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Antiguo 03-Apr-2019  
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Soy un hombre casado de 37 años. El matrimonio con mi esposa no es malo, pero hace años que me di cuenta que no la amo realmente. Estoy con ella por mis hijos (4), y porque nos llevamos bien. Ella y yo somos compatibles en la parte intelectual. Tenemos los mismos gustos, las mismas afinidades, somos profesionales de la misma carrera y de la misma maestría. Hacemos siempre todo juntos: vamos a las mismas reuniones de amigos (sus amigos son también mis amigos), corremos juntos... en fin, que en apariencia y ante todo el mundo somos la pareja ideal, muy unida y también unos padres ejemplares.

Sin embargo, aunque la intimidad no es mala entre nosotros, hace años que me siento insatisfecho con este matrimonio. No sé explicarlo en verdad. Yo mismo no puedo entender cómo teniendo todo para ser feliz con mi esposa, simplemente no lo consigo.

Como es de suponerse, esta situación me llevó hace años a buscar algo más con otra persona, que llenara ese vacío en la parte sentimental. Lo que encontré fue una mujer casi 10 años menor que yo, muy guapa. Ella era mi subordinada en el trabajo y al principio realmente no estaba interesado en ella, ni ella en mí. No obstante, el trato continuo y el tiempo que pasaba con ella fue generando de a poco una atracción irresistible entre ambos. Ella realmente tenía mala fama, atribuida a su supuesta experiencia en relaciones con hombres casados, durante algunos años en que fue madre soltera. Yo no la juzgo, simplemente creo que la soledad la llevó a tomar malas decisiones. Cuando la conocí, estaba precisamente en ese ir y venir, típico de alguien que no tiene claridad en lo que quiere.

No creo, personalmente que ella se comportara como una "roba-maridos" cuando se fijó en mí. Lo nuestro se fue dando simplemente como una relación de amistad y apoyo mutuo. Ella era mi confidente de cosas que uno no le cuenta a la esposa, y yo el de ella. Además, siendo su jefe, le apoyaba en lo laboral, le enseñé muchas cosas, la hice crecer profesionalmente y ella siempre me lo agradeció. Como dije antes, al inicio no estábamos interesados el uno en el otro, y aunque ella siempre me pareció atractiva, yo la veía más como una compañera de trabajo un tanto inestable.

Pero tarde o temprano sucedió. Las miradas dicen mucho y en algún momento se tornaron en coqueteos. Así fue como pasamos rápidamente a una relación íntima. Esta primera etapa no duró mucho, pues muy pronto los rumores corrieron y tuve problemas con mi esposa. Es así que decidimos "distanciarnos" (en apariencia al menos) de común acuerdo, y retomar nuestra relación como algo puramente laboral. Ella se enamoró de otro hombre, y luego de otro más. Fue así durante un periodo de 4 años más o menos, hasta que se comprometió con su actual esposo.

Curiosamente, durante esos periodos en los que nos mantuvimos un tanto "distantes" en la oficina, para no levantar rumores, nunca dejamos de ser realmente una especie de cómplices. Aunque ella estuviera con otro, manteníamos una estrecha cercanía. Eventualmente nos tomábamos las manos, nos besábamos, coqueteábamos todo el tiempo, en fin, jugueteábamos con la idea de ser algo más que amigos siempre. Y era lindo a fin de cuentas, porque ambos sabíamos que contábamos el uno con el otro, de forma incondicional, pero sin exigencias.

Debo confesar no obstante, que no todo fue dulzura. A mí me pateaba en las entrañas verla enamorarse de otros, me sentí mil veces frustrado, y esa frustración me llevó a desear terminar la relación o complicidad, o lo que fuera que teníamos, cientos de veces. Muchas veces descargué esa frustración con ella, y “terminamos” muchas veces, por algunas horas o días, una y otra vez. Pero el trato cotidiano inevitable entre nosotros, esa continua necesidad de vernos, de tocarnos las manos aunque fuera en simples roces, de hablarnos, de buscarnos, hizo que todos esos esfuerzos fueran inútiles. Siempre terminamos volviendo a esa complicidad que de algún modo nos brindaba un sentido de pertenencia a algo único, clandestino, de lo que nadie, ni remotamente sospechaba. Ante el mundo éramos solo jefe y subordinada, una especie de compañeros que nos teníamos confianza… y nada más.

