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Antiguo 03-May-2021  
Usuario Experto
Avatar de Danteojos
 
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Tras leer un hilo reciente que habla sobre la posibilidad de gestionar las ilusiones cuando estas se vuelcan con alguien a quien apenas se conoce, me he puesto a reflexionar sobre las diferencias que con frecuencia existen entre cómo vemos a los demás y cómo son en realidad, siendo tales diferencias de las que se nutre precisamente esa ilusión que tan a menudo actúa a modo de espejismo.

Lo cierto es que pocas cosas suelen ser más resbaladizas que aceptar a los demás tal y como son en realidad, así como, en el lado contrario, ser aceptados tal y como somos en realidad nosotros, lo que con frecuencia obedece a esa perniciosa tendencia que existe a confeccionar ideales, algo que provoca a su vez que la brújula que marca el rumbo de nuestras simpatías, de nuestros apegos, de nuestros sentimientos, quede atenazada por el campo magnético que originan precisamente esos mismos ideales que hemos forjado en ese crisol de entelequias que viene a ser el cerebro, siendo así que adornamos a la persona o personas en cuestión con los vestidos de ese ideal, sin caer en la cuenta de que quizá no sea esa una indumentaria que se acomode en puridad a sus formas.

Tal vez sea por eso por lo que nos engañamos tan a menudo creyendo haber encontrado a nuestra alma gemela, al perfecto cómplice, al contrapunto ideal para nuestras expectativas más sublimes, sin ser conscientes de que en realidad estamos tan solo frente a una ilusión, y que son únicamente nuestros sentidos, distorsionados por el anhelo, los que nos inducen a ponderar como perfecto o perfecta a quienes, como todos, como nosotros mismos, no son sino otros seres imperfectos más.

Inquietante resulta, sin embargo, el silogismo al que tales premisas conducen, pues no sería otro sino que en el fondo nos movemos muchas veces entre espejismos, entre utopías que la propia mente genera y propaga con el afán de satisfacer nuestra hambre de afecto, de camaradería, de complicidad, inclusive de amor… Espejismos y utopías que originan que ni veamos ni seamos vistos tal cual en realidad somos, sino tal cual deseamos y/o desean vernos, sin ningún reparo a la hora de acoplar la realidad al deseo. Vendríamos a ser, por decirlo de algún modo, algo así como sombras bailando dentro de una contradanza absurda hecha de simulacros…

Por lo general, en su labor aséptica (y a menudo odiosa), el tiempo termina por destapar los ojos que tan cegados estaban y conseguir de esa forma que el ideal se desmorone ante ellos, a veces poco a poco, en otras ocasiones de golpe y porrazo, cayendo entonces el ideal como un castillo de naipes y surgiendo al propio tiempo, enormes como jayanes, las decepciones y desencantos. Solemos en tales casos culpabilizar al otro, sin ser conscientes de que la culpa era en realidad solo nuestra, o, más apropiadamente, que no existía culpa alguna, sino que simplemente estábamos ciegos.

Estas circunstanciales cegueras y posteriores desengaños acostumbran a darse en prácticamente cualquier ámbito de la vida: el profesional, el familiar, el de la amistad…, aunque quizá sea el del amor el terreno más propicio para ello, en el que tienden a proliferar como los champiñones luego de un día lluvioso. Quizá por ello no sea conveniente ilusionarse demasiado con arder en las llamas que de repente puedan brotar de una concreta piel, de ciertos ojos o de una determinada risa, puesto que existen bastantes probabilidades de lo que encontremos a la postre en dicha piel, en esos ojos o en tal sonrisa no sea más que humo, únicamente humo.

No parece muy acorde con mi personalidad que diga yo esto, tan proclive a aconsejar zambullirse en los tumultuosos mares donde bulle la aventura, la emoción, el riesgo, genuinos antídotos contra el aburrimiento… Y que conste que nunca me cansaré de recomendarlo, pero también advierto del peligro que encierran tales mares: borrascas impetuosas, perniciosos trucos de prestidigitador, hechiceros cantos de sirena… Al final hasta las más excelsas deflagraciones pueden terminar revelándose meros fuegos de artificio, tan pomposos en su ignición como fugaces y fatuos en su esencia.

Sería tal vez interesante que alguien inventara una vacuna contra las peligrosas dolencias que derivan de las emociones, en especial las del amor... Aunque me pregunto quién sería tan insensato como para querer vacunarse contra ellas. Yo desde luego no.
 
 


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