|
Recuerdo haber leído en la revista "Muy Interesante" o en alguna otra de esa índole que existe un planta, un cactus para ser más exactos, que da una flor tan exquisitamente bella como tristemente efímera, una flor única en el mundo, por cuanto que sólo se abre una vez al año y además por la noche, más o menos en la época en que el verano empieza ya a languidecer y, como dijera el poeta, el viento de la noche comienza a girar cada vez más deprisa en el cielo oscuro. Durante esa noche especial la flor se abre y ofrece al mundo todo su esplendor en un estallido de belleza incomparable, pero, ay, con los primeros rayos del alba la flor se cierra, agoniza y al poco se precipita sobre el suelo el pedúnculo que la sostenía, dejando tan solo en la planta de donde germinó un triste hilacho oscuro como testigo mudo de tanta belleza perdida.
¿Verdad que es para echar cuando menos unas lagrimitas? O incluso para componer versos al estilo de aquellos poetas románticos del XIX (ya sabéis aquellos que sin rubor alguno escribían cosas del tipo "volverán las oscuras golondrinas en tu balcón sus nidos a colgar" o algo parecido). En todo caso, una situación realmente anómala y sumamente intensa.
Ahora bien, también la vida está en sí misma henchida de situaciones anómalas e intensas, situaciones que también podrían catalogarse como flores de un día o, como la del cactus, de una noche. Flores que emergen al mundo como un estallido de emociones, como fuegos de artificio en una noche de verano, desafiando a los mismos dioses con su inusitada belleza, rivalizando en luz con la propia luna, incluso con las estrellas si me apuráis. Flores que los más sensatos y racionalistas dirán que no sirven para nada, que son un desperdicio, pero que, sin embargo, son las que en cierto modo dan muchas veces sentido a la existencia. ¿O acaso es necesario buscar un sentido a ciertas cosas más allá de la belleza en sí? ¿Acaso el espectáculo de una flor que se abre durante un fugaz instante sólo para ser adorada no merece ya la pena por sí mismo?
Pero no, a menudo no es suficiente. Los seres humanos somos codiciosos y, en consecuencia, una noche de belleza no suele ser bastante, por lo que, muerta la flor, nos empecinamos en resucitarla para que siga luciendo para nosotros, aun sabedores de lo quimérico de nuestro empeño, y porfiamos con contumacia, hipnotizados por los efluvios que perduran de aquella noche esplendorosa, sumidos en una espiral tan llena de promesas que no somos capaces de retornar a la cruda realidad de donde, durante aquella mágica noche, nos sustrajera la flor.
¿Os habéis topado alguna vez con alguna de esas deliciosas flores capaces de robar el alma en una sola noche?
|