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Usuario Experto
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Estoy en la cuarentena, y mi vida amorosa ha sido un desastre. Quizás un día cuente otras historias, pero hoy me voy a centrar en ésta.
Les cuento. Yo tenía diecinueve años y estaba con el corazón roto por un amor, digamos que platónico, que había albergado en mi corazón durante casi toda mi adolescencia y que al final acabó muy mal. Era Septiembre, estaba en la playa, en Canarias algunos vivimos mucho la playa, y empecé a ver por allí a una chiquilla, más joven que yo, delgada y con cara de inteligente y buena persona, como siempre me han gustado a mí.
Después de unos días, y en esas fechas íbamos, ella y yo, a la playa todos los días, ella se dio cuenta de que yo me fijaba en ella y acabó enamorándose de mí.
Yo siempre fui muy tímido. Atractivo sí, pero muy tímido. Y acabó en verano y nunca nos dijimos nada. La estuve viendo cada día ese verano, nos veíamos mutuamente, sin dar un paso. Con ella iba siempre una amiga. A su amiga también le cogí un cariño especial.
Acabó el verano, y las ocasiones de verla decayeron mucho. Aún así ese año llegué a conseguir saber en qué instituto estudiaba, y hasta cogí el autobús alguna vez con ella. Nos veíamos y no nos decíamos nada. Conseguí enterarme por casualidad de que era muy buena estudiante, "saca todo sobresaliente" decía una compañera suya. O que ella estudiaba "hasta las once de la noche". Y ella, llena de humildad deciía "no, todo sobresaliente no". Eso me decía que no me había equivocado con ella. Pasó el año, y volvió el verano, y la historia se repitió, y con nuestras timideces no hicimos otra cosa que morirnos de amor.
Pero a ella le llegaron sus dieciocho años, la mayoría de edad, la vida adulta. Y además se fue a estudiar a la península (vivo en Canarias). Cuando en Navidades llegó de vacaciones se había cambiado el peinado, y estaba un poco "revolucionada". Luego, en Semana Santa, simplemente no parecía la chica de la que me había enamorado. Decidí que en realidad me había vivido una fantasía.
Eso me marcó la vida. Desde entonces nunca he creído igual en el amor, y nunca encontré a una chica que me gustara. Con todo, cada vez que la veía en vacaciones seguía sintiendo todo aquello. Aunque empezé a verla salir con chicos. Ya andaba yo en los treinta y dos, y después de tantos años sin encontrar a nadie que me enamorarla, albergué la idea de conquistarla.
Debo decir, que en una de esas ocasiones en que ella estuvo por Canarias, y que yo me hice el encontradizo para pasar frente a ella, en la calle, ella estaba con su amiga de siempre y otra, resultó que hizo un intento de hablar conmigo, pidiéndome fuego. Yo no supe reaccionar, y además nunca he sido fumador, y perdí la quizás fuera la única ocasión que tuvimos para aclarar las cosas. Aunque debo decir que eso de fumar era otra de esas cosas nuevas suyas que no me gustaron.
Como decía, andaba en los treinta y dos, y estaba decidido a resolver mi vida amorosa. En Semana Santa la vi, nos cruzamos en unos grandes almacenes, y por un instante brilló en su mirada el recuerdo de un viejo e intenso amor. Pero enseguida disimuló. Daba igual, todo estaría preparado para el verano siguiente, pocos meses después. Además, ahora, con más madurez, parecía más a la chica de la que siempre estuve enamorado.
Y ese verano ocurrió una de las cosas más horribles que me ha pasado en la vida: estaba embarazada. Ese día me volví a morir. Creo que no había querido darme cuenta de que si por entonces no había regresado a Canarias era porque algo tendría en otro sitio.
Después de mucho llorar me prometí olvidarla para siempre. Y así fué. Aunque siempre estuvo en mi cabeza ya no nunca volví a albergar esperanzas ni sueños de amor. No la volví a ver, a excepción de un verano en que no pude evitar espiarla un poco, en la playa, dónde estaba con una amiga y sus mutuos hijos. Pero de eso hace ya trece años.
Mientras, en todo ese tiempo, antes y después de su embarazo, a su amiga tampoco la veía mucho, también estudió fuera. La he localizado por Facebook y parece que simplemente estudió en otra isla y luego trabajó en otra distinta, pero no la nuestra.
A esta amiga la he visto más a menudo estos años, aunque sólo en vacaciones. Así por lo que he podido ver debió casarse, y tiene dos hijos, creo. También me he dado cuenta de que debe haberse divorciado.
Tantos, tantísimos años después, y tantas cosas han pasado, y este año las cosas quieren precipitarse. De unos años para acá la amiga hace gestos de admirarme, de mostrar interés. En estos años siempre he sentido un gran cariño hacia ella, aunque ella me ha evitado cuando hubo alguna cercanía causal, como un día en que iba con el carrito del niño mientras veíamos la Cabalgata de Carnavales, cerca uno del otro.
