por librar mañana en el trabajo, me pongo a escribir la siguiente entrada de la historia que, según veo por el número de lecturas, tan buena acogida parece haber tenido. Gracias a Dori y Syrma (preciosa imagen, por cierto, ¿es una elfa de la noche del wow?) por sus palabras de ánimo y deseos de seguir leyendo mi historia. A los demás, lectores/as anónimos, gracias también por contribuir con vuestro tiempo a darle vida al relato, y animaros a que expreséis libremente vuestra opinión. Nada más por ahora, espero que disfrutéis de la siguiente parte.
Entrada 2 Una de cal y otra de arena
Aún recuerdo cómo me latía el corazón aquella mañana. Mientras me acercaba a ella, paso a paso, notaba como si se me fuera a salir del pecho. Yo, que siempre había sido un chico extremadamente tímido e inseguro, estaba a punto de hablar con aquella chica a la que llevaba semanas observando. Como es natural, en un momento así no puedes evitar que las dudas te corroan por dentro, y aquello me hizo vacilar un tanto.
¿Y si, tras un frío saludo, aceleraba el paso para deshacerse de mi compañía? ¿Y si luego les contaba a sus amigas que un pesado rellenito y gafotas la había molestado en su camino hacia el instituto? Las risas que aquello suscitaría me hacían encogerme de la vergüenza.
Afortunadamente, pudo más mi sentido común que mis miedos infundados. ¿Cómo iba a ser así de cruel aquella chica? Vale, no la conocía en persona, podía serlo perfectamente. Pese a que mi corazón me dijera que no, bien podía estar equivocado. Pero, como quien no arriesga, no gana (como siempre dice mi padre: el no ya lo tienes asegurado), decidí echar los miedos que frenaban mis pasos y acelerar el ritmo, hasta alcanzarla finalmente.
- Hola, buenos días- opté por un saludo como primera impresión, confiando en que mi facilidad de palabra me ayudara a andar con buen pie.
Ella se giró hacia mí y sonrió. Nunca jamás olvidaré aquella sonrisa.
A pesar del frío de aquella mañana, sentí la calidez que destilaba, como si me hubiera acercado a un acogedor fuego de chimenea. Hay veces en la vida en las que una simple mirada, una palabra o un gesto pueden significar todo un mundo para nosotros. Aquella alegre mueca hizo desaparecer los restos de las dudas que me habían asaltado tan sólo unos segundos antes. Una chica capaz de sonreír así no podía ser malvada.
- Hola- respondió con una suave voz. Noté que hablaba bajito, con dulzura, como si su garganta no estuviera hecha para gritar- Ya pensaba que nunca nos íbamos a conocer. Todas las mañanas yendo juntos a clase y ni un solo saludo por tu parte.
¡De modo que yo estaba en lo cierto! Ella estaba esperando a que fuera yo quien diese el siguiente paso. Aquello me infundió valor para seguir con la conversación.
- Bueno, pues en ese caso me alegro de haberme acercado por fin. Me llamo Fran, encantado- sonreí contento de poder mirarla a los ojos por fin. Eran de un tono parduzco clarito, preciosos bajo aquellas gafitas que llevaba sobre la nariz. Su pelo caía en cascada por sus hombros y espalda, tenía la piel rosada y la punta de la nariz algo enrojecida por el frío. Todo ello, en conjunto con su metro sesenta de estatura, le daban un aspecto de lo más adorable en comparación con mi casi metro noventa de estatura.
- Elena, el placer es mío- y, poniéndose ligeramente de puntillas, me dio dos besos que hicieron entrar en calor a mis mejillas. Gracias a Dios, soy bastante moreno de piel, y el sonrojo apenas se me notó.
Seguimos el camino el uno junto al otro, poniéndonos a hablar en su mayor parte del colegio. Qué profesores teníamos, cuáles eran mejores, cuáles peores, anécdotas varias… Fue entonces cuando me enteré de que vivía apenas a un par de minutos andando de mi casa, cerca de un parque circular de patinaje al que mi padre nos llevaba a mi hermano y a mí de niños. De ahí que mi casa le pillara de camino a la hora de ir al instituto, toda una suerte, la verdad.
Finalmente, llegamos a las puertas del colegio. Hay una frase que dicen en la película Deep Blue Sea (adoro desde crío las películas de bichos que comen gente, como los tiburones gigantes de este filme, por ejemplo), la cual siempre se me viene a la cabeza en este tipo de situaciones: “El tiempo es relativo. Si sostienes algo al rojo vivo, un segundo puede volverse una hora, pero si pasas una noche al lado de la persona que quieres, unas horas pueden pasar en segundos”. Cuánta razón hay en ella.
Un camino que a mí, a veces, se me había hecho tortuoso (bien por tener un examen, por no apetecerme ir a clase, vamos, las cosas que todos hemos sentido de vez en cuando en ese tipo de situaciones) ahora transcurría en apenas un parpadeo. Había bebido de sus palabras, cada una de ellas me aportaba una gota más de conocimiento sobre Elena. Y yo deseaba conocerla muy bien, deseaba saberlo todo sobre ella. ¿Cómo puede ser que una persona de la que jamás había oído hablar, de repente, se volviera tan necesaria en mi vida?
Sí, ya sé que nunca había hablado con ella hasta aquella mañana, y que apenas sí llevaba mes y pico observándola. Pero ¿no habéis experimentado nunca una sensación de familiaridad al conocer a alguien? Como si esa persona ya estuviera relacionada con vosotros desde hace muchos años, como si el rincón de la mente acerca de ella hubiera permanecido dormido hasta encontrarla. Una palabra, un gesto, una sola mirada, y ya sientes que todo está bien. Que se ha colocado una pieza importante del tablero de tu vida.
La acompañé hasta la puerta de su clase, deseoso de pasar el mayor tiempo posible con ella. No sabía qué hacer o decir para volver a quedar. Las palabras se me aturullaban en la boca, sin dejarlas salir por miedo a sonar demasiado desesperado de volver a hablar con ella. Afortunadamente, fue Elena la que puso remedio a aquello.
- ¿Quedamos a la salida de clase para volver juntos? Salgo a las tres, ¿y tú?
- A las tres también- mentí. Salía a las dos y media, pero estaba dispuesto a esperar media hora con tal de poder volver a casa a su lado.
- Estupendo, entonces. A la salida nos vemos, Fran. Ha sido un placer- y me volvió a dar dos besos antes de meterse en el aula.
En aquél momento podría haber echado a volar de pura felicidad. ¡Todo estaba saliendo a pedir de boca! Había logrado dar el paso de conocer a aquella chica misteriosa, era todo un encanto, y quería volver a verme. La alegría me hinchaba el pecho, dibujándome una amplia sonrisa en el rostro. Sonrisa que se ocupó de borrar mi profesor de inglés, detrás de mí.
- Francisco ¿qué haces aún aquí vagueando? A clase, que tenemos examen.
Es sorprendente lo rápido que te pueden hacer bajar de las nubes de la manera más dura posible. Y, para colmo de males, apenas si había estudiado el temario del examen. Como muchas veces nos pasa a todos, la vida me dio aquella mañana, una de cal y otra de arena.
Hasta aquí la cosa por hoy, que va siendo tarde y la cama me llama demasiado. A ver si mañana, con el hecho de que tengo el día libre me da tiempo a escribir una tercera entrada y subirla. ¡Nos vemos, gente!
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19-Feb-2012
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Usuario Experto
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gracias a ti por contarnos esta historia tan bonita.  yo ya me he enganchado jeje.saludos. 
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25-Feb-2012
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Usuario Intermedio
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Buenas tardes, gente de ForoAmor. Tras varios días alejados de estos lares por motivos de curro en exceso, vuelvo una vez más trayendo la tercera entrada de mi historia. Un saludo y gracias por leer
Entrada 3 La señal del anillo
Pasaron los días y cada vez me sentía más unido a ella. Es sorprendente comprobar la de cosas que se tienen en común con alguien con la que no has hablado en toda tu vida. Además de ir al mismo instituto, compartir comadreos, habladurías y demás ocurrencias que siempre pasan durante nuestros años de estudio, fui aprendiendo cosas sobre Elena que me hicieron estar aún más interesado en ella si cabía.
Para empezar, su afición por la épica medieval. Para todos aquellos que no tengáis claro el tema, me explicaré diciendo que la épica medieval es un género, en su mayor parte novelístico, situado en mundos fantásticos/medievales. Buenos ejemplos son Canción de Hielo y Fuego, el Señor de los Anillos, Crónicas de la Dragonlance… en fin, todo un amplio surtido de buenos libros que yo tendía (y sigo tendiendo) a devorar página tras página. Desde crío he sido un gran lector, y eso me ha ayudado a darme cuenta de que lo que deseo ser, es escritor (precisamente, de este género de fantasía, entre otras cosas). Por tanto, hablar de libros que ambos habíamos leído o de películas que ambos habíamos visto, era un tema más en común que podíamos tratar. Por aquel entonces, yo ya comenzaba mis primeros pasos en el mundo de la escritura, y no fueron pocas las cosas que, tímidamente, le dejé para que leyera.
Lo segundo que me gustaba de ella tenía mucho que ver con esto. Se trataba de su objetividad. Era, ante todo, una crítica sincera (dura cuando había de serlo, amable cuando lo consideraba), justa, en constante equilibrio (y siempre ha sido así. No es una persona dada a callarse las cosas por la opinión que estas puedan generar en los demás sobre ella). Personalmente, siempre he valorado muy positivamente la sinceridad, aunque duela (bien es cierto que algunos somos mas sensibles que otros, y tendemos a suavizar los golpes o emplear un poco más de mano izquierda en los “reproches” u “observaciones” acerca del comportamiento ajeno. Más cuando son personas que nos importan). En cuanto a mí, como podéis suponer, cualquier crítica que proviniera de ella era acogida con gusto. Si eran toques de atención, porque me servían para mejorar como escritor, y si eran buenas… en fin, os podéis suponer que me sentía flotar en una nube cuando alababa alguna de mis pequeñas creaciones (recuerdo con especial cariño mi primer intento de novela, titulada Fantasía, surgida de juegos de imaginación que practicaba desde niño en los recreos. Puede que algún día la retome, revise, le haga un lavado de cara y la deje libre por el mundo, quien sabe xD).
Lo tercero, y no por ello lo menos importante, su buen corazón y su sano sentido del humor. Es un rasgo que suelo tener muy en cuenta en las mujeres, más allá de la mera apariencia física (además, la suya, como describía en las primeras entradas, me tenía encandilado). Si una persona es capaz de tomarse la vida con buen humor, creo fervientemente que podrá capear el temporal por mucho que arrecie la tormenta. Lo importante es saber ver las cosas desde otro ángulo, una nueva perspectiva que nos dé, quizás, la salida a un problema que se nos puede antojar insalvable. De ahí que ser una persona positiva, usar la risa como método de comunicación y de recuperación del estado anímico, sea algo tan efectivo. En cuanto a su corazón, qué decir además de que se trataba de una persona comprometida con los amigos/as y familiares que la rodeaban. Ayudaba a los demás, se preocupaba por ellos, e incluso intentaba cargar sus problemas sobre los hombros para llevárselos a cuestas, sin tener en cuenta el esfuerzo que esto muchas veces, nos supone (sé de lo que hablo, dado que yo también soy así. Alguien dispuesto a evitar que los demás salgan dañados, un defensor de los débiles, por así decir. De ahí que me guste firmar como firmo, obviamente  )
Teníamos, repito, muchas cosas en común que se iban dando a conocer a medida que quedábamos y hablábamos durante horas. Parecía que siempre teníamos algo que decir, las palabras fluían sin titubeos, sin temor a resultar ofensivos (ambos éramos muy correctos a la hora de tratar con el otro, gozábamos de buenos modales y de tener el tacto suficiente para no resultar borde o tajante). Además de en los paseos hacia clase y de regreso, yo solía acompañarla a su casa (sobre todo cuando por determinados motivos se hacía tarde. ¿Qué queréis que os diga? Me sentía mejor si la veía entrar en casa, y eso que vivimos en un barrio de lo más tranquilo) y volverme después a la mía. Este hecho me lleva a contaros la situación que se produjo una tarde/noche de mediados de Marzo.