Tiempo después se comprometió con quien ahora es su esposo. A mí por supuesto me pegó en el hígado su decisión de casarse, pero obviamente no podía exigirle que no lo hiciera. Después de todo, yo estaba casado y no tenía ninguna autoridad moral para pedirle que ella no hiciera lo mismo. Ella deseaba tener una estabilidad, apoyo y compañía que yo sencillamente no podía ofrecerle. Asi que tuve que tragarme una vez más mi frustración al respecto, y aguantar mientras veía cómo se me iba la oportunidad de hacer una vida con ella.
Pensé que sería el fin definitivo para nosotros, que ella sentaría cabeza y me diría adiós para siempre. Ocho días después de su boda, nos besábamos de nuevo a hurtadillas.

Yo seguí enviándole flores anónimamente, que en la oficina atribuían a su marido. Le compraba regalos, ropa, y durante muchos meses volvimos a ser los mismos. Mantuvimos intimidad de vez en cuando, siempre muy discretamente. Y yo fui muy feliz teniéndola así, aunque tuviera que compartirla con su esposo.

El problema comenzó cuando me ofrecieron otro empleo más atractivo en una nueva empresa del ramo tecnológico, que es mi especialidad. La sola idea de dejar esa empresa me ponía muy triste. No concebía tener que dejar de verla.

Cuando se lo conté, me dijo que no lo pensara, que ella quería verme crecer, que no importaba que no pudiéramos vernos a diario, que ella haría el esfuerzo por verme si yo lo hacía también, así fuera unos minutos, alguno que otro día. Ya para entonces tanto ella como yo pensábamos que nuestra complicidad era algo muy fuerte, pues había sobrevivido a muchas cosas, entre relaciones, peleas, celos y desencuentros. Hasta el día de hoy creo que lo que construimos fue muy fuerte. Por eso me encuentro aquí, relatando mi desdicha.

Fue entonces que comenzó mi tortura, pues con mi partida ella fue promovida también y adquirió mayores responsabilidades. Todo lo que le enseñé rindió frutos. Ella comenzó a destacar y con ello tuvo cada vez menos tiempo para incluso contestar mis mensajes. Poco a poco tuve que ir viendo como se fue desmoronando nuestra comunicación, durante meses, en los que tuvimos muchas peleas y pequeñas reconciliaciones, pero al final, supongo que la distancia hizo mella… Luego, ella conoció a un sujeto que le gustó y aunque siempre me negó sentirse atraída por él, supe por lo que conocía de ella, que se estaba enamorando de nuevo.

La última vez que hablamos fue hace dos meses… La reñí por aquel tipo y yo mismo le pedí terminar, por mi propia salud emocional. Ahora estoy escribiendo estas líneas sabiendo que ella quizá ya me olvidó, muy consciente de que es lo correcto seguir así, pero inevitablemente con el corazón hecho pedazos, y con la leve esperanza de que escribirlo y que otros lo lean, sea un acto terapéutico… y liberador. Hace dos días le mandé un mensaje. Sabía que no debía hacerlo, pero el impulso pudo más que yo. Obviamente no recibí respuesta suya. Me cuesta trabajo creer que simplemente dejó de quererme, que simplemente se olvidó de mí…

Evidentemente, es un desahogo. Algo que tengo que escribir, porque no puedo contárselo a nadie. Mis amigos son también amigos de mi esposa, así que, no tengo opciones en ese sentido. Espero que haya alguien aquí que pueda darme algún aliento… y si no es así, que al menos sirva para no dejarlo guardado en el alma de este pobre infeliz atormentado.
 
 


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