(Nuevos Primero)
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| 08-Oct-2022 19:31 |
| Danteojos |
Respuesta: Posponer para más tarde
Me gusta mucho tu prosa, Elisabeta. Es fluida y el uso acertado que haces de algunas figuras, como las metáforas y las comparaciones, le otorga un matiz retórico que personalmente me gusta mucho. Reflejas además muy bien ese gélido invierno que se apodera de quienes, como la protagonista de tu relato, se ven devoradas por la depresión  
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| 08-Oct-2022 19:17 |
| Elizabetta |
Respuesta: Posponer para más tarde
Este relato es parte de un conjunto que se llama: Pedazos de una vida.
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| 08-Oct-2022 19:13 |
| Elizabetta |
Respuesta: Posponer para más tarde
Su memoria no alcanzaba a recordar otro verano tan yermo, tan hostil…
Miraba sus brazos, sus piernas, macilentas, con capilares violáceos recorriéndolas, quizás la única señal de que seguía viva…
Habitaba un cuerpo que apenas se asemejaba al de otros veranos, su piel no tenía ni un asomo de bronceado, ni en su mente había ni un reflejo de mar, ni de rio, ni de nada que contuviera la suficiente agua como para sumergirse y caminar un rato, olvidando así, aunque fuera por unos minutos, el largo invierno y, ya de paso, aquella primavera que no había sido tampoco corriente, ya que el frío y la lluvia se habían adueñado de casi todo su tiempo.
Junio pasó sin apenas darse cuenta, como un tránsito sin apenas acontecimientos, como una parada después de recorrer un pequeño infierno, supuso un alivio…
Luego se dio cuenta de que había sido la calma que precede a la tempestad, ese tiempo que se nos otorga para tomar aliento, para hacer acopio de todo lo que necesitaremos cuando los tejados vuelen sobre nosotros y las ranas caigan del cielo en forma de bolas de granizo.
De repente, un día ya no fue verano, un frío extraño se apoderó de ella y aunque sudaba no era capaz de tener calor ni de sentir otra cosa que no fueran unas tenazas en la boca del estómago y un calambre que la recorría de pies a cabeza.
La fuerza del instinto la hacía correr, sin saber bien adonde, ese instinto que te lleva a succionar cuando naces, a mover las piernas, a llorar…
Hubo momentos en los que era solo el instinto lo que la hacía levantarse y dibujar su sonrisa con un lápiz de labios permanente, o al menos, eso ponía en el envase.
Comer era un trámite, igual que ducharse, o ir a por pan, alguna vez se dio cuenta de que no conocía la calle por la que circulaba y tuvo que detenerse para pensar hacía donde se dirigía.
¿Cómo estás? Oía que le preguntaban y ella hubiera querido evaporarse como la niebla, que a veces parece tangible y al instante ya no se ve, o no se siente; solo que a la niebla nadie le pregunta nada.
Su sonrisa había desaparecido, no tenía ni idea de donde estaba, sabía que había subido con ella las escaleras que separaban la primera planta de su casa de la segunda, la vio reflejada en el espejo del baño pequeño, mientras se preparaba para salir de viaje, pero un momento después sonó el móvil y su sonrisa se fue, y aún no la había encontrado.
Casi al mismo tiempo que perdió la sonrisa perdió su mirada, aquella mirada chispeante se volvió turbia como la de los peces muertos que había en la pescadería, no tenía brillo, ni expresión, y si no se hubiera empeñado en la inercia de dibujarla cada mañana, podría decirse que su boca era un mero orifico de entrada de alimentos, ya que las ganas de hablar, también las había perdido.
Los blancos ya no tenían la blancura de antes, ni la músico sonaba igual, ni el agua la mojaba de la misma forma cuando salía del grifo, en cada cosa tenía que esforzarse porque todo había cambiado, o quizás era ella la que no era la misma.
Poco a poco, sin prisa, tenía que aprender a vivir dentro de otra piel y a sentir con otro corazón, y eso no iba a resultar fácil, ya que desconocía cosas que creía conocer.
