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Antiguo 03-May-2021, 17:25  
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Tras leer un hilo reciente que habla sobre la posibilidad de gestionar las ilusiones cuando estas se vuelcan con alguien a quien apenas se conoce, me he puesto a reflexionar sobre las diferencias que con frecuencia existen entre cómo vemos a los demás y cómo son en realidad, siendo tales diferencias de las que se nutre precisamente esa ilusión que tan a menudo actúa a modo de espejismo.

Lo cierto es que pocas cosas suelen ser más resbaladizas que aceptar a los demás tal y como son en realidad, así como, en el lado contrario, ser aceptados tal y como somos en realidad nosotros, lo que con frecuencia obedece a esa perniciosa tendencia que existe a confeccionar ideales, algo que provoca a su vez que la brújula que marca el rumbo de nuestras simpatías, de nuestros apegos, de nuestros sentimientos, quede atenazada por el campo magnético que originan precisamente esos mismos ideales que hemos forjado en ese crisol de entelequias que viene a ser el cerebro, siendo así que adornamos a la persona o personas en cuestión con los vestidos de ese ideal, sin caer en la cuenta de que quizá no sea esa una indumentaria que se acomode en puridad a sus formas.

Tal vez sea por eso por lo que nos engañamos tan a menudo creyendo haber encontrado a nuestra alma gemela, al perfecto cómplice, al contrapunto ideal para nuestras expectativas más sublimes, sin ser conscientes de que en realidad estamos tan solo frente a una ilusión, y que son únicamente nuestros sentidos, distorsionados por el anhelo, los que nos inducen a ponderar como perfecto o perfecta a quienes, como todos, como nosotros mismos, no son sino otros seres imperfectos más.

Inquietante resulta, sin embargo, el silogismo al que tales premisas conducen, pues no sería otro sino que en el fondo nos movemos muchas veces entre espejismos, entre utopías que la propia mente genera y propaga con el afán de satisfacer nuestra hambre de afecto, de camaradería, de complicidad, inclusive de amor… Espejismos y utopías que originan que ni veamos ni seamos vistos tal cual en realidad somos, sino tal cual deseamos y/o desean vernos, sin ningún reparo a la hora de acoplar la realidad al deseo. Vendríamos a ser, por decirlo de algún modo, algo así como sombras bailando dentro de una contradanza absurda hecha de simulacros…

Por lo general, en su labor aséptica (y a menudo odiosa), el tiempo termina por destapar los ojos que tan cegados estaban y conseguir de esa forma que el ideal se desmorone ante ellos, a veces poco a poco, en otras ocasiones de golpe y porrazo, cayendo entonces el ideal como un castillo de naipes y surgiendo al propio tiempo, enormes como jayanes, las decepciones y desencantos. Solemos en tales casos culpabilizar al otro, sin ser conscientes de que la culpa era en realidad solo nuestra, o, más apropiadamente, que no existía culpa alguna, sino que simplemente estábamos ciegos.

Estas circunstanciales cegueras y posteriores desengaños acostumbran a darse en prácticamente cualquier ámbito de la vida: el profesional, el familiar, el de la amistad…, aunque quizá sea el del amor el terreno más propicio para ello, en el que tienden a proliferar como los champiñones luego de un día lluvioso. Quizá por ello no sea conveniente ilusionarse demasiado con arder en las llamas que de repente puedan brotar de una concreta piel, de ciertos ojos o de una determinada risa, puesto que existen bastantes probabilidades de lo que encontremos a la postre en dicha piel, en esos ojos o en tal sonrisa no sea más que humo, únicamente humo.

No parece muy acorde con mi personalidad que diga yo esto, tan proclive a aconsejar zambullirse en los tumultuosos mares donde bulle la aventura, la emoción, el riesgo, genuinos antídotos contra el aburrimiento… Y que conste que nunca me cansaré de recomendarlo, pero también advierto del peligro que encierran tales mares: borrascas impetuosas, perniciosos trucos de prestidigitador, hechiceros cantos de sirena… Al final hasta las más excelsas deflagraciones pueden terminar revelándose meros fuegos de artificio, tan pomposos en su ignición como fugaces y fatuos en su esencia.

Sería tal vez interesante que alguien inventara una vacuna contra las peligrosas dolencias que derivan de las emociones, en especial las del amor... Aunque me pregunto quién sería tan insensato como para querer vacunarse contra ellas. Yo desde luego no.
 
Antiguo 03-May-2021, 19:00  
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¿Y no te parece, Danteojos, que todas estas ilusiones, distorsiones edulcoradas de la realidad, etc, tienden a darse con más frecuencia cuando uno/a lleva mucho tiempo sin fornicar?.
 
Antiguo 03-May-2021, 19:34  
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Iniciado por ilcavalieri Ver Mensaje
¿Y no te parece, Danteojos, que todas estas ilusiones, distorsiones edulcoradas de la realidad, etc, tienden a darse con más frecuencia cuando uno/a lleva mucho tiempo sin fornicar?.
No dudo que la escasez de fornicio sea un detonante para que la ilusión explosione, pero es demasiado simple reducirlo todo a esa cuestión. Hay muchos otros detonantes, a mi juicio. Además, también influye, y mucho, la personalidad de cada persona, los hay más ingenuos, más calculadores, más fríos, más pasionales, más románticos..., y todo eso influye, qué duda cabe.
 
