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Hay pescaderos a quienes tienta el deseo de alguna que otra vez convertirse también en pescadores. Son expertos en su oficio y saben posiblemente pregonar a la perfección las bondades de su mercancía; pero les gustaría en un momento dado poder sustituir el cuchillo de cortar por el anzuelo o la red. Es humano. Algunos, avivados por ese afán, se lanzan al mar, ilusionados y dispuestos a convertir su utopía en realidad. No tardan en darse cuenta, sin embargo, que una cosa es saber cortar el pescado y otra muy distinta capturarlo, de manera que, inútiles en la porfía, cada intento suyo se topa una y otra vez con el fracaso más estrepitoso. Terminan ellos mismos engullendo el señuelo, confundiendo el arriba y el abajo, perdidos en un infinito que los devora con sevicia, sin brújula alguna capaz de devolverles el perdido norte. Fácil es verlos entonces cantándole a la luna en medio de la noche inmensa, bailando desnudos sobre las olas, hablando con las medusas, con las sardinas e incluso con las sirenas...; pero no les verás pescar, sencillamente porque no saben hacerlo. Ningún pez logran extraer de las azules aguas. Se enamoran del mar, pero el mar les niega su tesoro. De depredadores pasan entonces a presas, a víctimas de una locura que les hace mesarse los cabellos con rabia y consternación. Furiosos, lloran, gritan, sudan, aúllan su lamento hacia esa misma luna que allá arriba se ríe de su pueril vanidad. Incapaces de encarar una realidad amarga que hace trizas su quimera, intentan en su desesperación agarrarse a cualquier cosa que mantenga su esperanza, aunque no sean más que huecas construcciones de mampostería barata, pues en el fondo saben que ya jamás podrán volver a la tranquilidad de su puesto en el mercado, no podrían luego de haber atisbado la inmensidad de lo eterno volver a la pequeñez de un mundo pequeño, yermo, estéril, absurdo y hediondo.
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