Pero como digo, lleva un par de años mostrando interés. En estos días de mi vida me he sentido especialmente solo, por circunstancias que tal vez cuente en otra ocasión. En estas edades las timideces van desapareciendo y uno llega a preguntarse qué hubiera sido de todo aquello y de nuestras vidas si nos hubiéramos hablado en esos días de playa. Sí, las timideces van desapareciendo, pero el corazón se vuelve más duro, más cínico, más descreído. Y entre una cosa y otra las insistencias de ella, en los encuentros fortuitos, son menos tímidos y más descarados. Y ella parece que este años al menos está viviendo en nuestra isla.
Hace unas semanas nos encontramos en la calle, sé que sus padres y un hermano viven no lejos de dónde vivo yo, y a insistencia de ella supongo, y porque yo estoy más receptivo, nos miramos a los ojos.Vii directamente esa carita que ya no era la de una niña, con algunas arruguillas enmarcando esos ojos azules de siempre. Fue como si en una mirada nos contáramos años de historia.
Para más insistir, este año, en los dos últimos domingos, he visto en la playa, y apenas un momento, porque ella se iba cuando yo llegaba, a mi antigua amada. Fue como si viera un fantasma. Estaba con su familia, su marido y creo que tres hijos. Me alegro por ella, sinceramente, en que tenga una familia feliz. Estos son más bien tiempos de divorcios. Ya en Facebook la había localizado el año pasado y me decepcionaron un poco sus arrugas. Sin embargo ahora que la veía estaba espectacular, con ese porte espigado de siempre. Parecía que no habían pasado los años. Aunque apenas la vi, ni quise verla, sentí un sentimiento de amor cálido y profundo. Lo que desde hace muchos años anhelo por fin para mi vida. Quise ser discreto además, y no darme por conocido si es que llegó a verme, por respeto a ella y a su marido. Sin saber si en realidad toda esa discreción tiene sentido a éstas alturas. Y aún así quiero ser cauto, y cínico, y pensar que esa que tenía delante mío es aquella que cambió y ya no me gustó más.
Así, llegamos a este punto. Por un lado conocer a la amiga es algo bastante posible. Ella, con su insistencia y su mirada, hace real toda aquella historia de amor en este mundo actual de soledades, cinismo y sexo por el sexo (que ni siquiera ese es mi caso). Ver a mi antiguo amor platónico de juventud, y qué coincida con las insistencia de la amiga, y mi soledad de ahora, aunque probablemente nada sea casual, ha hecho que recuerde aquel amor hasta tal punto que he llorado desconsoladamente.
Lloro porque llegué a sentirla en aquellos veranos como si estuviera seguro que en cualquier momento íbamos a estar juntos, que no dependía sino de un golpe de valentía para que fuéramos felices. Y no sucedió nunca. Lloro de rabia porque me he dado cuenta de que la gente cambia con el tiempo y se vuelven imbéciles, como si luchar contra el mundo necesitara de perder el corazón. Lloré pensando en aquella chiquilla maravillosa que ni siquiera me atrevo a pensar si sigue existiendo de alguna forma en esa mujer de cuarenta y tantos años. Lloré preguntándome dónde estaba aquella chiquilla de "todo sobresaliente" que me cautivó con su mirada inteligente y cara de buena persona. Lloré por todo lo que la echo de menos y la necesito.
Ahora su amiga me trae todo eso. Digo que ahora es posible hablar con ella. Pero no veo demasiadas cosas buenas en eso. Por un lado, cuando la veo suelo sentir un enorme cariño, como si fuera una amiga muy querida a la que conozco de toda la vida. Cuando el otro día me miró a los ojos sentí la enorme esperanza de compartir nuestras vivencias sobre esa historia, y me encantaría acariciar si pelo con cariño, y abrazarla. Cuánto quisiera hacer eso. Pero me temo varias cosas.
Me temo que ella estuviera enamorada de mí, y que quiera estar dónde yo siempre quise que estuviera su amiga, mi amor, ahora que ella no está y está felizmente casada. O me temo que lo que quiera sea mucho más banal, como puro sexo. Y eso no puedo dárselo, ni quiero. A ella nunca la vi con esos ojos, nunca sentí deseo sexual por ella. Estamos ya en la cuarentena de y las veces que la he visto creo que poco he visto de las mirada dulce de otras épocas. El cinismo de siempre, como defensa antes el mundo.
Con todo, repito que ella me trae otros tiempos queridos, la oportunidad de hacer lo que debimos haber hecho hace mil años. En parte no es tan loco, yo sigo saludando con mucho cariño a veces a compañeros de instituto, y aunque a alguno ni le de el hola, otros siguen siendo los mejores amigos, ahora con barriga, calvos o el pelo blanco. Pero ni sé si en realidad puede haber amistad después de todo este tiempo con ella. Y si ella estaba o está enamorada de mí entonces lo echará todo a perder. O quizás me ve guapo para mi edad (que lo estoy, todo hay que decirlo). Me gustaría luchar por su amistad, y tenerla de amiga para toda la vida. Creo que eso me haría mucho bien, sería una parte de la tarea de hacer justicia con mi vida, que tanto me hace falta. Y tiene el peligro de que me recuerda con su presencia a mi antigua amada, pero creo que lo aceptaría.
¿Cómo lo ven ustedes?. Espero que les haya gustado mi historia.
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