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Usuario Experto
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Fast Love 3.0
o la mercadotecnia de las relaciones humanas


En 1987, cuando era niño, me gustaba imaginarme el futuro. Nuestro ordenador más moderno era el Spectrum. Teníamos una tele culona que sintonizaba sólo dos canales. Bajábamos la botella del sifón a recargar a la bodega, y el modo de comunicación que teníamos para llamar a nuestros amigos era a voces desde la terraza. Pensaba que el futuro sería algo maravilloso, lleno de trastos electrónicos que nos harían la vida más fácil y más feliz. Es cierto que internet, los móviles de última generación y la globalización de las comunicaciones (por este orden) han supuesto una revolución en el modo en el que nos tratamos, y que en muchos casos sirven de ayuda para estar en contacto unos con otros o conocer a personas que nunca antes hubiésemos podido encontrar.

Pero… ¿Hasta qué punto han contribuido en hacer nuestras relaciones de pareja más satisfactorias?

En los últimos años, tanto en propia carne como viendo la experiencia ajena, he podido ver el impacto que tienen estos nuevos usos. Han proliferado páginas específicas para encontrar pareja a través de internet (1). No negaré que en fases de mi vida he sido usuario de esos portales, y mi posición hacia ellos es de profundo escepticismo. Creo que promueven un amor rápido, de servicios mínimos, y con una urdimbre escasa que hace de las relaciones algo banal y muy perecedero.

Para empezar, el mismo modo de conocer a una eventual pareja. En lugar de conectar espiritualmente con una persona, ojeamos un catálogo que ríete del que nos manda Ikea, fijándonos en el aspecto del mueble en cuestión y en su precio, y no en su calidad, robustez o fiabilidad. Nos dejamos guiar por el ojo y no por la intuición, y acabamos volcando nuestra necesidad y apego en personas que no conocemos, por las que no sentimos nada y que en el mundo real tal vez nunca hubiésemos conocido.

Si ese primer filtro se supera suponemos que conocemos a alguien. Ayuntamiento o no aparte, gastamos interminables horas en conversaciones en diferido, sin contacto físico, sin poder escuchar los matices de la voz, un gesto, las reacciones o incluso los miedos de la otra persona. El resto nos lo figuramos o inventamos, e idealizamos, volcando en el otro nuestras propias expectativas.

Cuando el encuentro se produce, en muchas ocasiones es forzado. El éxito o no dependerá de la Causalidad, de la sinceridad y de nuestra propia escala de prioridades, que no necesariamente son las mismas que las de nuestro partenaire, que también entran en liza. Muchas personas utilizan las redes sociales para curar heridas recientes, vencer temores, construirse una imagen ficticia o incluso usar al otro. Todos llevamos alguna cicatriz por ello.

Durante la relación, eliminamos muchas horas que podríamos pasar juntos por interminables conversaciones llenas de silencios, suposiciones, emoticonos e interjecciones que sustituyen nuestros gestos y nuestro estado de ánimo, para dar apariencia de realidad. Cuando muchas veces no lo es.

Y, sobre todo, el final. O los finales, porque las posibilidades son múltiples, pero todas con un denominador común: ahorrarse el mal rato que supone decirle a tu pareja que ya no la quieres o que te gusta más fulanito o menganita. Le dejamos esa tarea al Gmail, al Facebook o al Whatsapp. Como aséptico o quirúrgico, lo es. Efectivo 100%. Pero ¿humano?

Antes, durante y después
, todo en uno y con rapidez. Con factor de obsolescencia. Según las normas del mercado. ¿Es realmente una evolución, o estamos renunciando a nuestra propia esencia¿ ¿Somos nosotros, realmente, o las máscaras que nos imponemos de forma inconsciente ante una invitación que no lo es en absoluto?

Tal vez sea que vivimos en la era 3.0. Fast food, Fast life,… Fast Love.



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(1) Me refiero, claro está, a los portales tipo Badoo, Adoptauntio, Tinder, POF y demás. Afortunadamente, en los foros quien lo desee tiene la oportunidad de conocer a una persona y no a una imagen...
 
 


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