Muchas gracias, rey de los dioses

Cierto que cada persona debe vivir bajo su propia piel y guiado por su propio destino, pues todo intento de cambio en ese sentido acostumbra a conducir al fracaso, la desesperación y el desencanto.
También tú, reina de Camelot, tienes razón en lo que comentas, pues no en vano a menudo las circunstancias de la vida provocan cambios de roles ciertamente curiosos, donde el cazador pasa a ser presa y viceversa.
De todas formas, aunque la metáfora se puede extender a cualquier ámbito, iba más bien enfocada hacia el propiamente artístico, a esa inmensidad llena de belleza que vendría a ser el arte en todas y cada una de sus manifestaciones, una belleza arrebatadora de la que todos, con un mínimo de sensibilidad, pueden gozar, pero que, sin embargo, sólo unos pocos elegidos son llamados a su núcleo interno, a aquel donde se crea y expande, lo cual constituye a la vez su hechizo y su tragedia, porque seduce y llama con su canto, atrayendo como el imán al hierro, pero no todos los atraídos pueden alcanzar ese núcleo donde se revelan sus secretos, donde la belleza está en estado maleable y puede ser moldeada como arcilla, no todos en definitiva pueden ser pescadores, y entonces viene la frustración y el desencanto para los que lo intentaron en vano, para aquellos que estiraron los brazos anhelantes de aprehender el secreto último de la creación y entre sus dedos toda esencia se diluyó como humo, carentes de esa chispa genial que marca de forma indeleble al verdadero pescador, esa chispa llamada talento. De ahí que el pescadero cante a la noche y sienta que ésta le sonríe, pero que no le besa, y entonces vienen las lágrimas por el rechazo, por encontrarse con las puertas del Olimpo cerradas, por no poder en definitiva crear (pescar) y tener que limitarse a gozar con lo que otros crearon, pese a amar como nadie la creación en sí misma.
En la película Amadeus, el personaje de Salieri expresa en sí mismo todo esto a la perfección.