El panteón de Agripa, construido en el año 27 a.C. y dedicado a Marco Vipsanio Agripa, general y amigo personal del emperador Octavio Augusto. Destruido y posteriormente rehabilitado en tiempos de Adriano, es el único templo que se conserva en su estado primordial prácticamente desde los tiempos de la Roma Imperial.
En el siglo VII se dio un caso de sincretismo religioso, pudiendo ser aprovechado para el culto cristiano lo que antes había sido un templo para todos los dioses paganos. En 1980 fue declarado Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO, junto con el casco histórico de Roma. Hoy en día sigue en pie y en perfecto estado de conservación, con sus casi 19 siglos de antigüedad.
Todo el que entra bajo la influencia de ese óculo y esa bóveda celestial no puede olvidar la experiencia, que trasciende lo tangible y nos sitúa sin lugar a dudas en un estado alterado de consciencia, objetivo que probablemente era lo que buscaban los arquitectos de tal maravilla... acercarnos a la divinidad y sentirnos muy poquita cosa. Epatarnos con esa bóveda perfecta, con la armonía de las esferas en consonancia con la luz solar, que nos embarga y en la que nos sumergimos cuando deambulamos por el interior de tan excelso edificio.