Su rostro, aprendió a mirarlo sin verlo, a maquilarlo sin apenas prestarle atención, mecánicamente, su mano seguía el camino tantas veces repetido, y al final, veía un reflejo difuso de lo que era antes, de la mujer que fue y ya no existía.
Los recuerdos…iban y venían como ráfagas, ahora era una niña y caminaba de la mano de su padre o jugaba a las cuatro esquinas, momentos después era una adolescente que caminaba entre los árboles del parque y aprendía a ser mujer fijándose en otras, porque la niñez que no pudo tener seguía agazapada como decía una canción: “En un rincón del alma”.
Eso era, en un rincón del alma se buscaba, porque en algún rincón seguro que seguía estando ella, la de antes…
El sonido de las persianas chocando contra la ventana le hizo volver a la realidad por unos instantes, abrió la hoja de la ventana, contó los cuarterones en los que se dividía, como si no los hubiera visto durante un número considerable de horas cada uno de los días de los últimos quince años, como si fueran nuevas o distintas. El aire chocó contra su rostro y unas gotas de lluvia le golpearon, sentir el agua cayendo por su cara le hizo sentir viva y apretó con fuerza sus parpados para no ver, para sentir más y más aquella sensación que la devolvía a un tiempo que añoraba.
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| 08-Oct-2022 18:39 |
| Danteojos |
Respuesta: Posponer para más tarde
Cita:
Iniciado por Elizabetta
Sobre qué temática?
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Soy bastante versátil, de modo que toco bastantes géneros, aunque el que más me gusta es el de la literatura fantástica, tipo Borges o Cortázar.
Este sería un ejemplo muy cortito de los relatos que me gusta escribir:
LA ISLA
Abandonar la isla se había convertido en mi mayor obsesión, si bien, por más que buscaba desesperadamente el modo de lograrlo, ya fuese por mar, ya por aire, se me hacía una tarea imposible a todas luces. El aeropuerto había dejado de estar operativo, convertido en un páramo cubierto de polvo y ceniza que el viento sacudía en forma de remolinos, y los aviones, descabalados todos ellos, yacían en los hangares como gigantescos fósiles de metal, sin vida, cubiertos sus esqueletos exánimes por esa misma capa de escoria que envolvía toda la isla. Los puertos también habían quedado arrasados, destrozadas las dársenas y hundidos la mayoría de los barcos bajo un océano cuyas aguas se habían vuelto negras, hueras de vida, aguas que en el horizonte se unían a un cielo gris oscuro sobre el que ya ni siquiera se oía el chillar de las gaviotas. Todo era desolación, la luz natural apenas si podía traspasar la densa barrera cenicienta que, en suspensión, flotaba a lo largo y ancho de toda la isla, confinándola a modo de prisión. El sol estaba oculto más allá de ese muro opaco y el viento no dejaba de soplar en todas las direcciones, con tanta fuerza que doblaba las palmeras y arrastraba la arena de la playa, hincándose esta sobre los rostros como si fuesen proyectiles. Difícil tarea la de anclarse al suelo con semejantes vendavales. Yo avanzaba como si, en lugar de la tierra firme, pisase el aire, alzado en vilo por la fuerza de ese viento hostil que todo lo removía, con los faldones del abrigo izándose como si fuesen las velas de un buque fantasma. Avanzar, eso era lo único que hacía a lo largo de todo el día, moverme de un lado para otro medio a ciegas, moverme sin otro afán que el de no enloquecer dentro de esa ineludible cárcel en la que estaba atrapado. Pero ¿avanzar hacia donde? No había lugar donde ir, todo estaba devastado y yermo. Ni tampoco existía nadie a quien poder recurrir, los pocos supervivientes se arrastraban como yo, espectros silenciosos moviéndose sin rumbo, perdidos, sin reconocerse los unos a los otros, verdaderos zombis que se desplazaban sin objetivo ni esperanza.