Como era habitual, la acompañaba a su casa después de pasar la tarde juntos. Comenzaba a anochecer, y el barrio se veía sumido en una preciosa luz anaranjada. Tan sólo quedaban ya iluminadas las partes superiores de los edificios, mientras el sol descendía en su camino por el horizonte. Nos llegaba un olor a primavera (mi barrio está lleno de setos y árboles por todos lados. Es una zona de las afueras de Madrid con bastante vegetación) que hacía que tuviéramos más ganas de pasear, de disfrutar del día. Casi junto a su casa, nos detuvimos cerca del parque al que mi padre me llevaba de niño, y nos sentamos en un banco.
No recuerdo bien de lo que estuvimos hablando, y a mi memoria se le antoja poco importante, habida cuenta de la trascendencia que tuvo lo que pasó a continuación. Empezamos un juego de miradas de lo más íntimo, mientras sentía como mi corazón se aceleraba por momentos. No sé si alguna vez os ha pasado algo así, un momento tierno entre dos personas en el que tú la miras a ella, ella te mira a ti, buscando y evitando a la vez los ojos del otro.
En un alarde de valentía, acerqué mi mano a la suya, tomando sus dedos entre los míos. Agaché la mirada un momento, mirando nuestras manos entrelazadas, tan distintas y a la vez, tan complementarias. La mía, grande y morena, de dedos ágiles, cálida; la suya algo más fría (siempre ha sido una persona muy friolera), chiquitita y pálida, de dedos pequeñitos que se alojaban en aquellos momentos entre los míos.
Poco a poco empecé a elevar de nuevo la cabeza y fue cuando ambos pusimos fin al juego de miradas que llevábamos un rato haciendo mientras hablábamos. El silencio se hizo entre ambos, no un silencio incómodo o pesado como una losa, propio de cuando estás en tensión en una situación incómoda o te dan una mala noticia. Era más bien, por definirlo de algún modo, como el silencio quieto, expectante, del público antes de que una orquesta comience a tocar (como músico, permitidme este pequeño símil). Era como si el mundo contuviera la respiración a nuestro alrededor, aguardando para ver lo que pasaba. ¿Y qué pasó, os preguntaréis? Lo que tenía que pasar. Lo que ambos deseábamos que ocurriera.
Nuestros rostros se acercaron poco a poco, entornando los ojos, y en el momento en que los cerramos nuestros labios se unieron en un primer beso. Aún hoy día se me acelera el pulso mientras escribo estas palabras, recordando aquél primer gesto tan dulce que compartimos. No fue, precisamente, un casto roce de labios. En un momento dado fue como si nuestras bocas sintieran anhelo de la otra, pero sin llegar a perder la ternura del momento. El mundo dejó de existir a mi alrededor, sólo estaba aquella maravillosa sensación, el sabor y la textura de sus labios, el sonido de su respiración agitada y el de mi corazón que latía desbocado en mi pecho, bombeando sangre como un loco.
Nos separamos y volvimos a abrir los ojos. Y fue en ese momento cuando ella, con una mirada resplandeciente y las mejillas encendidas, tomó mi rostro entre sus pequeñas manos y volvió a besarme, añadiendo a la ternura una pizca de picardía como solo ella podía sacar.
Me hubiera encantado quedarme en aquél banco durante horas, charlando y compartiendo besos con ella, pero finalmente nos levantamos y, todavía cogidos de la mano, la acompañé al portal de su casa.
- ¿Y ahora? ¿Qué va a pasar?- murmuré mirándola a los ojos. Podéis imaginaros cómo deseaba que ella quisiera salir conmigo, que aquellos besos que acabábamos de compartir dieran inicio a una bonita relación.
Sus ojos, en cambio, una vez pasado el momento del banco, demostraron una sombra de duda. Era como si estuviera dividida entre lo que habíamos demostrado apenas unos minutos antes, y el hecho de no estar preparada para una relación (hoy día nos veo apenas como dos niños. Es cierto lo que dicen que cuando eres un adolescente pareces tener las respuestas a todos los enigmas del mundo. Por todos los dioses, parezco un viejo hablando, jajaja xD)
- No lo sé, Fran- me confesó, evitando mirarme. Seguramente se sintiera culpable por no poder darme la respuesta que, en mi anhelo, deseaba escuchar- Estoy hecha un lío. Ojala pudiera decirte, pero yo…
Sonreí negando con la cabeza, evitando que hablara más de la cuenta. Me llevé las manos al cuello y extraje un objeto que pendía sobre mi pecho, bajo la ropa. Se trataba del Anillo Único de la película de “el Señor de los Anillos”. Lo había comprado en Toledo meses atrás, con su cadenita a juego y todo. Me lo quité y, tomando de nuevo aquellas manitas más frías de lo habitual a causa de los nervios, se lo puse en la palma, cerrándole los dedos.
- Escúchame, haremos una cosa- un plan romántico tomaba forma en mi mente mientras hablaba- Te doy este anillo que ambos conocemos bien. Tú piensa sobre todo lo que hemos compartido y sobre lo que podríamos compartir en el futuro, sea cual sea tu respuesta. Ante todo, somos amigos, y eso nadie nos lo va a quitar. Pero, ya sabes lo que siento por ti, Elena.
Ella asentía, con los ojos brillantes. Nunca la he visto llorar, es una chica demasiado fuerte e independiente como para mostrar lo que considera una debilidad (no llorar en sí, o que lloren otros, sino que alguien la vea llorar).
- Si decides dar ese paso conmigo- continué- no hace falta que me digas nada. Tan sólo preséntate un día ante mí, como siempre, pero con este anillo puesto sobre la ropa. Esa será la señal de que lo has pensado, y has decidido aceptar mi propuesta- dije separando las manos de las de ella- Ahora he de irme. Pase lo que pase, lo que ha ocurrido hoy aquí entre nosotros, lo llevaré siempre dentro.
- Yo también- respondió llevándose el puño cerrado, con el anillo dentro, hacia el pecho, como dando a entender en aquél gesto sus palabras- Siento no poder darte una respuesta ahora mismo, Fran.
- El tiempo la dará, no te preocupes. Tómatelo con calma, no tenemos ninguna prisa- me despedí cogiendo una última vez su mano, depositando un beso en el dorso, galantemente- Que tengáis dulces sueños, mi señora.
- Lo mismo os deseo a vos, mi señor- rió levemente, feliz de comprobar que seguía usando nuestros pequeños juegos de palabras medievales. Sin más, entró en el portal y desapareció escaleras arriba.
Un cúmulo de sensaciones se aposentó en mi pecho durante mi regreso a casa. Por un lado, miedo a que aquello no saliera adelante, dado que lo deseaba con todo mi ser. Por otro, esperanza en que se cumpliera mi anhelo y poder salir con aquella chica que me había robado el corazón tantos meses atrás. El paso ya estaba dado, solo el tiempo diría si nos quedaríamos en una buenísima amistad, o habría algo más entre nosotros. Y el tiempo, como siempre, tenía mucho que decir al respecto.
Hasta aquí por hoy, espero que os haya gustado el escrito. Prometo, eso sí, intentar ser un poco más constante y escribir más de continuo, para no teneros tanto tiempo en ascuas. ¡Nos vemos!
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02-Mar-2012
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Usuario Experto
Registrado el: 21-April-2009
Mensajes: 345
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escribe prontooooo.jejeje.queremos la 4 parte yaaaaa!!!
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06-Mar-2012
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Usuario Intermedio
Registrado el: 03-February-2012
Ubicación: Madrid
Mensajes: 84
Agradecimientos recibidos: 19
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¡¡Vacaciones!! Qué bien sienta tomarse un descanso del trabajo de vez en cuando. Aunque no suponga más que una semana de asueto, pero bien recibida, sin duda. Aprovechando esto, habrá que escribir un poco más, digo yo. Y, si bien es cierto que tengo mucho que corregir de mis novelas y demás creaciones, tampoco puedo dejar abandonada esta historia que tan bien parece haberse asentado en este foro. Como siempre, lamento la espera a la que os he sometido, y vamos allá con la cuarta parte del relato. ¡Espero que os guste!
Entrada 4 Punto y aparte
Pasó el tiempo y todo pareció seguir igual que siempre. Era como si aquella tarde/noche compartida en el banco cerca de su casa no hubiera ocurrido jamás. Yo atesoraba aquellos momentos en lo más profundo de mi corazón, como la imagen de su hogar que añora un náufrago, perdido en una pequeña isla desierta en medio del mar. En la vida, vamos guardando esos pequeños oasis de paz, momentos en el tiempo que nos traen felicidad con su mero recuerdo. Aquél, sin duda, se convirtió en uno de los míos.
Pero lo que me mataba por dentro día a día, era encontrármela y no ver la señal convenida. Entendedme, cada vez que hablaba con ella me sentía uno de los chicos más afortunados del mundo. El hecho de tener aquella confianza que iba creciendo con el paso del tiempo, me hacía sentirme más unido a ella. Pero yo deseaba algo más, y por ello mis ojos siempre se dirigían, en primer lugar, a su cuello cada vez que la veía. Esperando ver el destello de aquél anillo bañado en oro que confirmara mis más fervorosos anhelos.
Dicen que quien espera, desespera. En mi caso fue cierto. Conforme seguía pasando el tiempo, y al ver que aquél tema no volvía a salir entre nosotros, la esperanza se fue desvaneciendo de mi corazón, relegándose a aquél rinconcillo donde guardaba los besos que habíamos compartido. Fue entonces cuando, echando la vista atrás, comencé a trabajar en serio nuestra amistad.
Hasta entonces siempre había tenido la posibilidad, aunque remota, de que Elena decidiera salir conmigo. Pero como aquello había quedado en agua de borrajas, como quien dice, de algún modo mi corazón apaciguó aquél fuego y lo sustituyó por el de la amistad. Todos sabréis que las llamas del amor nunca se consumen del todo, más bien se aletargan, se cubren de otros sentimientos que nos ayudan a superarlas. En muchos casos, esos sentimientos son el odio, la indiferencia, otro nuevo amor… en el mío, fue la amistad.
Palié el dolor de mi joven corazón mirando a los ojos de aquella chica, escuchando su risa, disfrutando de la amistad que me brindaba sin reservas. ¿Pudiste conformarte con eso? os preguntaréis. ¿Qué más me quedaba? Esa es mi respuesta.
Sí, podría haber luchado, insistido en ello, pico y pala, como dicen algunos en estas situaciones. Pero, primero, yo era muy joven entonces, y bastante pesimista. Por lo que, pensé, que quizás aquellos besos no habían sido mas que fruto de la curiosidad, del “me apetece y lo hago”. Yo tampoco se lo podía reprochar, estaba claro, puesto que para mí había sido un auténtico placer compartir aquél gesto con ella, aunque fuera tan fugaz como el atardecer que nos sirvió de testigo.
Segundo, no estaba seguro de que, insistiendo, fuera a conseguir algo más que alejarla de mí. Conforme la conocía, veía en ella a esa chica independiente antes mencionada. No tenía pinta de ser la típica princesita de cuento de hadas que necesitara de un caballero de brillante armadura. Más bien, al contrario, quizás mis galanteos y pretensiones me valieran que se alejara, agobiada, de mí. Todo esto es lo que, en aquellos tiempos, pensaba sobre aquél tema.
De modo que, convenciéndome a mí mismo, me dispuse a enterrar suavemente aquellos sentimientos en favor de nuestra amistad.
