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Es inevitable tener problemas. Y, como dice el refrán popular, “a perro flaco todo se le vuelven pulgas…” Es decir: que los problemas no vienen solos…
Sin embargo, es buena muestra de sabiduría reconocer que una parte de los problemas que nos planteamos dependen de nuestra propia percepción y enfoque. Una vez que cambiamos el ángulo desde el que la contemplamos, la realidad se transforma ante nuestros ojos…
Pero, sobre todo, una clave de sabiduría es fragmentar los problemas y conflictos: acometerlos de uno en uno. Sin aplazar su solución (procrastinación) ni confundir lo importante con lo urgente…
Los problemas están ahí para que los resolvamos. Para que nos acrisolemos y crezcamos con ellos. Y siempre hay un modo de resolverlos.
Si no lo hacemos nosotros desde nuestro proyecto y nuestra voluntad, el curso ciego de los acontecimientos acabará por resolverlos.
Plantearse los menos problemas posibles es la única manera de resolverlos.
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