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Acostumbra a decirse que en la comunicación, tanto la hablada como la escrita, lo fundamental es el fondo, es decir, que el mensaje sea entendido claramente por su receptor. En parte es posible que así sea. Pero ¿y la forma? ¿Qué importancia ha de concederse a la forma? ¿Ha de verse como un mero envoltorio que a lo sumo proporciona brillo y/o elegancia o, por el contrario, resulta indispensable asimismo para el mensaje?
Comento esto porque hoy en día se tiende a emplear, tanto a nivel de calle como incluso en los medios de comunicación, un lenguaje donde se cuida poco las formas, estando a la orden del día todo tipo de incorrecciones y disparates de lo más variopinto, y eso por no hablar ya de los manidos mensajes de wasap de los móviles, donde mucha gente se merienda vocales y consonantes como si fuesen bocadillos de panceta. Posiblemente el mensaje termine casi siempre por entenderse, pero ¿es suficiente con eso?
Mi opinión al respecto es que igual que procuramos comportarnos o vestirnos de una manera adecuada en atención a los requerimientos del lugar o de la situación concreta donde debamos desenvolvernos, también debería prestarse mayor atención a la forma en que se lleva a cabo una comunicación oral o escrita. Y ya no sólo por cuestión de estilo, sino porque la forma puede condicionar también al propio mensaje y provocar importantes equívocos en el receptor del mismo. En este aspecto siempre me viene a la mente aquel caso famoso del verdugo que poco antes de ajusticiar al reo recibió una misiva del rey que decía “Indulto no, ajusticiar”, y, claro, el sayón sajó la cabeza del infeliz reo, sin sospechar que en realidad el rey lo que había era concedido su perdón, sólo que colocó mal la coma al redactar la orden, puesto que debería haber en realidad escrito: “Indulto, no ajusticiar”. ¡Y es que una simple coma puede valer una vida!
Bromas aparte, observo una tendencia cada vez mayor a hablar y escribir mal, confundiendo tiempos verbales, mezclando de manera inapropiada subjuntivos e indicativos, preposiciones y adverbios, nombres y adjetivos, y eso por no hablar ya de los signos de puntuación, cuyo empleo a veces es o bien inexistente, o bien ciertamente incorrecto. ¿Tendrá esta tendencia vuelta atrás o será ya del todo irreversible? Me parecería una verdadera pena que la respuesta tendiese más la segunda de las alternativas.
Es posible que servidor sea un pijotero que tiende a la excesiva perfección en este tipo de cuestiones, pero no puedo evitar que me lleven los diablos cuando soy testigo de determinadas tropelías lingüísticas. De hecho, confieso que hay veces incluso que dejo de escuchar o leer ante ellas, tanta es la irritación que me causan.
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