Desde que sucediera el cataclismo, el tiempo daba la impresión de haber quedado detenido, no existía ya el día ni la noche, las diferencias entre unas horas y otras apenas se basaban en matices insignificantes, a veces ni eso; todo parecía reducirse a una única imagen grotesca que se repetía de Norte a Sur y de Este a Oeste, un lienzo pintado de gris, de ese gris ríspido y cruel que desde el cielo contaminado proyectaban la ceniza y el polvo. Ese opresivo lienzo parecía tener vida propia y, a modo de sanguijuela, se introducía por debajo de la piel para succionar la sangre, infectarla y conducirse a través de arterias y venas hasta la superficie del cerebro, atravesarla y con el taciturno gris que portaba obliterar todos sus registros, en especial la memoria, que con laxo abandono se diluía en los vapores del olvido, como si de repente una profunda amnesia impidiera recordar cualquier apunte previo a la devastación. Devastación, esa era la palabra; devastación de cuerpos, mentes y almas. Yo ya ni siquiera recordaba cómo había empezado todo. Más aún, ni siquiera sabía quién era yo. Todo era caos dentro de mi cabeza, caos y oscuridad, una absoluta y desoladora tiniebla que sólo en contadas ocasiones era iluminada por efímeros destellos, fugaces parpadeos que acaecían en algún lugar del córtex cerebral, como estrellas de un firmamento remoto, para casi al instante difuminarse de nuevo en el negro abismo de la nesciencia. Una gran explosión, una luz cegadora, pérdida total del conocimiento y... se acabó, luego nada, el vacío, la niebla, la ceniza.
En silencio, ya dejándome llevar por el empuje del viento, ya lidiando contra él, me internaba al azar por las calles desiertas, esas mismas calles que otrora debieron componer bulliciosos barrios y ciudades saturadas. Ahora no eran más que espacios vacíos sobre los que se esparcían ruinas de hormigón, una vasta extensión de formas retorcidas, destazados gigantes grises aplastados por un cielo todavía más gris, toneladas de escombros sangrantes, sangre gris sobre la que repicaba el sonido de mis zapatos, grises asimismo, cubiertos de ceniza, tan grises como mi camisa y el abrigo que me envolvían, tan grises como mis pasos, tan grises como, en suma, mi propia vida, si es que a este continuo deambular en solitario, sin rumbo ni ilusión de ninguna clase, podía llamársele vida.
Abandoné la ciudad y enfilé por una carretera que conducía hasta el mar. Entre la niebla turbia flotaban gotas ácidas que se hincaban en la piel como lancetas. Ignoro la razón por la que de forma invariable terminaba siempre por tomar dicho camino; era algo instintivo, ajeno a mi voluntad, como si mis piernas fuesen orientadas por un extraño magnetismo que de algún modo articulase sus movimientos. El caso era que allí estaba yo otra vez, deslizándome a lo largo de aquella arteria cuarteada, henchida de grietas y hendiduras, algunas tan profundas que parecían abismos, asfalto calcinado por el que debieron rugir antaño fieros motores, pero que ahora se mostraba tan desértico y vacío como todo lo demás. Ningún vehículo circulaba ya por la isla, la explosión los había debido inutilizar a todos, aparte de que tampoco las carreteras, ni esa ni ninguna otra, estaban en condiciones para un tránsito de tal género. Por lo que a mí concernía, ni siquiera recordaba cómo se manejaba un volante. La amnesia era total. No recordaba nada de cómo había sido mi vida antes de la explosión, nada en absoluto. ¿Realmente había tenido una vida antes? Tampoco los demás supervivientes parecían recordar nada, como así se deducía de sus caras inexpresivas, de la rigidez de sus facciones, de sus miradas vacuas, de la falta de color de su rostro. Nadie, por lo demás, hablaba. ¿De qué se iba a hablar si nadie sabía nada? Sólo se oía el constante soplar del viento en forma de largos y tristes gemidos, como aullidos de lobo, y los rugidos del enfurecido mar negro. Los seres humanos ya no éramos sino espectros que caminaban y caminaban por puro automatismo, sin rumbo.