Fue difícil, me llevó bastante tiempo, pero acabé lográndolo. Al cabo de un año, a causa de que repetí el último curso en el instituto, ambos compartimos clase. Recuerdo aquél último año con especial cariño. Lo bien que nos lo pasábamos dando latín y griego juntos, estudiando Historia del Arte o Filosofía. Entre exámenes, visitas al Museo del Prado, preparatorias para la selectividad y apuntes, aquellos meses volaron. Finalmente, acudí con mi clase a hacer la temida prueba de acceso a la universidad (¿Quién, de entre todos, no ha tenido al menos nervios al enfrentarse a ese fantasma? xD) La lástima fue que ella no aprobó el curso y tuvo que repetir el último año (hasta en eso nos parecemos. Curioso, cuanto menos, ¿no? Jaja)
Baste decir, para el desarrollo de esta historia, que me hice con los laureles en aquellos exámenes, consiguiendo acceder a la carrera de Historia del Arte.
Sin embargo, debido a mi vida universitaria, me distancié de aquellas viejas amistades del instituto. Cada cual siguió su camino, y, lamentablemente, dejé de ver a Elena tan de seguido. Poco a poco, nuestros encuentros se fueron reduciendo, encontrábamos otras personas, frecuentábamos otros ambientes, hasta que al final no la volví a ver.
Ahí podría haber acabado esta historia, un bello recuerdo del pasado, de un amor que pudo haber sido y no fue. Pero, como bien intuiréis por el mero título, esto no ha sido más que la introducción a la verdadera historia, que a día de hoy se sigue escribiendo.
Porque, pese a todo, el destino seguía girando sus ruedas, colocando las fichas para el inicio de su juego. Aquello no era, como pude comprobar años después, más que un punto y aparte en el libro de la vida. Aún me deparaban algunas sorpresas más con ella, cuando una afición que tenía creció, acercándome a personas, lugares y eventos que, a su vez, me acercarían más a Elena. Cuando aquella afición me abriera puertas a otros mundos llenos de manga, anime, cosplay, juegos de rol, videojuegos y, sobre todo, fantasía. En resumen, cuando entrara de lleno en el mundo friki.
Y mañana espero poder seguir con la siguiente parte, aprovechando el descanso que vivo estos días. Que mis manos y mi mente trabajen un poco más, que nunca viene mal. Hasta entonces, pues, gente de ForoAmor ¡Pasadlo bien!
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06-Mar-2012
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Usuario Experto
Registrado el: 22-February-2011
Mensajes: 401
Agradecimientos recibidos: 27
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interesante historia amigo,sigue!!
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07-Mar-2012
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Usuario Intermedio
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Buenas tardes a todos/as. Como lo prometido es deuda (y un paladín siempre cumple su palabra, que no me nombraron Sir por nada xD), aquí os traigo la siguiente parte de mi historia. La historia comienza ahora a desviarse un poco y a ampliarse, con un tonillo algo más cómico, que espero que os guste. Pues se ponen en escena más personajes que iré introduciendo poco a poco, dándole forma al entorno para haceros formar parte de él. Gracias por los ánimos para seguir escribiéndola y espero que os guste
Entrada 5 Cosplay de canguro
Como decía en la anterior entrada, llegó un día en el cual Elena y yo nos perdimos la pista mutuamente. Nuestros caminos se separaron, nuestras amistades y ambientes cambiaron, y cada cual siguió a su ritmo por la vida.
Por aquél entonces, yo acababa de comenzar la universidad, y uno de mis más antiguos amigos de Internet se mudó a Madrid, a casa de sus tíos, para asistir también a su carrera. Se trataba de Pedro, conocido por los ambientes frikis/roleros como Cyrus. Su llegada supuso un cambio bastante importante en mi vida, pues fue el principal artífice de que me uniera al mundillo friki en todo su esplendor. La historia transcurrió, pues, como relataré a continuación.
Llevábamos ya unos meses quedando, yendo de tiendas y demás, cuando surgió el tema que cambiaría mi vida para siempre.
- ¿Expo qué?- pregunté desviando los ojos de la pantalla del ordenador. Nos encontrábamos en casa de sus tíos, navegando por la red en busca de vídeos y tontunas (que, por aquél entonces a falta de youtube, se encontraban en páginas como Elrellano.com ¡Qué tiempos aquellos!)
- Expomanga, tío, que pareces nuevo ¿y tú te consideras friki?- meneó la cabeza poniendo los ojos en blanco. Siempre ha sido una persona cínica, sin pelos en la lengua y más alocada que yo (al menos por aquél entonces, cuando aún era muy modosito y timidillo) Por aquél entonces llevaba el pelo largo, a tazón (lo cual en nuestro primer encuentro, en la distancia, me había hecho confundirle con una mujer xD), más bajito que yo, de sonrisa fácil y mirada pícara (sobre todo con alguna que otra friki, que por aquél entonces no eran ni una décima parte de lo que son hoy día. ¡Qué suerte tienen los frikis de ahora, copón, aunque parezca un viejo al decirlo! xD)
- ¿Eso qué es?
- Es un evento que sea hace en Madrid cada año. Un salón del manga y la cultura japonesa. Montan stands, venden cómics japoneses, figuras, videojuegos… la gente suele ir disfrazada y todo, de cosplay, vamos- me apartó del ordenador y sus manos teclearon en Google, enseñándome algunas fotos del sitio.
En la pantalla aparecieron un montón de imágenes, la mayor parte de gente disfrazada, de cosplay (palabra que viene de la conjunción de “costume” o disfraz y “play” o jugar. Consiste en hacerse un disfraz de personaje de manga, anime, videojuego, etc… para ir a estos eventos. Hay mucha gente que se lo toma bastante en serio, preparando todo tipo de trajes y artefactos durante meses, que luego lucen entre foto y foto. Todo un mundillo que yo empezaba a vislumbrar)
- Uf, no sé, tío- comenté echando un vistazo- ¿Meternos en un sitio lleno de gente disfrazada? Parecen un hatajo de locos, la verdad (ahora, recuerdo mis propias palabras y no puedo evitar reírme. Tiene bastante gracia que me cohibiera ese tipo de personas y que, unos meses más tarde, pasara a formar parte de ellos como el que más xD)
- Locos, dice. Tú si que estás loco si no vas, viviendo en Madrid desde siempre y ahora te enteras de que existe un evento así, capullo (procuraremos poner las menos palabras altisonantes aquí. Mi colega tiene un lenguaje de lo más fluido en lo que a tacos y palabrotas se refiere n_nU)
Hice memoria al ver unas cuantas fotos más. En ellas, se mostraban los primeros Expomangas y Expocómics de Madrid, hacía años, cuando se celebraban en el museo del ferrocarril. Yo ya había estado en un sitio de aquellos hacía años, cuando todavía iba al instituto. Recordé como Jesús, un colega de clase amante de Marvel, nos había prácticamente arrastrado a los tres restantes componentes del grupo (Nacho, Mario y yo) a un Expocómic. Habíamos ido el Viernes al salir de clase, claro que por aquél entonces la cosa estaba empezando en Madrid y no tenía mucha difusión. Apenas nos habíamos quedado unas horas deambulando por allí, comprándome el que sería mi primer manga, de Ranma ½, el tomo 1.
- Ahora que lo veo, creo que ya he ido a un sitio de estos, pero fue hace años- respondí, intentando no parecer tan desinformado como me decía su mirada.
- Bueno, pues entonces ya estás curado de espanto, supongo, ¿no? Es más, he estado hablando del tema con unos amigos de un foro, y van a hacer un cosplay grupal de Naruto (por aquél entonces, matizo, Naruto acababa de comenzar. No era tan conocidísima como lo es ahora, sobre todo fuera del ámbito friki) Yo voy a ir de Shikamaru, y tu podrías ir de…- sus ojos deambularon por una lista de nombres del mencionado foro, buscando algún personaje libre que me pegara- ya está, Kankuro.
- ¿De canguro?- mi cara era un poema. Ni muerto me iba a poner a dar saltos por el local.
- De Kankuro, idiota- me puso una imagen del susodicho. Pues no estaba nada mal, la verdad, vestido con una especie de mono negro, una capucha con orejas y una…
- ¿Lleva una momia a la espalda?- la cosa iba mejorando por momentos. Si ya tenía pocas ganas de disfrazarme, pues desde primaria que no me vestía de nada, y solo para carnavales, viendo el berenjenal en el que me estaba metiendo de cabeza mi amigo, se me evaporaban las pocas que me quedaban.
- Joder, Fran, de verdad. Mira, se acabó. Doble dosis de Naruto en vena a la de ya- tomó la determinación, buscando los capítulos del anime que llevaba descargados hasta el momento- Y es una marioneta, no una momia. Son ninjas, cada uno ataca de una forma, y Kankuro usa marionetas.
En la pantalla comenzó el primer capítulo de la serie, mientras las letras japonesas del karaoke del opening (la canción del principio, vaya) iban pasando por la parte inferior.
- No sé, no acabo de estar seguro de esto, la verdad. No me gusta disfrazarme, tío- murmuré cohibido ante la mera idea de vestirme con aquellas pintas, rodeado de gente por el estilo- Lo de ir al Expomanga, puede ser, ¿pero disfrazados? Ni hablar, no me convence la idea.
Por aquél entonces yo todavía no conocía lo suficiente, cara a cara, a Pedro. Y si algo he aprendido con el paso de los años, es que cuando se le mete una idea entre ceja y ceja, ni con martillazos puedes sacársela. Para el Expomanga aún quedaba un mes y medio, cierto, un tiempo que yo emplearía en ver casi todos los capítulos de Naruto que, por entonces, había. Un tiempo en el que trataríamos el tema una y otra vez, en el que yo me negaría y el insistiría, hasta que, finalmente, accediera a ello.
Así, cuando llegó Abril, me coloqué la capucha sobre la cabeza, sujetándola con la bandana de Ninja. Me eché a los hombros aquél amasijo de vendas a modo de mochila y, temblando de puro nervio, salí de mi casa en dirección a mi primera prueba de fuego como friki.
¡No tenía idea de las cosas que me iban a pasar en aquél entonces!
Y hasta aquí por hoy, para dejar un poco la tensión en el ambiente, la intriga, el “cliffhanger” como se dice en las series. Una vez más gracias por leer y animaros a que lo sigáis haciendo, sobre todo ahora que me he vuelto un poco más constante con mis aportaciones. Pasad una buena tarde, gente 
¡Nos vemos, foreros!
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07-Mar-2012
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Usuario Experto
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apurate que quiero saber que paso con la chica...
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19-Mar-2012
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Usuario Intermedio
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Comienza otra nueva semana y vamos a ver si puedo seguir un poco un ritmo más constante de aportaciones al foro, pues como ha comentado LoyalFriend1972 no está bien dejar a los lectores en ascuas tanto tiempo entre una y otra entrada (muy chulo el avatar, por cierto. Se nota que eres del friki-gremio, ¿no? ^_^) ¡Sigamos pues!
Entrada 8 Saliendo de la oscuridad
Tras aquél fortuito encuentro, no volví a saber de Elena en unos cuantos años más. ¿No os ha pasado a veces que os encontráis con una antigua amistad por la más curiosa de las casualidades y, tras prometer que quedaréis pronto y demás, no volvéis a saber de esa persona?
Todos tenemos una excusa que hace que no retomemos esos viejos lazos. Puede ser que te vas a algún otro sitio a vivir, que quizás no te apetece rememorar batallitas o, como es el común de los casos, que tu vida se complica tanto que lo último en lo que piensas es en rescatar retazos de tu pasado. En mi caso, me ocurrió esto último.
