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Los buenos docentes no nos metemos en estos rollos. La profesión es una cosa; la vida personal es otra diferente. Estaríamos aprovechándonos de nuestro rol, y comprometiendo muchas más cosas. Un desastre.
Hace bien en ceñirse en su trabajo, evaluándote académicamente, sin más. Y luego, adios. El amor, efectivamente, no lo puede todo. Está el código ético, y muchas más cosas, por delante. Vamos, que el amor pinta bastos.
Procuro ser distante, pero sin parecer un seco. Le echo sentido del humor. A favor juega mi cara/complexión física que me hace generalmente unloveable. Y en las clases no cuento mi vida. Esto garantiza que no me pasen estas fatalidades. Fatalidades a evitar. Más en una profesión de ámbito social, como la nuestra.
Los romances profe-alumno, para las pelis.
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