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Narciso era, a decir de sus coetáneos, un joven muy apañado en lo que a físico se refiere, lo que hacía que se enamorasen con frecuencia de él tanto hombres como mujeres. Sin embargo, él rechazaba de ordinario tales amores, lo que induce a imaginar que quizá sufriera algún tipo de filofobia o trastorno similar que le hacía invulnerable a las flechas de Cupido.

Pese a que esta carencia de los goces del amor le causaba cierta inquietud, no por ello dejaba Narciso de llevar una vida más o menos normal, dentro de lo que el adjetivo normal implicaba en aquella época de constantes ciscos y reyertas. Pero sí, podía afirmarse que Narciso era feliz a su manera. Así, de hecho, lo había predicho el famoso adivino Tiresias (el Rappel de la Grecia heroica) el día de su nacimiento, cuando vaticinó que el chaval tendría una vida larga, aunque siempre y cuando no se contemplase a sí mismo.

De entre las muchas enamoradas que tuvo Narciso, la más destacada fue la ninfa Eco. Esta ninfa se caracterizaba porque le gustaba en demasía darle a la lengua. No me refiero justamente a dar besos de tornillo, sino más bien a parlotear sin ton ni son. Vamos, que era una charlatana infatigable, de esas que cuando se encuentran con cualquier conocido no dejan de darle la vara con toda clase de dimes y diretes. Ni que decir tiene que esta cualidad la hacía en ocasiones harto pesada. De hecho, una tarde llegó a irritar de tal modo a la diosa Hera con su cháchara insípida que esta la castigó con no poder de ahí en adelante utilizar su voz más que para repetir la última palabra de su interlocutor de turno.

Sucedió entonces que un día en que Narciso había ido de caza por el bosque, Eco le siguió a hurtadillas con el deseo de declararle su profundo amor. Pero como la maldición de Hera le impedía ser la primera en hablar, se mantuvo agazapada espiándole. Al escuchar un ruido, Narciso gritó:

—¿Hay alguien ahí?

A lo que Eco repitió:

—Ahí.

Como Narciso no viese a nadie, gritó de nuevo:

—¡Ven!

—¡Ven! –repitió la desdichada Eco.

Cada vez más intrigado y dado que la voz de Eco parecía agradable, Narciso sintió el gusanillo del deseo, por lo que propuso:

—¡Unámonos aquí!

—Aquí –repitió Eco, y, saliendo de su escondite, acudió con alegría para abrazar a Narciso.

Pero a Narciso ya se le había apagado el deseo, fugaz en su caso como la lluvia en el desierto, y se apresuró a decir:

—Prefiero morir antes de que yazcas conmigo.

—¡Conmigo! –fue lo único que acertó a decir la desconsolada Eco.

Ofendida y desolada, la ninfa se encerró en una solitaria cueva, donde dejó de cuidarse y de comer, hasta que, consumida poco a poco por el dolor y la pena, terminó por desvanecerse en el aire, quedando de ella solo su voz para repetir las últimas palabras de cualquiera que se hallase cerca. Triste, ¿verdad?

Sin embargo, el agravio de Narciso a Eco no iba a quedar impune. Resultó que Némesis, la diosa griega de la venganza, había sido testigo de esta afrenta y decidió castigar al engreído joven, despertando en él con tal fin una sensación de sed tan poderosa que le llevó de inmediato a encaminar sus pasos hacia un estanque cercano, dispuesto a saciarla cuanto antes. Y entonces, cuando se inclinó para beber vio su rostro reflejado en el agua como si fuera un espejo, enamorándose al instante de dicho reflejo. Él, que siempre había sentido rechazo hacia el amor, percibía por vez primera en su vida las mieles de tan poderosa emoción bullendo dentro de sus tripas. Permaneció largas horas embelesado contemplando su imagen reflejada en el estanque, hasta que, no pudiendo resistir por más tiempo la tentación, aproximó sus labios a los del reflejo para besarlos.

Sobre su muerte hay varias versiones. La más común es la que asegura que al ir a besar su reflejo, se cayó al agua y murió ahogado.

Otra versión dice que simplemente murió de inanición, tan admirado que estaba de sí mismo, incapaz de hacer cualquier otra cosa que no fuera contemplarse, indiferente por completo al resto del mundo.

Una tercera afirma que, entristecido de dolor por haberse enamorado de sí mismo, Narciso se suicidó hundiéndose una daga en el pecho.

Sea como fuere, la leyenda dice que en el lugar donde Narciso murió, acto seguido brotó una flor que desde entonces lleva precisamente su nombre.
 
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