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A estas altura de la vida, que una persona, cinco, o quinientas (que lo mismo da) confunda mi amabilidad (o la de pepito, o la de fulanita) con ganas de tracatrá, me la trae al pairo.
Lo perfecto es que uno no cambie su forma de ser si cree hacerlo bien, de forma honesta. Es preferible que cada uno descubra sus cartas, porque dejar de hablar a alguien que es amable es, objetivamente, un despropósito. Por muchos aprovechados que lo utilicen para hacer estrategia.
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