Justo al doblar una curva encontré a una mujer y dos niñas agachadas frente a lo que parecía ser una pequeña cruz de madera. Me llamó la atención el hecho de que, en medio de la niebla que lo percudía todo, irradiase alrededor de ellas una especie de luz coruscante, como un aura que las envolviera e hiciese resplandecer. Se trataba de un fenómeno ciertamente anómalo. Sus caras me resultaban familiares, pero por más que me esforzase en recordar, no lograba identificarlas, los pensamientos se esfumaban apenas materializados y los recuerdos volaban con ellos. Me acerqué para observarlas más de cerca. Sí, yo conocía esos rostros, aunque no sabía de qué. Me hubiese gustado hablarles, indagar por medio de la palabra acerca de su identidad, pero no quería asustarlas ni perturbar con mi presencia aquello que estuvieran haciendo, fuese lo que fuese. De todas formas, aunque lo hubiese intentado, seguramente no habría podido hacerlo, ya que mi capacidad de comunicación había quedado asimismo mermada a raíz de la explosión y el subsiguiente cataclismo. Tampoco, por lo demás, daban ellas muestra alguna de reconocerme a mí; de hecho, ni siquiera parecían haberse percatado de mi aparición. Sus rostros se mostraban ausentes, como en otro mundo, y reflejaban una profunda tristeza; incluso creí discernir el empuje de unas lágrimas que pugnaban por brotar de los ojos de la mujer, ojos vidriosos en cualquier caso, apenados, sin chispa. Comprobé también cómo entre las tres disponían un circular ramo de flores en torno a la cruz de madera. Ese gesto me llamó la atención, por lo que, venciendo mi recato, me aproximé un par de pasos más. Aun de manera borrosa, pude percibir que en el centro de la cruz, donde formaban intersección las dos traviesas, había algo escrito, si bien, pese a la luz que envolvía la estampa, yo era incapaz de leer lo que allí ponía. Un nombre y unas fechas, eso era lo único que acertaba a columbrar, pero tan borrosos a mi vista que no podía distinguir las grafías. Un nombre. Unas fechas. Una cruz. Flores. ¿Qué significaba todo aquello? ¿Por qué precisamente en ese lugar, en esa curva de aquella carretera erosionada? Además, ¿por qué me resultaban tan familiares los rostros de aquellas tres mujeres, en principio unas desconocidas? Y, lo más extraño de todo, ¿por qué sentía en mi pecho un incontenible brote de afecto hacia ellas?... Durante un brevísimo lapso de tiempo la mujer levantó su mirada y se encontró con la mía. Noté cómo mi espina dorsal era recorrida de arriba abajo por un fuerte estremecimiento. Sin embargo, ella ni siquiera me miró, como si yo fuese transparente o, más aún, como si no existiera. En sus ojos, ahora sí que lo pude constatar a ciencia cierta, había lágrimas, muchas lágrimas.
Me alejé por la carretera en dirección al mar. Las ráfagas de viento, secas y heladas, arrastraban densos remolinos de polvo. Yo quería abandonar la maldita isla, escapar de aquel gris opresivo que se introducía en la sangre y lo infectaba todo; pero sabía que era imposible.
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| 08-Oct-2022 18:30 |
| Elizabetta |
Respuesta: Posponer para más tarde
Cita:
Iniciado por Danteojos
Ah, qué interesante. Si necesitas algún tipo de asesoramiento sobre el particular, dímelo. Yo soy escritor aficionado y, pese a que nunca he publicado (pese a que me lo han propuesto e insistido algunas veces), tengo muchísimos relatos escritos, cientos diría yo 
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Sobre qué temática?
Los míos son distintos momentos de una vida, a veces de un hombre, otras veces de una mujer, parecen no tener relación unos con otros, y sin embargo yo se la encuentro.
Unos están escritos en tono de comedia, otros son muy dramáticos...hay de todo.
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| 08-Oct-2022 18:12 |
| Danteojos |
Respuesta: Posponer para más tarde
Cita:
Iniciado por Elizabetta
Yo he ido postergando escribir un libro de relatos, tengo ya bastante escrito, pero falta darle forma y completarlo.