Por aquellos años, digamos simplemente, que no atravesaba una buena racha. Diversas causas familiares y escolares hicieron que cayera en una profunda depresión. Es sorprendente lo mucho que puede cambiarte la vida cuando, anímicamente, no te encuentras bien. Poco a poco, gracias al apoyo de la familia y los amigos, fui saliendo de aquellos bajones, con ciertos altibajos. El más común de ellos, era la ausencia de amor en mi vida.
Desde siempre, me he considerado una persona extremadamente romántica. Me encanta escribir poesías, regalar flores y bombones, cenar a la luz de las velas… en fin, toda una serie de cosas que todos hacemos con nuestras parejas en mayor o menor medida. Cada detalle, por ínfimo que pudiera parecer, significaba un mundo para mí. Desde una simple mirada, un roce de unos dedos entrelazados, un susurro o una sonrisa. Bebía de aquellos gestos, dejando que mi alma se alimentara al igual que mi cuerpo requería comida. Para mí era algo tan necesario como respirar, una demostración de que seguía vivo, de que podía dar tanto amor como el que podía recibir.
Así pues, no es de extrañar que el hecho de no contar con nada de aquello me sumiera en un oscuro anhelo que me impedía ver las cosas buenas de la vida. Miraba a mi alrededor, y a mis ojos todo eran parejitas. Mi imaginación, que desde niño ha sido amplia, me incitaba a bordes rayanos a la locura. Ante mis ojos podían aparecer unos simples amigos riendo juntos, que para mi mente eran aquello que yo no poseía por más que lo quería: un noviazgo.
Pasé por etapas realmente oscuras, desde la desgana hasta la más fuerte de todas las envidias. Por aquél entonces había acabado muy mal con mi última pareja, dejando de vernos de la noche a la mañana (y eso que antes de novios habíamos sido muy buenos amigos durante años). Deseaba estar solo, y como un auténtico zombie, me obligaba a asistir a las clases de la universidad, carente de emociones, siguiendo una rutina de un lado hacia otro. Finalmente, hasta aquello dejó de importarme, dejando incluso de asistir a clase. Gracias al cielo me surgió un trabajo a tiempo parcial para mantener la mente ocupada. Así, además de estar entretenido, podía aportar algo de dinero a casa, lo que me hacía sentirme ligeramente mejor. Con el tiempo, y por casualidades de la vida, acabé encontrando un trabajo mejor que el que tenía, como vendedor en una tienda de videojuegos.
Aquél había sido el trabajo que, de crío, había soñado desempeñar (sí, puede sonar muy absurdo y friki, pero es lo que hay xD) y, pese a no ser el mejor curro del mundo, al menos hacía algo que me gustaba. Echando la vista atrás, aquello también ayudó a sentirme mejor conmigo mismo. Conocí a personas, mis compañeros del trabajo, que también contribuyeron a animarme. Poco a poco, tan sólo me quedó la añoranza y el anhelo por no tener amor en mi vida.
No eran pocas las noches en las que me pasaba horas mirando las escasas estrellas que en el cielo de Madrid se pueden ver, a través de la ventana, mientras sonaba música celta o clásica y mis manos creaban poesías, relatos y reflexiones (algunas de las cuales he compartido con vosotros ya por estos lares). Pensaba que, cómo era posible que los demás tuvieran pareja y yo no. Quizás era algo malo que yo tenía, pese a que todos me insistían con aquello de “ya te llegará, no tengas prisa, que eso no es bueno”. ¡Ja! ¿¡Ya me llegará!? El problema es que no quiero que me llegue cuando tenga ochenta años, joder. ¡Quiero disfrutarlo ahora!
Seguramente muchos de vosotros hayáis pensado eso en algún momento de vuestras vidas. Incluso llegamos a culparnos a nosotros mismos, buscándonos defectos en nuestras formas de ser que quizás sean los causantes de solterías no deseadas.
Hay, sin embargo, una frase que dice que para querer a alguien, primero hay que quererse a uno mismo. Esto tiene cierto sentido, ya que para poder dar lo mejor de ti, has de conocerte primero a base de bien. Has de quererte tal cual eres, hacer gala de cierta seguridad en ti mismo, algo que el día de mañana puede atraer a una persona a la que llames la atención, desembocando en el anhelado amor.
En resumen, conocerse a uno mismo. Algo que empecé a llevar a cabo escribiendo una especie de diario. Día a día, plasmaba mis pensamientos, mis ocurrencias, las experiencias que iba atravesando en un documento Word. Cada noche acudía a la cita puntual como un reloj, a veces dedicaba unos minutos, a veces hora y pico, pero siempre dejaba algo escrito. Aunque fuera una simple frase. Volqué en el papel lo que me restaba de mí, vaciándome por completo de aquellas ansias insanas que me hacían querer una pareja. Y me empecé a sentir mejor.
Comencé a ver la felicidad en otras cosas que, hasta entonces, habían estado junto a mí y ni siquiera me había parado a pensar que existían. Salía con los amigos por el mero hecho de disfrutar de su compañía (y no para ver si conocía a alguien especial por ahí), en los días libres pasaba tiempo con mi hermano, su novia y mis padres. Nos íbamos al cine, a cenar, de viaje a algún sitio. Pequeñas cosas que, en su conjunto, me sacaban del hoyo en el que me había visto arrojado. Atendía a los clientes con una sonrisa, recomendándoles uno u otro juego, riendo y trabajando mientras daba lo mejor de mí. Salía de fiesta nocturna más a menudo, ya no con el objetivo en mente de ligar, sino de hacer el tonto, reír, bromear y pasarlo bien. En fin, todo un conjunto de cosas que me hicieron conocerme mejor a mí mismo, y darme cuenta de que las cosas llegan cuando tienen que llegar.
Hay una frase del poeta indio Tagore que mi madre tenía puesta junto a su cama en su época de estudiante en Zaragoza, para cuando echaba de menos a su familia: “Si lloras porque de noche no puedes ver el sol, las lágrimas te impedirán ver las estrellas”. Es una gran verdad, dado que a veces estamos tan obsesionados con algo en la vida (amor, trabajo, dinero, diversiones…) que nosotros mismos nos cegamos ante otras cosas que nos rodean. Fue lo que aprendí a hacer en aquél entonces, a observar detenidamente a mi alrededor, no solo a echar vistazos.
Pasó el tiempo y, finalmente, aprendí a ser yo mismo, independientemente de si tenía pareja o no. Por supuesto que aún me hacía ilusión (y me hace ilusión xD) tenerla, faltaría más. Pero no era el centro de mi vida, ni mucho menos. Había pasado a ser una parte más de mi sendero, un camino alterno que algún día recorrería.
Y aquí es donde continúa mi historia, cinco años después. Así estaban las cosas hace unos meses, en Octubre del año pasado, cuando una vez más me dirigía por mi barrio hacia la estación de RENFE más cercana. Iba sobrado de tiempo, de camino a la tienda de videojuegos. Bajé la escalera silbando la música de mi MP3 (un opening de Keroro, para más señas. Friki ante todo, desde luego xD) cuando distinguí una figura consultando los horarios de los trenes, de espaldas a mí, junto a los tornos.
Descendí un poco el ritmo de mis pasos, contemplando una larga cabellera castaña rizada que llamó mi atención. Sobre ella, adornándole el pelo, algunas orquillas de colores. ¿Habéis visto alguna película en la que, cuando un chico ve a una chica, parece que el tiempo va más despacio? Pues juro que tuve aquella impresión. Los colgantes y llaveros frikis de mi bolso bandolera tintinearon cuando me detuve. La chica se giró y, con los ojos como platos, sonrió mientras venía hacia mí.
- ¡¡Fran!! ¡Pero bueno, cuánto tiempo!- exclamó.
Sí, lo habéis adivinado. Se trataba, una vez más, de Elena. Fue en aquél preciso instante, durante otro de nuestros encuentros al azar, cuando retomamos la historia que comenzó hace más de diez años. Después de todo lo que había pasado, del túnel que había atravesado, allí estaba ella. Demostrándome, una vez más, lo mucho que puede brillar una sonrisa si sabes apreciarla.
Y hasta aquí por hoy. Espero que estéis tan emocionados como yo por haber alcanzado, al fin, casi, casi la actualidad de esta historia. Pero aún queda mucho por contar, desde luego, y cada día suceden más cosas que hay que tener en cuenta. Mas, por hoy, ya es bastante. Mañana seguirá la cosa  Un saludo, foreros, y gracias por leerme, como siempre
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10-Apr-2012
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Usuario Intermedio
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Buenas tardes, usuarios de ForoAmor. Soy consciente de que llevo unos cuantos días desaparecido en combate, como quien dice, pero me han acontecido una serie de visicitudes (ninguna de ellas malas, no os preocupéis) que me han mantenido demasiado ocupado y alejado de estos lares. Para rematar la faena, cuando en Semana Santa podría haber aprovechado para seguir escribiendo, mi ordenador decidió tomarse unas vacaciones y hube de llevarlo a arreglar. Así que ahora, con el pc como nuevo y bien limpito de virus, suciedades varias y demás, retorno al foro con ganas redobladas de continuar con mi historia. Espero que sea de vuestro agrado
Entrada 12 Castillos en el aire
Pasaron unos cuantos días en los que me limité a seguir con mi vida normal, charlando con ella cada noche por el Messenger. A pesar de que ya sabía que ella estaba comprometida con otro, eso no me desanimó a la hora de recuperar una antigua amistad. Lo que, a pesar de todo, no podía evitar era el hecho de que con cada pensamiento y anécdota que compartíamos, mas sentía aquél dulce calor dentro de mí. Ya en el pasado he sentido esa sensación otras veces, y cuando el objeto de tus miras es una chica que no está a tu alcance, no lo pasas lo que se dice bien. Sin ir más lejos, con mi anterior novia, Esther, me había pasado algo así. Supongo que a todos os habrá acaecido algo similar. Te intentas convencer a ti mismo, en un primer momento, de que lo que deseas no está a tu alcance (bien porque tiene pareja, bien porque solo te ve como un amigo o, a veces, un simple conocido), de que tienes que aprender a verla como lo que es, una persona más, una amiga más. Algunas veces el autoconvencimiento funciona, y de tanto repetírtelo acabas por verla tal cual es. Otras, tienes mejor suerte y en ese lapso de tiempo se cruza en tu vida otra persona aún más fantástica que la anterior, desviando toda tu atención hacia ese nuevo objetivo que bien puede, porqué no, salir bien.
Otras veces decidimos que conservar esa amistad nos va a hacer más daño que bien, dado que es tal el sentimiento que va creciendo en nuestro interior, que no estamos seguros de poder controlarlo. Con la idea de no sufrir, preferimos cortar por lo sano y alejarnos de esa persona. Esto conlleva que dejemos amistades por el camino de la vida en nuestro provecho sentimental; puede sonar un poco cruel, y de hecho creo que lo es, pero sabemos que es lo mejor para los dos.
Lo peor de todo, sin duda, es cuando a pesar de saber que esos sentimientos crecen en tu interior, sin poderlos controlar (o, a veces, sin quererlos controlar), deseas seguir al lado de esa persona, sufriendo en silencio o confiándote a personas cercanas. Pero jamás, por su bien, consientes en hacerle llegar lo que sientes por ella. Piensas que es lo mejor, dado que por nada del mundo desearías causarle daño. El dolor se vuelve un ruido sordo, como una vieja herida que se hace recordar con la llegada del mal tiempo, y poco a poco aprendes a convivir con ello o, hasta que en su defecto, tomas alguna de las determinaciones que he citado anteriormente.
¿Cuál fue mi caso? Obviamente, el último. El más tortuoso y difícil de los caminos. No podía alejarme de ella, no quería hacerlo, y pese a que mis sentimientos se caldearan más cada día que pasaba, los mantenía a raya en mi interior.
