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¿Cuántos de vosotros habéis sabido aceptar que sois o habéis sido alguna vez víctima de vosotros mismos?
Lo que más nos gusta de nuestros peores momentos, es poder quejarnos, que aún nos quede esa opción, echar la culpa a otro/s y sentirnos víctimas del mundo. Es muy relajante decir "tú me hiciste esto", "tú me lastimaste", "tú me arruinaste la vida", "tú me engañaste", "tú me defraudaste"…
Alivia tener a quien culpar. Echarle la culpa a los demás es gratificante en aquellos momentos de desesperación. Cuando nos enfrentamos a conflictos (en las relaciones, por ejemplo), a nadie le gusta asumir la culpa, y por eso recurrimos a echársela a los demás. Incluso nos quedará argumentar nuestro papel de pobrecitos, mendigar suerte al mundo y sufrir por haber caído en una trampa. Pero, ¿qué ganamos con eso? ¿Para qué queremos ser mártires? ¿Acaso esa es nuestra misión en el mundo? Por supuesto que no.
Todas y cada una de las veces que creemos que los demás son los "culpables" de lo que ocurre en nuestra vida, estamos arrojándonos a la piscina de la autocompasión. Y de cabeza. Donde casi seguro que no haremos pié. Estamos diciendo que nuestra vida es un escenario en el que no queremos estar. Culpar a terceros de tus problemas no harán que estos se solucionen.
Tú eres el responsable de tu bienestar del mismo modo que lo eres de tu malestar. Tú tienes esa autoridad en tu vida, nadie más. La bueno de todo esto, es que si descubrimos por qué actuamos de tal forma, pronto dejaremos de arrojar la mierda a los demás, podremos sacudirnos los pensamientos que nos atan. Y ese es el camino a muchos lugares bonitos, donde no hacer de los demás, un vertedero de nuestra propia basura.
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