Antiguo 03-May-2021, 19:56  
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Una vez leí algo que me viene muy al cuento de todo esto que dices.

En resumen (magníficamente contado en ese relato): un matrimonio ya de años, desgastado, comiendo. Ella, ya tenía una aventura. En ese momento, estaba comiendo con su marido. Al que en su momento eligió como pareja y le parecía tan ideal, pero ahora, desaprobaba en su interior con desdén, por comer haciendo ruidos (algo que siempre había sido así).
 
Antiguo 03-May-2021, 20:02  
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Iniciado por Ruth78 Ver Mensaje
Una vez leí algo que me viene muy al cuento de todo esto que dices.

En resumen (magníficamente contado en ese relato): un matrimonio ya de años, desgastado, comiendo. Ella, ya tenía una aventura. En ese momento, estaba comiendo con su marido. Al que en su momento eligió como pareja y le parecía tan ideal, pero ahora, desaprobaba en su interior con desdén, por comer haciendo ruidos (algo que siempre había sido así).
Así es, Ruth. Cuando idealizamos a alguien, todo en ese alguien nos parece perfecto y ni nos damos cuenta de sus defectos. Luego la idealización se evapora y es entonces cuando los defectos se hacen patente, con toda su aspereza, pero en realidad siempre estuvieron ahí, solo que estábamos ciegos para verlos.
 
Antiguo 03-May-2021, 20:42  
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Cuando se habla del llamado amor platónico -ese idealismo donde se prioriza el amor puro, desapegado de la pasión (que se consideraba meramente material, efímero y falso) y sin obtener nada a cambio-, hay que señalar que todo el mundo lo ha experimentado, sobre todo en la época de la pubertad. Es algo natural.

Otra cosa es cuando en el comienzo de una relación -donde sí está presente también la pasión-, ambos (o uno) ha gestado o trasladado ese ideal al plano del eros. El proceso en una segunda fase -cuando pasamos de esa primera fase del placer, placebo- suele ser a veces tortuosa y fatal si no se es consciente que todos -el yo, el otro, los ellos- tienen virtudes pero también defectos. Si se sabe también querer sus defectos y no dañan o hacen (im)posible la convivencia, la comunicación, el saber estar juntos, pues también saber desapegarse con naturalidad.

No creo que por ello uno tenga que renegar de la aventura, de vivir el momento, ser consciente de las virtudes y los vicios del otro y de uno mismo para entablar una posible armonía.

No sé si me he explicado...
 
Antiguo 05-May-2021, 00:32  
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Yo creo que esto tiene también mucho que ver con el tema de ilusión vs expectativas, se dice que es bueno ilusionarse, ilusionarse por el momento, disfrutarlo, pero no crearse muchas expectativas de lo que pueda suceder al final, o lo que pueda pasar a largo plazo.

Normalmente esto pasa en todos los ámbitos de la vida, a veces nos dejamos llevar por grandes expectativas, y la gente que idealiza a otra persona a la que incluso puede acabar de conocer, llega a crearse expectativas tan absurdas como imaginarse con ella haciendo vida, teniendo hijos y perro (exageración, para que se vea el ejemplo ).

Sin embargo, la ilusión, yo la veo como algo más "sano", por ejemplo, puedo tener una cita con una chica, y es bueno que vaya con ilusión, y con ganas de disfrutar el momento, pero quizás no sea buena idea crearme unas altas expectativas acerca de los resultados que esa cita puede tener, con esta mentalidad se consigue pasarlo bien, y disfrutar de la vida, sin llevarse muchos batacazos. Ahora el quid de la cuestión está en cómo controlar esas expectativas, que a menudo son involuntarias y puramente emocionales, y cómo diferenciarlas de la ilusión.

Por otro lado, creo que aquí también juega algo que en psicología se conoce como "disonancia cognitiva", básicamente es, que una persona que tiene unos ideales y unas ideas, una forma de pensar determinada, si se encuentra con algo en su realidad que choca con esos intereses o ideales, tiene dos formas de aceptar este nuevo hecho, la primera sería a través de la acomodación, de esta forma, la persona distorsiona la realidad para adaptarla a sus creencias y pensamientos. La segunda forma sería con una reestructuración de su pensamiento, viendo la realidad de manera objetiva, y cambiando alguno de los ideales que ya tenía.

Lógicamente, la segunda forma es la más difícil, y es la que menos gente practica. Es por ello que la mayoría de personas modificamos la realidad que vemos, para adaptarla a nuestras creencias, ideales y convicciones, eliminando cualquier tipo de contradicción que pueda darse entre lo que hacemos/somos/pensamos, y la realidad que tenemos.
 
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Sin ilusión por esa persona,,, La emoción de los ideales no perder la ilusion? ilusión y dolor


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