Quedamos un par de veces más en los siguientes días, una de las cuales me vino a buscar a la salida del trabajo. Nos dimos una vuelta por el centro de Madrid, disfrutando de la noche, y nos sentamos a cenar en una hamburguesería. Allí tuvimos lo que juzgo como una divertida conversación casi de pareja (o lo era a mis ojos, tales eran los sentimientos que cada día cobraban fuerza en mi interior). Nos pusimos a “discutir” sobre quién pagaba la cena. Yo insistía, como buen caballero que soy (y ganando un sueldo a final de mes) en invitarla. Ella refutaba mis razonamientos alegando que debía compensarme por el juego que le había regalado hacía unos días. Finalmente, viendo que el tira y afloja continuaba y ya casi nos tocaba hacer el pedido, decidí dar mi brazo a torcer (no pude resistirme a aquél rictus de enfado bromista que mostraban sus labios mezclado con el alegre brillo de triunfo en sus ojos).
Aquella cena fue amenizada por un crío cercano que cada dos por tres se asomaba al respaldo de su asiento y nos hacía carantoñas. Al principio el chaval tenía su gracia, pero llegó un momento en que se volvió demasiado cansino (como todos los niños cuando se empecinan en seguir hasta la saciedad con el mismo juego, vaya). Bastó una sola de las miradas de Elena para que el mocosillo en cuestión dejara de gamberrear. Y es que, al ser la menos de varios hermanos, fue tía a edad muy temprana. Está acostumbrada a tratar con los niños, a jugar con ellos y entender su forma de ser, pero a saber ponerlos en su sitio si se desmadran demasiado. Me encanta esa mezcla que tiene tan agridulce, sabiendo la forma de comportarse dependiendo de la situación. También me gusta el hecho de lo correcta que es. Es decir, puede ser divertida, charlar sobre todo y no cortarse un pelo a la hora de dar su opinión, pero nunca pierde las formas.
Tras aquella cena, la volví a acompañar a casa, como tengo por costumbre. A pesar de estar al lado, en nuestro barrio (una de las zonas más apacibles que he conocido jamás), no me quedo tranquilo si no la veo subir las escaleras de su portal. Puede parecer que soy un anticuado, pero ese tipo de vínculo, de caballerosidad y deferencia hacia la mujer, me parece una de las mejores cosas que puedo sacar a la luz. No se trata de machismo o feminismo, simplemente de galantería al más puro estilo victoriano. Cosas como acompañarla a casa, llevarle las bolsas cuando va cargada, retirarle la silla cuando se va a comer o cenar… son pequeños detalles que conforman la forma de ser de cada uno. Y yo hace mucho tiempo que entendí que me sentía a gusto siendo cuanto más caballeroso, mejor.
Ella insiste todo el tiempo en que no hace falta que haga ese tipo de cosas. Como ya comenté, es una chica autosuficiente, no le gusta depender de nadie para sacar las castañas del fuego. Siempre ha sido así, desde que la conocí hace tantos años, y eso no se ha rebajado con el tiempo, sino más bien a la contra. Es por eso que, a veces, tengo la impresión de que se siente algo incómoda con este tipo de situaciones (siempre tenemos una buena diatriba cuando me ofrezco a acompañarla a casa, por ejemplo). Ella insiste en que no es necesario, que vive al lado, que no corre peligro alguno… y yo le rebato sus razonamientos haciéndole saber que soy consciente de todo ello, pero que así me quedo más tranquilo. Lógicamente, aparte de ello, me gusta acompañarla porque así paso más tiempo a solas con ella, disfrutando de su compañía.
Mientras caminábamos a su casa por enésima vez, no pude evitar fijarme en cómo había cambiado su físico durante aquellos años. Nunca me he considerado una persona que le de demasiada importancia a la apariencia, a pesar de que soy consciente de que alguien te tiene que entrar primero por los ojos, aunque sea mínimamente. Por primera vez en mi vida, me fijé en algo en lo que nunca he tendido a prestar atención: las piernas. Tiene unas piernas fuertes, bien torneadas, y aquella noche los vaqueros se le ceñían prietos en torno a sus muslos. Cada vez que daba un paso, su suéter se le subía un poquito, lo justo para atisbar un pequeño trozo de su ombligo. Puedo afirmar que aquella visión me supuso más sensualidad que cualquier catálogo de modelos en lencería. Incluso llegué a sonrojarme cuando, al mirarme, casi me sorprende contemplando su vientre (de lo rápido que giré la cabeza, me dio un chasquido el cuello xD).
Son ese tipo de detalles los que conforman el hecho de que te guste de verdad una persona, creo yo. Que ante la mínima visión de cualquier parte de su cuerpo (no tienen porqué ser siempre partes íntimas) se te quite el aliento y el corazón se te acelere un poco. Me gustaba todo de ella, y cada día que pasaba me daba más cuenta de ello. Tanto su forma de ser como su físico, el conjunto para mí era maravilloso. Tras despedirme de ella en su portal, di media vuelta regresando en soledad a mi casa. Pasé frente al banco que tantos años antes nos había acogido durante nuestros primeros besos. Sonriendo, decidí sentarme un rato, rememorando aquella tierna escena de la que había sido partícipe hacía tanto tiempo. Tan sólo el hecho de imaginarme una vida a su lado, comprendiéndola, escuchándola reír y llorar, amándola a cada instante, alegrándome por sus logros, compartiendo nuestro futuro juntos… era lo más bonito que se me podía antojar.
Fue entonces, dejando que mi mirada vagara por el cielo nocturno hasta encontrar la luna, cuando la realidad de la situación hizo acto de presencia en mi mente. Por mucho que yo sintiera por ella, por muchos días que pasara a su lado, por mucho que se inflamaran aquellas antiguas brasas, seguiría viéndome tan sólo como un amigo más, un viejo conocido con el que había retomado el contacto. Su corazón ya tenía dueño, eso era un hecho, y con todas aquellas ilusiones y pensamientos sobre un posible noviazgo a su lado, no hacía más que hacer crecer los castillos que yo mismo me montaba en el aire.
Es curioso cómo podemos pasar de la felicidad a la desilusión en apenas unos segundos. Bastan un par de pensamientos que nos traigan de nuevo al mundo real para que nuestras ilusiones se vengan abajo. Me miré las manos, recordando cuando en su día había lucido aquél anillo que le había regalado a ella. Una señal que nunca había llegado a ver, y que lo más seguro jamás contemplara. Un profundo suspiro me salió del alma, mezclándose con el viento nocturno, de repente antojándoseme demasiado frío, demasiado desesperanzador.
Negando con la cabeza me incorporé y eché a andar entre los árboles de ramas desnudas, con la luna como único testigo de mi amarga desdicha, y los huecos latidos de mi corazón precediendo a mis pasos.
Y hasta aquí por hoy, mañana más y mejor si me da tiempo. Un saludo y que paséis una buena tarde, gente!
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07-Mar-2012
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Usuario Experto
Registrado el: 27-November-2011
Ubicación: Madrid
Mensajes: 176
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  Muy bueno, estoy expectante a ver cuando vuelve a aparecer Elena.  , pero sin prisas.
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14-Mar-2012
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Usuario Intermedio
Registrado el: 03-February-2012
Ubicación: Madrid
Mensajes: 84
Agradecimientos recibidos: 19
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Buenas noches, ya de madrugada, usuarios de ForoAmor. Llevo algunos días totalmente desaparecido de Internet, pero regreso a vosotros con fuerzas renovadas para continuar con mi historia. He de darme prisa, pues se sigue escribiendo a cada día que pasa, y nunca sé donde puede acabar. Así que, sin más dilación, vamos con la siguiente entrada, disculpándome de antemano por la tardanza en seguir escribiendo y dejaros un poquito en vilo. ¡Que la disfrutéis!
Entrada 6 De cabeza a la piscina
Es sorprendente lo mucho que puede cambiar una persona de un día para otro. A veces, esos cambios se van experimentando durante mucho tiempo, poco a poco, pasito a pasito. Otras veces, sin embargo, es como aprender a nadar tirándote a la piscina.
Estás tranquilamente en el borde, contemplando el reflejo del sol sobre el agua, cuando de repente alguien te empuja desde atrás y te lanza dentro. El primer instinto que nos surge es el de respirar, el instinto de supervivencia, y como tal agitamos frenéticamente brazos y piernas con tal de ganar la superficie. La autoconservación aflora a nosotros, “adaptarse o morir” como expresaría Darwin en sus estudios.
Con este ejemplo tan exagerado, quiero dar a entenderos el hecho de cómo me adapté al medio en apenas un solo día. No se trataba de sobrevivir, desde luego, sino más bien de encajar, de dejar salir lo que había dentro de mí, de hacer locuras y no ser censurado por ello, de expresar libremente mis apetencias frikis en un entorno que jamás había conocido hasta entonces. En definitiva, de potenciar mis aficiones.
Como decía, me dirigí en compañía de Pedro a mi primer Expomanga, debidamente disfrazado y temblando como una hoja. Para empezar, la prueba de fuego de ir en el autobús a la vista de gente “normal y corriente” fue un gran reto para mí. Podéis imaginaros, si alguna vez habéis ido en transporte público a alguna fiesta de disfraces, o con algo de ropa llamativa, la vergüenza que debí de sentir al notar tantas miradas clavadas en nosotros. Hasta al conductor le costó controlar su curiosidad cuando subimos y buscamos asiento en su vehículo.
Pues bien, llegamos al recinto y, cual no sería mi sorpresa, al comprobar que mis temores eran del todo infundados. ¡Había más gente, además de nosotros, disfrazada!
Compramos la entrada y pasamos al recinto. Comenzamos a mirar los stands, los cómics, las figuras… un colorido mundo se presentaba ante mis ojos. Por aquél entonces, no obstante, mi economía no estaba precisamente holgada, y apenas si tenía veinte eurillos para gastar en alguna que otra cosa. Lo principal, según había dicho Pedro, era pasar el día allí y divertirse. ¿Qué demonios íbamos a hacer para pasar el rato, aparte de mirar merchandising que no podíamos permitirnos comprar?
Como contestando a mi pregunta no formulada, apareció ante mí una chica un poco más joven, sonriendo con emoción mientras agitaba una cámara de fotos ante nuestras caras.
- Perdonad ¿puedo haceros una foto?
Recuerdo bien aquella primera foto, en la cual me pidieron que posara como el personaje del que iba disfrazado. Suerte que iba prácticamente cubierto y, entre el flash de la cámara y el calor en el ambiente, creía que apenas si se me notaría el bochorno. Pensad que, como en el ejemplo anterior me he remitido, para curar aquella timidez que desde niño me había caracterizado, me habían lanzado a la piscina directamente para que aprendiera a nadar.
- ¡Gracias por salvar a Kiba-kun, Kankuro-san!- se despidió alegremente aquella chica, arrancándome un suave “de nada” que susurré al cuello de la camisa, como quien dice (sin saberlo, me había comido mi primer spoiler, o destripado de la trama, cuando aquella chica me había hecho referencia a uno de los últimos capítulos de la serie publicados, el cual no había llegado a ver todavía xD).
- Pero tío, suéltate un poco, joder- me recriminó Pedro cuando la chica se hubo marchado- Que estás ahí cortadísimo, cuando deberíamos estar disfrutando a tope del salón.
- Para ti es fácil decirlo, no te jode- por aquél entonces envidiaba el desparpajo de mi colega, el cual no tenía reparos a hacer frente a todo aquél tipo de situaciones nuevas.
- A ver, Fran. Piensa que estás en un evento friki. Es un sitio normal, con gente normal a la que le gusta lo mismo que a ti. Deja de tener tanto miedo a hacer el ridículo.
Con aquella frase dándome vueltas en la cabeza, seguimos dando un paseo por el recinto, comprobando lo “normales” que podían ser aquellas personas al llegar al escenario. Sobre él, tres tíos como tres templos, ataviados solamente con unos calzoncillos de los que colgaban hojas de parra (a lo Adán xD) bailaban una canción japonesa de la que habíamos visto el videoclip hacía unos cuantos días. Aquello fue una buena dosis de la “realidad” para mí.
