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Antiguo 06-Jan-2023  
Usuario Experto
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Releyendo el cuento de Borges titulado “El inmortal”, que es justamente el que da inicio a su famoso libro de cuentos “El Aleph”, no puede uno dejar de reflexionar, siguiendo el hilo borgiano, sobre lo horrible que podría llegar a ser la inmortalidad aplicada al género humano en su conjunto. Dejando aparte cuestiones de índole científica, como la ley de conservación de la masa que exigiría limitar en tal caso estrictamente la natalidad o, mejor dicho, suprimirla por entero, me provocan más repulsión las consideraciones de carácter ontológico. Así, para empezar desaparecería por completo la individualidad, puesto que lo que en definitiva nos hace a los unos diferentes de los otros es nuestra naturaleza temporalmente finita. Si fuésemos inmortales, llegaría un momento en que no habría diferenciación entre unos hombres y otros, dado que todos terminaríamos tarde o temprano por realizar los mismos actos, las mismas hazañas y las mismas infamias, acabaríamos por ser expertos en todos los oficios y profesiones, todo se repetiría ad eternum y, por tanto, todos terminaríamos convertidos en el mismo hombre. Borges lo resume en esta frase: "Nadie es alguien, un solo hombre inmortal es todos los hombres." No habría, por tanto, individualidad alguna. ¿Se puede concebir algo más terrible y aburrido?

Del mismo modo, la creatividad se terminaría perdiendo, pues llegaría el momento en que ya sería de todo punto imposible crear nada nuevo. Borges lo explica de modo contundente en el referido cuento cuando dice “Homero compuso la Odisea; postulado un plazo infinito, con infinitas circunstancias y cambios, lo imposible es no componer, siquiera una vez, la Odisea”. Todos terminaríamos siendo, en consecuencia, Homero, Shakespeare y el propio Borges.

Otra de las grandes perturbaciones que provocaría la inmortalidad es la ausencia de objetivos y propósitos. ¿Para qué, si sabríamos que más pronto o más tarde conseguiremos cualquier cosa? No valdría la pena luchar por nada. Ni siquiera nos preocuparíamos por nuestro propio ser, buscar el sustento sería absurdo siendo inmortales. Sólo nos quedaría el pensamiento, del que, afirma Borges, es el más complejo de los placeres, retratándolo en ese troglodita inmortal que se mantiene tan inmóvil por los siglos de los siglos que los pájaros llegan a anidar en su pecho.

Imagino que, al igual que le sucede al protagonista del relato, todos ansiaríamos en tal caso beber de las aguas de ese otro río que nos devolviera la condición de mortales.
 
 


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