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Ah, qué interesante. Si necesitas algún tipo de asesoramiento sobre el particular, dímelo. Yo soy escritor aficionado y, pese a que nunca he publicado (pese a que me lo han propuesto e insistido algunas veces), tengo muchísimos relatos escritos, cientos diría yo
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| 08-Oct-2022 18:07 |
| Elizabetta |
Respuesta: Posponer para más tarde
Yo he ido postergando escribir un libro de relatos, tengo ya bastante escrito, pero falta darle forma y completarlo.
También me pasa lo mismo con el dibujo y la pintura, pero pronto empezaré un curso para depurar mi estilo, y al mismo tiempo conocer otras formas de expresión artística distintas a la mía.
Me voy a meter en un grupo de teatro amateur, otra de las muchas cosas que fui dejando para otro momento.
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| 08-Oct-2022 12:14 |
| Ratoncitopáez |
Respuesta: Posponer para más tarde
La verdad es que nos enfrentamos a la disyuntiva de que debes hacer las cosas por si acaso, pero tampoco podemos vivir como si ya no fuera a haber un mañana.
La última enseñanza que me dejó mi madre es que por la noche estaba viva y hablando de cosas del "futuro" con casi 87 años y a la mañana siguiente me la encontré muerta en la cama, es decir hay que hacer planes pero los justo, guardar dinero, pero por si hay un imprevisto etc..
Ese término medio es difícil de obtener, porque depende del carácter de cada persona, hay quien se lanza a todo sin miedo y quien se retrae por todo lo contrario.
Reconozco que he dejado de hacer algunas cosas o posponerlas y que sé que ya no voy a hacer, por razones de edad o situación personal. El pasado verano tenía previsto un viaje y mitad obligaciones, mitad pereza, lo dejé pasar y quién sabe si lo podré hacer. 
En el plano sentimental también me he quedado con la duda con alguna mujer, todo por timidez o miedo al rechazo, cuando la realidad es que nada tienes y nada pierdes, para anda... explícaselo a tu propio subconsciente.
Una de las cosas que me "preocupan" ahora es que ya tengo una edad y sin hijos, trabajo como un mulo y no me apetece comprar más caprichos ni pamplinas, pero no me gustaría dejar el esfuerzo de mi vida para que mis sobrinos literalmente se estripen las cuatro perras que deje en dos días, el dinero debería disfrutarlo yo, pero no le falta de ilusión me hace no gastar, no es que tenga una fortuna como para dejar de trabajar, ni mucho menos, pero lo que tengo ahorrado no habría merecido la pena ganarlo sin disfrutarlo. 
Tampoco tengo a la vista planes afectivos, entre que cada vez me veo más mayor y "mal acostumbrado" conmigo mismo, sería difícil una convivencia, pero... nunca se sabe, y ese es el problema que nunca se sabe, en todo.
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| 08-Oct-2022 10:51 |
| Danteojos |
Posponer para más tarde
Los seres humanos tenemos cierta tendencia a vivir nuestras vidas como si fuéramos a disponer eternamente de ellas, descuidando a menudo el presente en aras a un futuro que ni siquiera sabemos si llegará a aparecer, como si en el fondo la vida fuese un ensayo que pudiera repetirse una y otra vez hasta que saliese bien, cuando lo cierto es que, lejos de ser así, constituye una representación única, llevada a cabo de un tirón sobre el escenario donde a cada cual le toque desempeñar su papel, sin posibilidad de vuelta atrás. Con esta falsa percepción en mientes, tendemos a posponer para un futuro ambiguo muchos de los deseos y apetencias que anhelamos llevar a cabo: un viaje determinado, escribir un libro, lanzarse en paracaídas, hacer submarinismo, rafting o cualquier otra actividad. A veces no pareciera sino que en vez de vivir, lo que hacemos es un continuo esperar. Pensamos que tenemos todo el tiempo del mundo y esperamos por ello a que lleguen las circunstancias ideales o la mejor ocasión para llevar a cabo determinadas cosas, sin darnos cuenta de que los años pasan volando y que puede ocurrir que tal ocasión o dichas circunstancias ideales no se presenten nunca.
En fin, ¿cuáles son las cosas que queréis o habéis querido experimentar pero que por una razón u otra no hacéis más que posponer y posponer, pensando que tenéis todo el tiempo del mundo?
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