Con aquél ejemplo, y algunos más, amén de las fotos que nos fuimos haciendo a lo largo de la mañana, comencé a cambiar mi forma de ser. Poco a poco, me iba desinhibiendo más. Veía a la gente disfrazada, poniendo poses, gritando, riendo, juntándose con amigos que compartían aficiones. Escuchaba canciones en japonés, gente leyendo mangas, comprando peluches y figuras… Llegó un momento en el que pensé: ¿qué demonios? Cuanto más llamas la atención, mas triunfas en un sitio así. Veía como la gente no nos miraba raro, como, al contrario, se nos juntaban para hacer el friki. Incluso comenzamos a ser nosotros quienes pedíamos fotos a las demás personas disfrazadas. Al final del día, éramos los más escandalosos de todos, participando en karaokes, llegando a organizar un “Circulo de Poder” (se hace un corro de personas y dos, disfrazados, salen a hacer un combate de pega reencarnando a sus personajes. He de decir que pusimos de moda aquello, y tuvo tanto éxito que, años después, se ha incluido como evento oficial en diversos salones. Lo que son las cosas xD)
Llegamos a conocer a muchísimas personas, trabando amistades que continúan a día de hoy (una de las cuales se trataba de uno de los locos que habían bailado sobre el escenario en calzoncillos. Se llama Paco, y a día de hoy es uno de mis mejores amigos. Aún nos reímos bastante al recordarle cual fue mi primera impresión sobre su estado mental, viéndole bailar tan sugerentemente xD)
Y así, entre pitos y flautas, entre fotos y ramen (unos fideos instantáneos japoneses), transcurrió el fin de semana. Unos días inolvidables en los que descubrí que yo también formaba parte de aquello, que era un auténtico friki, vaya. Con todas las repercusiones que ello pudiera traer.
Hicimos amigos, nos lo pasamos genial y, sobre todo, aquellos acontecimientos me pusieron en el camino para convertirme en la persona que soy hoy día. Echando la vista atrás, he de agradecerle sobremanera a Pedro el hecho de que me convenciera para apuntarme a aquella locura, dado que aquél supuso un gran punto de inflexión en mi vida. Hoy día, como he dicho, conservo muchos amigos que hice por aquél entonces, descubriendo un mundo que sigo explorando a cada minuto que pasa, con el mayor de los placeres.
¿Y a qué ha venido todo esto? Os preguntaréis. Fran, joder (diréis algunos/as), que se supone que esto es una historia de amor, no una historia de cómo te volviste friki. Bueno, como bien dije al comenzar este pequeño rodeo para poneros en situación, todo tiene que ver. Y yo en aquél entonces, regresando totalmente satisfecho el domingo por la noche a mi casa, después de mi primer salón, no lo sabía. Pero sería, precisamente, gracias a otro salón del manga posterior, cuando cierta personita reapareciera en mi vida.
Para finalizar, mi consejo es que nunca jamás dejéis de lado cosas que os apetezca hacer, por locas que puedan resultar a priori (os lo dice alguien que fue disfrazado a su primer evento friki xD), dado que nunca se sabe adonde os puede llevar la corriente del río. A mí, me llevó a un reencuentro muy especial. Y esa es la historia que pienso contaros a continuación.
Y hasta aquí el pescado vendido, que se ha hecho muy tarde ya. Mañana veremos a ver si me da tiempo a seguir la cosa. Mientras tanto, para todos aquellos/as que os estéis muriendo de curiosidad por saber el baile que hicieron mis amigos sobre el escenario con hojas de parra entre las piernas, dejo el videoclip del que surgió la actuación. ¡Disfrutadlo! :P
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18-Mar-2012
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Vamos con la siguiente parte de mi historia mientras llegan las pizzas que he encargado. A ver si pronto alcanzo el presente y puedo seguir con el día a día, puesto que siguen sucediéndose todo tipo de experiencias que narraré poco a poco. Vamos, pues, a ello.
Entrada 7 La sorpresa del arquero rojo
Cinco años pasaron desde aquél primer expomanga al que asistí. Cinco años en los que hice varios amigos nuevos y llevamos a cabo todo tipo de reuniones de ámbito friki durante los fines de semana. La más común de todas ellas, consistía en reunirnos en la tienda Atlántica de manga/anime, cerca de Gran Vía, y tras hacer las compras semanales de rigor, a Plaza de España a pasar la tarde sentados en la hierba. Eran grandes tertulias en las que no faltaban las risas, bromas, chismes y demás. Aún hoy en día, cuando paso por aquella zona, me emociono echando la vista atrás y recordando cuando la vida era más fácil para todos (sin preocupaciones como el trabajo, el dinero, etc…) pero me alegra ver a nuevos grupos de jóvenes allí reunidos, cómo las nuevas generaciones de frikis continúan con las tradiciones.
Sea como fuere, decía que pasaron cinco años y, de nuevo me encontraba en el expomanga. Durante aquél tiempo, como es lógico, no fui precisamente paradito en lo que a relaciones se refiere. Al juntarme con más personas, indudablemente, tuve varias relaciones amorosas, una de las cuales vivía en aquél entonces.
Acudía, como era de rigor, disfrazado de Archer (el arquero, un personaje de la serie Fate Stay Night), ataviado de rojo y con dos espadas de goma-espuma como armas. A mi lado, iba mi novia de aquél entonces, Esther, vestida de otro personaje del mismo anime.
Llevábamos todo el día dando vueltas y haciéndonos fotos, cuando en un momento dado, ella se quedó con unos amigos charlando mientras hacía cola para subir a participar en el concurso de disfraces. Yo, mientras tanto, aproveché para dar una vuelta por el evento, saludando a algunos conocidos que hacía tiempo que no veía.
Me detuve a ver la mercancía de un stand, pensando en comprarle algo a Esther, cuando de repente, tras de mí, oí una tímida voz.
- Disculpa, Archer. ¿Puedo hacerte una foto?
Parecía que había muchos aficionados a aquella serie que había terminado de ver hacía un par de semanas. Decididamente, haber ido con aquél disfraz había sido todo un logro. En primer lugar, porque no lo había hecho nadie más. Y en segundo, porque desde primera hora nos habían pedido un montón de fotos. El mayor halago para un escritor, como siempre digo, es que la gente disfrute con sus historias. Que les den vida palabra tras palabra, gastando su preciado tiempo en los mundos que se crean para ellos. Así pues, el mayor halago para un cosplayer (gente que se disfraza asiduamente en salones frikis) es que le pidan fotografías. En aquél entonces, mi timidez era cosa del recuerdo, y me di la vuelta con una amplia sonrisa dispuesto a satisfacer el requerimiento de aquella voz. Casi se me cayeron las bolsas que llevaba al suelo al encontrarme, frente a mí, nada más y nada menos que a Elena.
La primera impresión que tuve de ella en aquél encuentro después de más de cinco años sin verla fue que estaba preciosa. Por un lado, parecía que apenas si había cambiado físicamente en aquél tiempo. Seguía siendo chiquitita, con aquella sonrisa y esa mirada brillante. Pero, por otra parte, para alguien que la había conocido tanto como yo, que se había fijado hasta en el más mínimo detalle de su persona, los cambios eran evidentes.
Para empezar, llevaba las uñas pintadas. Sí, puede parecer una tontería, pero en su caso no es tal. Recordaba perfectamente que, cuando íbamos al instituto, jamás las llevaba así. Quizás era una muestra de su timidez, o del hecho que ella siempre se había considerado muy machorra (en palabras suyas xD aunque a mí jamás me había parecido tal). El detalle de llevar las uñas pintadas demostraba que había madurado y, en cierta medida, aceptaba el hecho de ser una mujer hecha y derecha.
Iba vestida con unos pantalones vaqueros cortos, medias y botas altas. Un suéter algo ceñido dejaba adivinar las formas de mujer que se insinuaban bajo la ropa, con poquito escote, eso sí, pero sin ser tan recatada como la recordaba. La ropa, en su conjunto, me decía aquello. Ya no era tan tímida como antaño. Parecía que su paso por la universidad la había dotado de algunas experiencias que la habían hecho madurar como mujer y, lo que es más importante, estar orgullosa de ello.
- ¡Fran!- exclamó sonriendo, mientras me echaba los brazos al cuello pegando un salto y un gracioso gritito- ¡Qué alegría verte!
- Lo mismo digo, Elena- sonreí dándole dos besos, mirándola de arriba abajo, captando aquellos sutiles cambios que he mencionado- ¿Qué haces aquí? Es el último sitio en el que esperaba encontrarte.
- Pues ya ves. En el instituto me llamaban la atención los manga y demás, como bien sabes. Y, poco a poco, con el paso a la universidad, me fui aficionando cada vez más. Hasta que, aquí me tienes- levantó unas bolsas en las que llevaba lo que había comprado en el salón- una auténtica friki.
Alucinante. Sencillamente alucinante el hecho de que a ambos nos hubieran pasado cosas similares. Cuando nos conocimos, leíamos épica medieval y algo de manga, lo justo y necesario. Parecía que con el paso de los años, aquellas aficiones que habíamos potenciado, se habían encargado de volvernos a unir. No cabía en mí de gozo. Entendedme, yo por aquél entonces tenía novia, y ella, como me hizo saber, también salía con alguien. Era más la alegría del reencuentro con una vieja amiga que el hecho de resucitar aquellos sentimientos que, hacía años, había ocultado en un rincón de mi corazón.
Así pues, tras dar una vuelta con Elena y que me presentara a su novio, intercambiar nuestros números de teléfono con la promesa de volvernos a ver pronto, regresé junto a Esther a tiempo para verla participar en el concurso de cosplay. En mi cámara digital quedaban guardadas las fotos que me había hecho con Elena, como recuerdo del reencuentro. Estaba muy feliz, en una auténtica nube, como se suele decir.En un salón, viendo a mi chica subir al escenario, habiéndome reencontrado con Elena… las cosas marchaban estupendamente, sin ninguna duda.
Lamentablemente, aquello solo había sido un alto en el camino. Algunos pensaréis que fue entonces cuando se retomó la historia entre Elena y yo. Sí y no. Me explico.
Sí, porque la había vuelto a ver, y tenía la certeza de que en aquellos momentos caminaba por el mismo sendero que yo. Ambos habíamos cambiado, crecido, madurado, pero nos seguían gustando las mismas cosas, y cada vez en mayor medida. Eso hacía que me sintiera más unido a aquella antigua amiga.
Y no, porque como digo, aquello solo supuso un punto de inflexión en mi historia con ella. Un pequeño reencuentro, puesto que por casualidades de la vida, todavía no estábamos destinados a llevar una relación tan cercana como antaño. Aún iban a pasar algunos años más hasta que la vida nos volviera a juntar. Pero, desde luego, cuando aquello sucediera, continuaría la historia que había comenzado una fría mañana de camino al colegio. Y sólo el tiempo sería (o es, más bien) el encargado de decidir adonde nos llevaría todo.
Y hasta aquí por hoy, que se me enfría la comida xD Espero que hayáis disfrutado de la siguiente parte de la historia. Un efusivo saludo, usuarios/as de ForoAmor
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18-Mar-2012
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Usuario Experto
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No había visto este post hasta hoy, pero la historia es buenísima!!  
Aunque eso sí, me parece fatal dejar a los lectores en ascuas  , quiero más!
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17-Jun-2012
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Usuario Intermedio
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Aprovechando que estoy de vacaciones y tengo tiempo, continuaré más de seguido la historia. Os dejo con la siguiente parte de mi relato, animándoos a comentarla si queréis. Un saludo, gente!!
