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Antiguo 23-Sep-2014, 08:49  
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Dos testomonios sobre niñas que se toparon con el peor lado de la vida, cuando otras como ellas se divertían con juegos propios de su edad. Dos dolorosas historias de “vida” cuando ésta recien empezaba. Nuestra colaboradora Ilka Oliva se convierte en portavoz de quienes, a pesar del dolor y el horror pasado, siguen tratando de soñar....

Romina.

Mi mamá me echó de la casa cuando supo que estaba embarazada de mi padrastro. Él dijo que yo no le daba vida cuando estábamos solos en la casa y ella le creyó. Me pegó y me sacó el hijo, me pegó tan fuerte en todo el cuerpo que me dejó desmayada. Tenía tres meses y ahí se me cayó toda la sangre en medio de las piernas encharcado quedó el patio y la criaturita tirada, de ahí me fui a la casa de mi abuela y me quedé por unos días. Ella habló con un mi tío que estaba aquí –Estados Unidos- y él me mandó a traer con un coyote. Mi padrastro me violaba tres días por semana cuando mi mamá no estaba y me tenía amenazada que si decía algo la iba a matar. Por eso nunca hablé con nadie porque no quería que le pasara nada a ella. Él es malo anda armado siempre. No trabaja no sé de dónde saca dinero para comprar sus botellas de guaro. Me violó desde que yo tenía nueve años y ando en los trece.
Con el coyote que es de un pueblo vecino en bus nos fuimos desde Asunción Mita hasta la frontera y cruzamos el río encaramados en unos salvavidas hechos de llantas infladas así fue como llegamos a Tapachula y de ahí nos fuimos en camiones que trasportaban verduras, el coyote me consiguió papales mexicanos pero eran falsos y en dos garitas de registro le tocó pagarle a los policías para que nos dejaran pasar pero en la última los policías dijeron que sí nos dejaban pasar pero si me quedaba un día ahí con ellos y el coyote dijo que sí y ahí en un cuarto me violaron no recuerdo cuántos exactamente pero fueron más de seis y en la noche me dejaron salir, afuera estaba el coyote esperándome me dijo que no llorara porque eso nos pasaba a todas y que debía de dar gracias que nos dejaron continuar. Viera que cómo me dolía el cuerpo y en medio de las piernas me sangraba, sentía como si cortada hubiera andado, en cada parada tenía que estarme limpiando para no mojar el vestido y para orinar era un ardor que me hacía llorar. Unas pastillas para el dolor de cabeza me compró él en una farmacia pero a mí me dolía mire usted más que la cabeza el alma, que suerte tan ingrata la mía. Pero así nos pasa a las mujeres siempre decía mi abuelita y que tenemos que aguantar porque ese en nuestro destino. Ser fuertes y continuar.
Atravesamos todo México y en quince días ya estábamos en la frontera por el lado de Tamaulipas.
Ahí me dejó en manos de otro coyote que fue quien nos cruzó. Igual que en el otro río que divide Guatemala de México solo que éste se llama río Bravo el otro no recuerdo el nombre la verdad me lo dijeron pero se me olvidó. En el río Bravo nos cruzaron en llantas a mí me agarró el coyote de la mano porque era la más chiquita de edad todos eran adultos ya, cruzamos como veinte personas y nomás llegamos a la otra orilla salimos corriendo a meternos en el monte.
Ahí estuvimos un día y medio porque mucha patrulla pasaba y también avionetas, andaban con sus perreras listos para atraparnos, el coyote dijo que no nos moviéramos a mí se me tumieron las canillas y tenía hambre llevaba dos días sin comer. Al fin llegaron los carros en donde nos trasportaron a la casa donde estuve como una semana y de ahí me fueron a dejar a un centro comercial donde me fue a recoger otro coyote que fue quien me trajo a California.
Aquí vivo en casa de mi tío con su esposa y sus cinco hijos, vine hace cinco meses y trabajo en el corte de fruta en los campos del sur. Trabajo de cinco de la mañana a seis de la tarde. No me quiero regresar a Guatemala ya que crucé aquí me quedo, a mi mamá le mando sus lenes cada mes para ayudarla para que coman mis hermanos. Tengo seis. Su esposo no le ayuda en nada solo chupando se mantiene. Macho de bolo llega todos los días. Yo la ayudo porque pobrecita ella tiene la carga de todo y yo aquí pues estoy ganando más o menos y me ayudo con la renta porque solo le pago poco a mi tío y lo de la comida.
Sí, me gustaría estudiar pero ya ve que no se puede hay que trabajar porque sino no como olvídese y la verdad es que quiero comprarle a mi mamá su refri, su estufa, una su tele y quiero que mis hermanos vayan a la escuela y dejen de andar trabajando de mozos en el campo. Viera qué duro es ese trabajo.
Sí, me gustaría casarme y tener tres niños o niñas lo que Dios me regale. Pues ya vamos a ver mi tío dice que hay un muchacho que me quiere cortejar y que ya habló con él yo no lo conozco de lejos lo he visto nada más, es hondureño. También trabaja ahí en el campo pero en otro sector él es de los que fumiga y corta las ramas secas y recoge las frutas rancias. Se ve buena gente el muchacho.
Pero la verdad quisiera estudiar y ser doctora para curar niñas embarazadas…

Ilka Oliva Corado.
Octubre 06 de 2013.
Estados Unidos.

