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Ignoro si este tema ya se ha tratado otras veces. Imagino que sí. En todo caso, no deja de resultar triste (e indignante en cierto modo) que lo positivo tienda a ser más efímero y volátil que lo negativo, que la belleza, el placer, la alegría..., todo aquello que de alguna manera hace estremecer con fruición nuestros sentidos, acostumbre a disponer de una parcela temporal mucho más reducida que la que puedan gozar sus antagónicos, la tosquedad, el dolor, la tristeza, y que, en consecuencia, tienda a derretirse más rápido que un helado bajo un tórrido sol de julio.... ¿Por qué?, que diría Mourinho en sus buenos tiempos... ¿Tal vez porque la visión de lo bello enceguece más? ¿Quizá porque el exceso de placer resta fortaleza? ¿Es posible que en el fondo no dispongamos de capacidad anímica para sustentar el júbilo más allá de unos instantes?
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