Entrada 16 Todo un caballero
Aquella noche me conecté de nuevo a Internet con la esperanza de verla en el Messenger. Era consciente de que no sería lo mismo una charla a través del ordenador que cara a cara, y yo no iba a sacar el tema de lo que le acababa de regalar, pero por otro lado sabía que ella sí que me respondería algo a todo aquello. A veces, estás tan ansioso por saber una respuesta que, pese a que el medio no sea el más ortodoxo, te es indiferente. Ese era mi caso al encender el ordenador. Podría haberme dedicado a cualquier otra cosa, echar una partida a la consola, leer, escribir, ver alguna serie… pero mi corazón anhelaba algún tipo de respuesta, por breve o poco esclarecedora que fuera, y no iba a estar tranquilo hasta obtenerla. Además, dudaba mucho que pudiera dormir con ese desasosiego encima. Muchos de vosotros entenderéis a qué me refiero si os habéis visto en una situación similar.
Por tanto, como esperaba, Elena se conectó a la hora que solía hacerlo siempre por las noches. Al principio, como si no hubiera pasado nada, nos saludamos y estuvimos hablando de trivialidades durante un rato: su familia, la mía, qué habíamos cenado… en fin, lo típico para “romper un poco el hielo”.Pero ambos sabíamos que acabaríamos llegando al tema crucial de aquella noche. Finalmente, ella abrió la conversación agradeciéndome el regalo, y a modo de pequeña “broma” me dijo que le iba a resultar muy difícil controlarse para no comerse todos los bombones de una sentada.
- ¿Y qué opinas de lo que te he dejado escrito?- mis dedos formularon la pregunta sobre el teclado de mi ordenador, pasando a la acción directa. Ya no había vuelta atrás, yo mismo lo había reconocido en el momento en el que me había decidido a entregarle los bombones. Llevaría aquello hasta sus últimas consecuencias, para bien o para mal.
Ella estuvo callada un buen rato, como pensando la mejor forma de responderme a aquello. Ese tipo de indecisión a la hora de contestar a algo así es lo que nos mata por dentro a aquellos que esperamos la respuesta. Y, en el fondo, sabemos qué clase de contestación va a ser, a pesar de que no queramos dar la batalla por perdida. Pero eso es así en la mayor parte de los casos. Me explico.
Cuando quieres estar con una persona y dicha persona da un paso tan importante como es declarar que hay algo más que amistad por medio de algún gesto (como la notita que le dejé anexa a la caja de bombones); soy de la opinión de que la respuesta, en tanto y cuanto sea positiva, no se hace mucho de rogar. Es obvio que has estado esperando que la parte contraria dé el primer paso, y una vez hecho esto, siempre es más fácil dar tú el siguiente.
Fue entonces, debido a la situación, mis nervios, mis inseguridades, mi mente divagando con una y mil posibilidades cuando ocurrió un craso error. Pese a que ella debió de ser muy explícita al respecto, tan sólo pude sacar unas ligeras conclusiones de su respuesta.
El detalle de la nota la había emocionado sobremanera, admirando el valor que le había echado a la hora de escribir algo así. Ella también se sentía muy a gusto conmigo, y desde que habíamos recuperado el contacto, a cada día que pasaba estaba más y más feliz en mi compañía. Respecto a si habría algo más, lo único que logré extraer de sus palabras (ya digo que, con lo nervioso que estaba y el embotamiento mental que tenía desde hacía más de una hora, no era capaz de leer entre líneas) es que hacía poco que lo había dejado con su novio, que todavía había de recuperarse y que no sabía lo que nos depararía el futuro. En resumen, que no logré comprender si quería estar conmigo o no cuando pasara algo de tiempo. Lo único que me había quedado claro era aquello, que necesitaba más tiempo. Después de eso, no sabía si tendría posibilidades de salir con ella o no. Y así me quedé, con aquella reflexión, cuando ella se desconectó al cabo de un rato más.
Intenté por todos los medios repasar la conversación, pero cosas del destino, mi ordenador decidió reiniciarse, por lo que no pude encontrar lo que acababa de hablar con ella. Frustrado por no recordar sus palabras exactas para poderlas analizar más detenidamente en busca de significados ocultos o algo así, decidí irme a la cama y que al día siguiente fuera otra historia. Mi mente necesitaba un buen merecido descanso, y por entonces ya había hecho cuanto estaba en mi mano sobre aquella historia. Estaba, ante todo, orgulloso de mí mismo por haberme atrevido a dar aquél paso, por haber logrado vencer la timidez y el miedo al rechazo a favor de un posible futuro feliz juntos.
Pasaron los días y llegó un fin de semana en el que mis padres se fueron al pueblo. Normalmente, como me toca trabajar también los fines de semana, suelo montar todo tipo de fiestas de temática friki en mi casa, que es bastante grande. Consolas, series, música, alcohol y buena compañía. Son las claves, el sello por antonomasia de las reuniones sociales que monto, y como tal, mucha gente suele apuntarse a ellas. Así, aproveché que Elena y yo volvíamos al cauce de siempre tras varias noches hablando con ella, para invitarla a venir aquella noche del viernes. Sería la primera vez que nos veíamos desde que le había regalado la caja de bombones, y estaba algo nervioso al respecto.
¿Cómo actúas con una persona a la que, sutilmente, te has declarado sin conseguir todo lo que esperabas de la situación?
Si la trataba como siempre, puede que ella se lo tomara mal porque pensara que el hecho de haberme declarado era una rutina más. Si le daba demasiada importancia, quizás quedara como un pesado obsesionado con el tema, sin darle tiempo a la cosa para que se calmara. Lógicamente, todos esos pensamientos te vienen a la cabeza en momentos así. La mente, acompañada del estado anímico que tengas eentonces, hace que parezcan totalmente razonables y, cuando pasa el tiempo y te detienes a pensar sobre ello, te das cuenta de que todo ello no eran más que tonterías. Lo sé porque es así como me siento yo ahora, recordando lo que pensaba aquella tarde, horas antes de que Elena y algunos de mis colegas se presentaran en mi casa.
Finalmente, decidí hacer “oídos sordos” a mi conciencia, como quien dice, e intentar pasar una buena noche junto a mis invitados. La mejor forma de llevar aquello adelante, cada vez lo tenía más claro, era tratar a Elena como siempre: una amiga más. Reír con ella, charlar, jugar a algún juego de mesa… lo de siempre, que tan bien se nos había dado hasta entonces. Sorprendentemente, conseguí hacerlo, y aquello funcionó a las mil maravillas. Pronto, los nervios que me llevaban torturando durante días y el cansancio de mi mente, que seguía intentando descubrir la respuesta que ella me había dado aquella noche, se hicieron a un lado. En su lugar quedaron unas cuantas partidas al “New Super Mario Bros” de Wii, algo de picoteo, un par de películas y, como no, unas cuantas botellas de alcohol que trajeron un par de colegas del curro.
Normalmente soy una persona bastante comedida en lo que se refiere a beber cuando estoy de fiesta, pero si llega el punto en el que me sobrepaso, jamás me pongo malo como he visto muchas veces a personas de mi entorno. A lo sumo, me río con todo, me siento eufórico, desinhibido… en fin, todo un espectáculo. He protagonizado un sinfín de anécdotas graciosas al respecto que, al día siguiente, mis amigos suelen contarme entre carcajadas. Supongo que si ya de por sí soy un poco alocado, si le sumas algo de alcohol a la mezcla para soltarme el pelo, más alocado todavía.
Pero aquella noche no. Estaba Elena presente, y ante todo quería disfrutar de su compañía. Además, no iba a dejar que se me soltara la lengua a causa de haber bebido en exceso y acabara diciendo algo de lo que arrepentirme al día siguiente. Lamentablemente, el alcohol actuó aquella noche por otros medios para hacerse el “alma de la fiesta”. Hacía mucho que Elena no salía de fiesta a ningún lado, según me había confesado cuando la invité a pasar la noche en mi casa. Así pues, aquella noche estaba decidida a recuperar el tiempo perdido, y cuando quise darme cuenta ya llevaba en la mano el tercer cubata. Sumemos al hecho que, como dije, no es una persona excesivamente alta ni corpulenta, y acabamos a las tres de la mañana con Elena medio amodorrada en mi sofá. Al principio la cosa parecía que no pasaría de allí, pero conforme avanzaba la noche comenzó a sentirse mal. Finalmente, acabé preocupándome por ella en serio, viéndola acudir al cuarto de baño cada dos por tres. El alcohol no le había sentado nada bien, como me decía entre muecas de dolor y constantes mareos desde el servicio a unas almohadones que había en el suelo de mi cuarto, donde se sentaba un rato a hablar conmigo, a solas, antes de que le volvieran las arcadas.
Aquello me hacía sentirme muy preocupado. Quería hacer algo, cualquier cosa por ella. Le ofrecí unas cuantas veces mi cama para que durmiera, alegando que yo podía dormir en el sofá con los demás invitados a mi casa (los cuales ya había distribuído por las demás habitaciones. En aquellos momentos, tan sólo quedábamos despiertos ella y yo). ¿Algo de café con sal, quizás, como había visto hacer varias veces a mis colegas para esos casos? No creía que fuera una buena idea, puesto que a la pobre ya le costaba de por sí controlar su estómago.
Finalmente, al cabo de una hora y pico más en aquella situación, decidió que se encontraba lo suficientemente bien como para regresar a casa a, según ella, “dormirla” (no pude evitar sonreír divertido, gesto que ella me devolvió. Aquello confirmaba el hecho de que mejoraba de su malestar). Sin más dilación, la ayudé a ponerse el abrigo y la acompañé hasta su casa. Por el camino tuvo que apoyarse en mí. Mi brazo rodeó su cintura suavemente, apretándola contra mi cuerpo mientras la guiaba ayudándola a caminar.
- Prométeme que nunca jamás me dejarás volver a beber tanto, “onii-chan”- me pidió con voz lastimera, empleado el término cariñoso en japonés de “hermano mayor” que usaba conmigo.
- Te doy mi palabra- respondí. Notarla tan cerca de mi cuerpo era una de las mejores sensaciones que había experimentado desde hacía tiempo, y ahora que ella parecía encontrarse mejor, se me iba pasando la preocupación en la que había estado sumido durante varias horas.
Al fin llegamos a su casa, tras tropezar varias veces con piedras en medio del parque. Suerte que la aferraba contra mí, atento a cualquier eventualidad, dado que más de una vez había estado a punto de verla caer al suelo. Pero no iba a permitir que aquello sucediera, naturalmente.
- ¿Quieres que te acompañe hasta tu puerta?- ofrecí mientras abría el portal- Me sabe mal que subas sola tantas escaleras, no vaya a ser que te pase algo.
- Eres todo un caballero, Fran- respondió mirándome de reojo, con una sonrisa agradecida- Tú si que sabes tratar a una dama. Pero no, no hace falta. Ya puedo yo sola, no te preocupes. Me encuentro mucho mejor.
- ¿Cómo no voy a preocuparme? A fin de cuentas, somos amigos ¿no?- me costaba en el alma decir aquella frase, desde luego.
- Sí. Muchas gracias por todo lo que has hecho por mí esta noche- dándose la vuelta, me abrazó antes de entrar en su edificio- Que duermas bien, “onii-chan”.
Contemplé cómo subía los escalones aferrándose al pasamanos. Después de todo, parecía que lo iba a conseguir. Mucho me temía que aquella noche le pasaría factura al día siguiente, pero como no tenía que trabajar, bien podía pasarla en casa recuperándose de la consabida resaca.
Regresé a mi casa mientras el cansancio caía sobre mis hombros. Solo entonces, sabiéndola a salvo en su casa y habiendo pasado lo peor, la tensión acumulada se hacía notar. Era curioso, puesto que siempre supuse que el que acabaría bebiendo de más ante la cercanía de Elena, estando aquél tema tan reciente, habría sido yo. Pero me alegraba de no haberlo hecho, porque así podía haber cuidado de ella durante toda la noche. Y aquello, para mí, justificaba con creces cada renqueante paso de agotamiento que daba entre bostezos hacia mi casa.
