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Antiguo 12-Nov-2014  
Usuario Experto
Avatar de Danteojos
 
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A lo largo de mi vida profesional he tenido que asistir a un buen número de levantamientos de cadáver derivados de suicidios. Afortunadamente, desde hace algunos años, salvo que existan indicios de violencia externa, ya no es necesario que vaya la comisión judicial en este tipo de casos, bastando con que lo haga el médico forense. La verdad es que resulta muy triste ver cómo hay gente que se quita la vida por su propia mano, y entonces uno no puede evitar preguntarse a qué extremos de desolación se debe llegar para adoptar semejante decisión drástica, para la que ya no existe marcha atrás. Recuerdo casos especialmente impactantes, como el de aquella chica de dieciocho años que llamó minutos antes a sus padres para decirles lo mucho que les quería, pero que se iba a tirar al metro; o el de un abuelo que dejó una emotiva carta de despedida donde en resumidas cuentas venía a decir que prefería la soledad de la muerte a la de la vida.

Resulta en todo caso curiosa esa convicción que pasa por la mente del suicida y que le lleva a optar por su propia destrucción, a veces incluso de manera repetitiva y obstinada. Ahí está por ejemplo el caso del poeta Ángel Ganivet, que con poco más de treinta años se arrojó desde un barco a un río helado para morir en sus aguas, consiguieron no obstante sacarle y salvar su vida, pero al primer descuido de sus salvadores volvió a arrojarse para, esta vez sí, morir definitivamente. También llama la atención el caso de la poetisa argentina Alejandra Pizzarnik, quien tenía tan clara su esencia suicida que llegó a anotar en su diario: “no olvidar suicidarme”, y no lo olvidó: con apenas 36 años se quitó la vida ingiriendo una letal dosis de barbitúricos.

El caso es que, si las estadísticas no mienten, en España se quitan la vida ocho personas cada día, lo cual convierte al suicidio en la forma de muerte más frecuente, por encima incluso de los accidentes de tráfico.

Y también dicen esas mismas estadísticas que es el amor, o más concretamente el desamor, el detonante principal en la mayor parte de dichos suicidios. El amor, ese sentimiento tan sublime, tan majestuoso, tan excelso, tan imponderable…, convertido por arte de la desesperación en la negra puerta de acceso a los vastos jardines donde impera el último de los silencios, transformado de este modo en algo monstruoso, a la manera de un afable doctor Jekyll metamorfoseado en el cruel y sanguinario mister Hyde.

Es aterrador en cualquier caso cómo el alma de estas personas, cegada por la desesperanza, se deja finalmente llevar por ese impulso arrollador al que le lleva haber llegado a la terrible y desoladora conclusión de que vivir ya no sirve para nada.

Curiosamente, en la película “Qué bello es vivir” aparece un ángel que salva al suicida James Stewart, pero la mayoría de las veces los ángeles están de vacaciones.

Sed felices.
 
 


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