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Entrar en ciertos establecimientos sin compañía es una especie de impronta o estigma que surgió de esos tiempos borracheros veinteañeros, y que indica (al menos cuando Chimo Bayo le daba al 'bacalao') que uno había fracasado en todo, o que estaba preparándose para ser un asesino en serie mientras observaba a los demás desde su oscuro rincón.
Te puedes figurar el cuadro de alguien, en tiernas edades, saliendo solo. Ya no es que fuese una barbaridad; es que además invitaba al escarnio e incluso al vilipendio. Afortunadamente, atravesamos unas irreversibilidades (entre dos irreversibilidades principales que son el nacimiento y la muerte) en las que, por activa o por pasiva, si algo nos importaba mucho, ha pasado a importarnos un rábano. A saber: el picor de bajos, el cuidado del acné, o el 'qué dirán'.
Tu cabeza ha volado hacia el pasado por un túnel. Quizá sea establecimiento, entre sensaciones típicas, olores, efluvios (de los tapices, de los abrigos de la gente al pasar, etc.) te teletransporte al ambiente que había en la chupitería chachiguay con los coleguillas de juventud, escuchando la maravillosa canción de Corona 'The Rhythm of the Night' en placeres intensos sin término.
Mi idea es que vayas haciendo suaves transiciones, porque la irreversibilidad ya te la has comido sí o sí.
Por las mañanas, en días indicados, vas a una cafetería y el olor de la cafetera mañanera, esos ruidos que hace tan chirriantes, te acostumbrarán a la soledad de quienes ahí suelen rondar mirando al infinito mientras esperan a que la máquina escupa el torrefacto. Quizá un breve intercambio de palabras con algún parroquiano que no llega a alcanzar el periódico. Cada cual a su rollo: los currantes evadiéndose; una atmósfera cansada en la que la compañía solo es una circunstancia. Movimientos lentos. Apremia el deseo de llevarse algo a la boca, aunque sea para comprobar que aún no hemos muerto en vida.
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