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22-Jun-2012
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Guest
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cuando terminas la historia...ya quiero saber lo que pasa
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25-Jun-2012
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Usuario Intermedio
Registrado el: 03-February-2012
Ubicación: Madrid
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Buenos y calurosos días, lectores/as. Llega el verano pegando fuerte y, un año más, hemos podido disfrutar de la mágica noche de San Juan. Dicen que durante esa noche especial flota un poder ancestral en el ambiente, y se pueden realizar multitud de rituales para asegurarnos un buen año en el amor. Como tengo la cabeza en las nubes, no fue hasta pasada la medianoche que caí en la cuenta de ello (o sea, que supuestamente, la magia ha de hacerse en vistas a las doce de la noche). Así que tendré que confiar en mi propia suerte un año más, jajaja. Eso sí, la noche fue productiva, creativamente hablando. Así que aquí os traigo una nueva entrega de mi relato que, espero, disfrutéis.
Entrada 17 Protegiendo del miedo
Siempre me han gustado las películas, digamos, casposas (por definirlas de algún modo) Soy amante del buen cine, no me entendáis mal, y mas si son películas de género fantástico, ciencia ficción o terror. Pero el mundo de las películas de serie Z me resulta fascinante. Hay veces en las que, junto a un grupo de amigos y creadores de una de las más famosas webs de cine de este estilo, he asistido a todo tipo de eventos donde nos han proyectado semejantes aberraciones cinematográficas. No es de extrañar, pues, que en cuanto me enteré de que se iba a proyectar la película “Lobos de Arga” en el cine de Callao, comenzara a mover hilos para ver quien se apuntaba a asistir a aquello. Se trataba de un pre-estreno de lo más adelantado (pues ahora, en pleno Junio, todavía ni se ha estrenado en cines). Y, como plan diferente que era a los habituales, se lo comenté a Elena por si se quería venir.
Para mi sorpresa, ella aceptó encantada. A pesar de que yo le dije que, por el argumento, pretendía ser una buena magra de película, ella accedió de mil amores. Resultó que a ella también le gustaba aquél género de películas, y más si, como era el caso, íbamos en grupo (puesto que todos saben que, cuantos más sean, mejores carcajadas te echas). “Mandanga de la fina” fueron sus palabras tras explicarle de lo que iba el argumento. Aquello me tocó dentro, porque eran exactamente las mismas palabras que usaba yo para definir a aquél género. Decididamente, cuanto más descubría cómo era, más cosas teníamos en común, y aquello me encantaba.
Hay veces en la vida, pocas, pero las hay, en las que al encontrarte a una persona e irla conociendo te das cuenta de coincides bastante con ella. Es en ese entonces cuando te preguntas si, en verdad, hay un destino moviendo los piezas detrás de nuestra existencia. Parece todo tan fantástico, tan bien amoldado, que no quieres creer que se trate del fruto de la mera casualidad. Lógicamente, hay varias cosas que no tienes para nada en común con esa persona, pero enfrentadas al otro bando son tan nimias que te resultan indiferentes. Es más, llegas a agradecerlo bajo esa premisa de “los polos opuestos se atraen”, porque cuando quieres estar con una persona, cada particularidad de su forma de ser te llama la atención, te resulta en cierto modo atractiva, hasta tal punto que necesitas seguir conociéndola, que te vaya mostrando más aspectos de su vida que hasta entonces no sabías que existían.
Eso me pasaba a mí con ella. Que a pesar de los años transcurridos y de los meses que llevábamos compartiendo todo tipo de palabras y vivencias, seguía descubriéndola poco a poco. Era sencillamente delicioso.
Así pues, llegó el domingo y nos juntamos con varios compañeros de trabajo para asistir a la película. Se trataba de la proyección que cerraba un festival de sci-fi de todo el fin de semana (al que, lamentablemente, no había podido acudir tanto como me habría gustado). Pero aquella película era la que más me había llamado la atención de todas, y tenía unas ganas locas de verla. Aunque unas ganas menores que las que tenía de verla junto a Elena. Pensándolo en aquél momento, mientras aguardábamos la cola para entrar, me di cuenta de que era la primera vez desde hacía muchos años que íbamos juntos al cine. Mi mente comenzó a divagar sobre luces apagadas, la chica que se asusta y aferra la mano del chico, rocecillos de manos a la hora de coger palomitas… Escenas románticas que todos hemos visto en series y películas, como no. Contemplé una vez más el cartel publicitario tras las marquesinas de cristal. En él se veía a los protagonistas a bordo de un coche con un licántropo subido al capó. Esperaba que, aparte del puntito casposillo de la película (una película de hombres-lobo “made in Spain” con toques de humor. Sencillamente brutal) tuviera alguna que otra escena de susto para ver si mis deseos se hacían realidad. La pregunta era ¿Elena, con su carácter de mujer hecha y derecha, se asustaría con facilidad? Lo iba a descubrir muy pronto.
El primer problema vino cuando me di cuenta de que no había palomitas para comprar. El mostrador de los aperitivos permanecía cerrado al público, sus luces apagadas como mi ilusión. Había pensado que eso de compartir palomitas era la excusa perfecta para rozar de vez en cuando la mano de Elena en la oscuridad. Menos mal que siempre he sido una persona optimista, y no dejé que aquello me arredrara más de lo necesario. Buscamos nuestros asientos y nos acomodamos, casi toda una fila para el grupo que íbamos, junto a varios chicos con más pinta de friki que cualquiera de nosotros. No me costó apenas esfuerzo sentarme junto a Elena, a su derecha. No sé si alguna vez habréis estado en un cine del centro de Madrid. Cómodos, lo que se dice cómodos, no lo son demasiado. En una época en la que, lo que se lleva, son los multicines, los del centro se quedan algo anticuados. En lugar de los consabidos escalones que te permiten quedar a buena altura de la fila de delante, las butacas estaban distribuidas por una rampa que descendía hacia la pantalla. Aquello era un problema, dado que si delante de Elena se sentaba alguien alto, tendría dificultades para ver. Afortunadamente, la chica que se sentó en la fila de delante era de la misma estatura.
La segunda molestia son los asientos, demasiado estrechos e incómodos para mi gusto, pero nada a lo que no puedas acostumbrarte. Al menos los brazos de las butacas quedaban a una altura baja, por lo que si ella se llevaba algún sustillo, siempre podría buscar mi mano para apretarla. Sí, ya sé que eso suena algo desesperado, soy plenamente consciente de ello. Pero cuando estás enamorado de una persona, cualquier gesto, por pequeño que sea, supone un mundo. Sabía que las posibilidades eran pocas, ella siempre ha sido una chica valiente y autosuficiente, como he recalcado en este escrito. Era más probable que el que saltara en su asiento fuera yo a aquél paso. Pero como lo último que se pierde es la esperanza, me arrellané en mi asiento esperando a que los hados del destino me fueran propicios durante aquellas casi dos horas de filme.
Tras el discurso del director y los actores principales de la película, los cuales agradecían que, palabras textuales, “una panda de frikis como nosotros hiciéramos el esfuerzo de estar allí un domingo a las casi doce de la noche para ver su película”, se apagaron las luces entre aplausos y vítores. Pude reconocer algún que otro comentario de las últimas filas del cine por parte de algunos colegas que no sabía que también estuvieran allí. En tanto y cuanto llevo muchos años en el mundillo friki y que soy una persona bastante sociable, suelo conocer a muchas personas aunque sea por medio de eventos como aquél.
La película transcurría en un pequeño pueblo de Galicia sobre el que pesaba una maldición de licantropía. Al cabo de una media hora de risas, comenzó a salir la bestia, acechando en la oscuridad para montar una orgía de sangre y aullidos. En una de las primeras escenas en las que se las veía con un aldeano en su casa, Elena metió un chillidito y se aferró a mi brazo. Los cielos se abrieron ante mí. Mientras en la pantalla el licántropo descuartizaba a aquél hombre, el cuerpecillo de Elena tan cerca del mío mientras se aferraba a mi brazo con las manos crispadas me hacía estar en la gloria.
- Onii-chan, ¿se ha pasado ya?- me preguntó con una voz adorabilísima, con los ojos cerrados.
- Sí, ya se ha pasado- respondí con una sonrisa bailándome en los labios.
Elena abrió los ojos justo a tiempo para ver como el lobo caminaba hacia la aterrada mujer del aldeano, todavía manchado de la sangre del marido. Un nuevo chillido y sus manos se volvieron a apretar en mi antebrazo, mientras me decía lo malvado que era por haberla engañado.
Sí, reconozco que había sido un poquito cabrón al decirle que ya podía abrir los ojos. Pero sumada a la picardía de gastarle aquella pequeña broma estaba el hecho de que sabía que se volvería a aferrar a mí, y era un placer indescriptible. Además del contacto físico, el hecho de que la persona de la que estás enamorado confíe en ti de esa manera, como para abrazarse cuando pasa algún susto, es algo que no se puede describir con palabras. Yo siempre me he considerado todo un paladín, un caballero consagrado a proteger a los demás y evitar que sufran. Así que, que Elena, de natural tan firme e independiente, tan dura e inamovible, se aferrara a mí buscando protección de los sustos que le causaba la película, hacía que el corazón se me hinchara de orgullo. Vamos, que si en aquellos momentos el licántropo hubiera saltado de la pantalla hacia fuera, rugiendo, me lo habría cargado con las manos desnudas si hubiera hecho falta con tal de protegerla.
Pasaron las dos horas de la película, en las cuales hubo varios momentos más de tensión, sustos, adrenalina, explosiones y, como no puede faltar en una película así, risas, por supuesto. Salimos de la sala y, de camino a las puertas, nos encontramos al director y al actor protagonista, así que me paré un momento para felicitarles por la película. Mis agradecimientos eran sinceros, desde luego, porque por un lado soy de los que opinan que hace falta más cine de ese tipo en España, y dejarnos de tanto Almodóvar y demás. Por otro lado, me encantaba la oportunidad de “proteger” a Elena que me había brindado aquella película de terror.
Nos despedimos de mis compañeros y amigos, yendo a coger el autobús nocturno que nos llevara de vuelta al barrio. Eran más de las dos de la mañana cuando llegamos a la parada. Las tripas me rugían de lo lindo, dado que entre haber quedado con Elena y demás, no había podido cenar. Aquellas palomitas que habrían supuesto mi condumio nocturno me habían fallado a base de bien. Pero estaba feliz, realmente feliz. Había ido al cine con ella y se había aferrado a mí como había visto hacer en tantas series y películas. Aquello era, sin duda alguna, impagable. Con gusto hubiera visto de nuevo el filme con tal de sentir sus manos aferrando mi brazo y escuchar aquella voz tan adorable, como si de una niña pequeña se tratase, otra vez. El resto del viaje conversamos de todo un poco, como siempre. Las luces de Madrid iluminaron el Manzanares mientras pasábamos sobre él, cruzándolo, de camino a casa. Realmente era un paraje muy bello, como hice caer en la cuenta a Elena al cruzarlo. Desde que lo habían remodelado, había quedado precioso, siendo un lugar ideal para un paseo romántico a la luz de la luna. Si el destino quería, a lo mejor en unos meses me hallaba caminando por allí de la mano de aquella chica que, en aquél momento, sonreía sentada a mi lado.
Y hasta aqui llega la cosa por hoy. Os dejo con el tráiler de la película que fuimos a ver aquella noche, para que veáis a qué me refiero. Recomiendo encarecidamente que, si os gusta ese género con humor a la española y un puntito casposo que nunca viene mal, vayáis a verla cuando tengáis la ocasión. No creo que "Lobos de Arga" os deje indiferentes. ¡Hasta la próxima!
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