Shazadi.
Fue secuestrada en Cartagena cuando salía de la fiesta de cumpleaños de su mejor amiga. Se la llevaron junto a otras tres jovencitas que nunca aparecieron. Estarán puestas quizá en otra casa, en otras casas… Shazadi de origen turco nació en Colombia de donde desapareció cuando tenía once años de edad. Fue llevada a una casa donde la obligaron a trabajar junto a otras niñas realizando sexo oral a los clientes que asistían en los que observó a hombres vestidos con uniforme militar y a otros con elegantes trajes sastre. Lo recuerda bien, eran trajes de casimir. El único que la poseyó y la desvirgó fue el dueño de la casa que la tomaba cuando estaba drogado completamente extasiado, cuando no sabía ni recordaba su nombre, su edad, su sexo. Cuando la lanzaba sobre la cama, sobre una silla, en el suelo, cuando la golpeada.

Después de ocho meses fue llevada a otra casa en la frontera con Panamá donde fue obligada a tener relaciones sexuales con clientes que solamente buscaban niñas menores de trece años. En aquella casa recuerda había cincuenta niñas más. En habitaciones separadas en otro sector de la casa al que no tenía acceso salvo para las inyecciones anticonceptivas que les ponían cada mes observó a mujeres adultas que también eran obligadas a tener relaciones sexuales con clientes que accedían por otra puerta. Recuerda las paredes enmohecidas y el piso de granito hediondo a orín y vómito. Dormían en las mañanas y trabajaban durante la tarde y noche hasta altas horas de la madrugada. Por barco fueron trasladas veinticinco de ellas a El Salvador.

Las ubicaron en una casa de citas en la capital del país donde las mantuvieron durante un año y seis meses prestando servicios sexuales a clientes que pagaban por estar veinte minutos con ellas la cantidad de cincuenta dólares. Veinte minutos de explotación sexual. No vio a ninguna mujer mayor de veinte años en el lugar, todas eran niñas y adolescentes. Dormían todas juntas en una habitación, contó cinco colchones húmedos tirados en el suelo de cemento. La puerta con llave donde solo salían para atender a clientes que las esperaban ya en habitaciones enumeradas. La puerta que solo se abría cuando el encargado quería hablar con ellas y recordarles el cuidado de clientes especiales. La puerta que se habría solo para lanzarles un plato de sopa fría y un vaso de agua.
De aquel grupo solo se quedaron cinco las otras fueron enviadas a otras casas. Recuerda que apenas pudo abrazarlas todas tenían un nombre que no era el propio, un nombre inventado por quienes las secuestraron.

Shadazi después del tiempo cumplido fue traslada de nuevo junto a otras once niñas a México donde las encerraron en una bodega. Ahí guardaban celulares robados, droga y armas de alto calibre. En parte del recinto organizaban fiestas los capos de una organización de la que no recuerda el nombre. Una noche en que el encargado de la bodega y del negocio en donde las obligaban estaba de cumpleaños le exigió a Shadazi bailar desnuda para él y luego la ultrajó: mientras eso sucedía en un instante de debilidad le contó que estaban liados con autoridades colombianas y que pronto serían enviadas a Estados Unidos vía la frontera de Tijuana.
Nueve meses después ella y quince niñas y adolescentes fueron puestas en el contenedor de un tráiler que trasportaba verduras hacia Estados Unidos, la doble pared del contenedor donde ellas iban escondidas detuvo el calor del calor del verano y las hizo perder el oxígeno, cinco de ellas murieron y las que sobrevivieron fueron llevadas a una casa en Nuevo México. Los cuerpos de las que murieron fueron deshechos con acido sulfúrico. Los pusieron en toneles que contenían el líquido. Todas fueron obligadas a ver el macabro escenario como forma de intimidación y dejar en claro lo que les esperaba si intentaban escapar o denunciar con los clientes que no estaban ahí por su voluntad. Dieciséis meses tenía de estar siendo explotada sexualmente en esa casa de citas cuando un incendio que misteriosamente no se sabe quién provocó hizo llegar a los bomberos y a autoridades policiales. Los traficantes expertos en el negocio de la explotación sexual y la trata de personas para no tener problemas con las autoridades del país decidieron dejarlas escapar. No había tiempo para trasladarlas a otra casa ni para deshacer sus cuerpos en los toneles guardados cuidadosamente en la esquina del patio de atrás. Huyeron ellos y huyeron ellas.

Shadazi inmediatamente se comunicó con sus familiares en Cartagena para avisar que estaba viva y en qué país. Un cliente del lugar les consiguió alimento y techo a la mayoría de ellas que de decidieron quedarse de indocumentadas en Estados Unidos. Los padres de Shadazi realizaron los trámites necesarios para viajar inmediatamente a Estados Unidos y llevar a su hija de regreso a casa. A la hija que creían muerta en manos de paramilitares.
Shadazi retornó con catorce años y seis meses de edad. No quiso que su familia le organizara fiesta de quince años. Solo quería respirar y sentir el regazo de su madre y el abrigo de su padre. El calor de sus hermanos y la seguridad de no volver a morir en vida. La seguridad de no volver a ser secuestrada. De no volver a ser ultrajada. De no volver a ver niñas morir. De no volver a sentir cuerpos excitados golpeándola, insultándola. Solo quería regresar a la fiesta de cumpleaños de su mejor amiga y no salir nunca más de ahí para no recordar lo que le convirtió la vida en un infierno. Para volver a ser la niña de once años que no tenía mayor responsabilidad que la de ser feliz y vivir su infancia. No denunció nada con las autoridades policiales ni migratorias del país estadounidense. De sobra sabía que no serviría de nada, que su palabra de ultrajada e indocumentada no valía nada. La versión oficial es que intentó cruzar de indocumentada a Estados Unidos y que ya estando en el país se arrepintió, fue esa la razón de su retorno. Como la de muchas…

Ilka Oliva Corado.
Octubre 06 de 2013.
Estados Unidos.
 
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