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Antiguo 14-May-2018  
Usuario Novato
Avatar de Esfer45a
 
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Antes que nada, aquí hay temas de los que ya he hablado en el foro de amor, y a los que multitud de compañeros han dado respuesta. Muchas me han servido, si he sabido aplicarlas o no, lo cierto es que no lo sé. Ojalá nadie se sienta ofendido por que en lo que escriba se vea reflejado que he ignorado algún comentario. No ha sido intencionado, y de hecho, este texto lo único que pretende es servir de desahogo, más que la formulación de nuevas incógnitas.
Todas las preguntas ya han sido formuladas, y todas han sido respondidas. Sólo queda la aceptación, la digestión, y el salir adelante así en los días que se está de capa caída. Escribir esto me ha ayudado a exteriorizar algunas cosas, lo necesitaba...

¿Cuándo se fue todo a la mierda?

Vuelvo la cabeza al pasado, y no soy capaz de reconocer el momento exacto. Ni siquiera puedo discernir si hubo una etapa en mi vida que pueda denominar totalmente feliz. ¿Realmente se estropeó algo en mí? ¿O quizás siempre ha sido así? Siempre hay recuerdos malos y recuerdos buenos. ¿Mi niñez? Aquella vez que me caí en el patio del colegio y me hice una herida en la rodilla… Conservo la cicatriz, a pesar de que fue una herida nada grave. O todas esas veces que lloré porque no obtuve lo que quise. ¿Fue una época feliz? Creo que puedo responder con un rotundo sí. Me sentía querida y segura, con mi familia y mis quehaceres, sin ningún problema real. Era feliz, sí.

De acuerdo, pasemos a la siguiente época. ¿Qué tal el instituto? ¿Era feliz entonces? Adolescencia, pelitos y demás. Pues aquí ya no estoy tan segura. De nuevo, conservo recuerdos buenos y malos, algo totalmente lógico y natural. Sería de extrañar que una persona tan normal y corriente como yo sólo pudiera describir recuerdos de un único tipo. En el instituto, yo era una chica muy normal. Gran aficionada a la lectura, a la pintura, excelente estudiante. Compaginaba diversos estudios de manera sobresaliente, lo que me mereció las matrículas de honor en ambos estudios. Por otro lado, tuve una etapa muy solitaria cuando mi hermana, hasta entonces inseparable, comenzó con los novios. Unas gotas de melancolía tiñen algunos de estos recuerdos. Me volví muy independiente y en muchas ocasiones me encerraba en mi propio mundo, imaginando numerosos personajes que me representaban en escenas de pelea y fantasía, personajes arrojados y valientes, duros,… Lo que yo más ansiaba ser, y lo que aún ansío. Nunca me interesó tener una relación profunda con nadie. Algunos chicos me gustaban, pero nunca tuve novio, ni dejé que nadie supiera que yo tenía algún sentimiento de este tipo. Mi padre se enorgullecía de que lo único que ocupaba mi cabeza, creía él, eran los estudios, y que tenía muy claro que no quería nada con los chicos. Y supongo que yo también pensaba así. Un noviazgo para mí era totalmente impensable, y en cierto modo, cuando mi hermana comenzó a desarrollar su vida amorosa, me sentí ofendida y la juzgué. Pero lo cierto es que también sentía envidia. Así pues, fueron varios chicos los que me atrajeron, y a todos ellos traté de alejarlos de mí con gran antipatía. En mi cabeza, era algo que estaba mal, algo impensable. Algo así me sucedió también con la idea de los “amigos”. No conservo verdaderos amigos de este momento, nunca me impliqué con nadie, y nadie tuvo interés en implicarse conmigo. Me decía, “¿para qué necesitas amigos? No necesitas a nadie más que a ti misma… eres la única en la que verdaderamente puedes confiar”. ¿Por qué pensaba esto? Pues la verdad, no tengo ni idea. Quizás por experiencias aisladas que tuve anteriormente. Como la única vez que le revelé a alguien que un chico me gustaba, y no tardó en contárselo a mi hermana. Una nimiedad, en realidad, común en estas etapas. Al final sobre todo de esta época, el estrés también hacía de las suyas, y la falta de tiempo me drenaba la energía. No daba avío a estudiar y hacer todo cuanto tenía que hacer, que eran muchas cosas extras que hacía por compromiso. Sin embargo, ¿fue una época feliz? La adolescencia es difícil, dicen. Pero haciendo una valoración, creo que hubo más sonrisas que llantos. Tenía una buena relación con todo el mundo, superficial, pero buena. Reía muchísimo. No me preocupaba demasiado por lo que pensaran de mí, no tenía tiempo para eso. Una vez reí tanto que me salió coca-cola por la nariz (muy educativo, querido instituto, vendiendo coca-cola en la cafetería). Me conocían además por ser una persona muy alegre… Ya casi no recuerdo lo que se sentía al saber eso. Era muy halagador. Aunque ciertamente, no podría dilucidar ahora si se trataba tan solo de una fachada o era real. De verdad, no lo sé. Tenía muy mala autoestima, no pensaba que pudiera gustarle a algún chico alguna vez. Y aún hoy me acomete esta visión de mí en ocasiones. Hay días que recuerdo mi vida de una manera, y días que la recuerdo en el otro extremo. Así que, ¿qué es lo real? ¿Es esto normal? ¿Cambiar tu percepción del pasado cada día? Supongo que es posible, según el humor que se tenga.

Así pues, concederé que hasta aquí la cosa no iba mal. Quizás mi ánimo estaba ya un poco podrido, pero creo que después hubo momentos peores.

El cambio del instituto a los siguientes estudios. Seguí estudiando a la vez dos carreras. ¿Fue difícil? Fue exactamente igual que el año anterior, pero eso precisamente era lo que me destrozaba. Nada cambiaba. Había terminado una época y comenzaba otra, pero lo cierto es que seguía habiendo más de lo mismo. Mis esperanzas de tener una vida normal, dedicarme a estudiar lo que realmente me gustaba, quizás descansar algunas tardes, comenzar relaciones y demás se veían truncadas. Podría haberme plantado y decidir mi camino, pero en ese momento la presión que sentía por lo que opinaba mi familia era desmedida, y me limitaba a ir dando tumbos por el pasillo que había construido con lo que creía que otros pensaban que tenía que hacer. Mi padre, mi abuela… Continuar sólo con lo que me gustaba era un desperdicio, con la cantidad de puertas que podría tener abiertas. Tardé casi cuatro años en reunir el valor para tomar la iniciativa, y aún en ese momento, he de admitir que fue increíblemente difícil, pero ya entraré en detalle más adelante. Así pues, casi arrastrando mi voluntad, me metí en ese tren. De nuevo, notas excelentes… ¿Felicidad? Es que no lo sé. Vuelve a haber recuerdos de todo tipo. ¿Cómo decidir cuáles de ellos tienen más peso? Sea como sea, aún en este momento conservé mi -¿aparente?- alegría. A la finalización del curso estaba totalmente destrozada, sin fuerzas para seguir estudiando. Dormía muy poco, y el año siguiente aún menos. Pero ese año conocí a un chico. Y Dios, cómo me gustaba ese chico. Me gustó lo suficiente como para renegar de mis valoraciones negativas acerca de los noviazgos y aventurarme con él. Me encantaba su voz, sus ojos, su personalidad… Todo en él me maravillaba. Cada día que creía que podría encontrarme con él me vestía lo mejor posible (lo cual para mí significaba ponerme unos vaqueros, una camisa de asillas y unos tenis), bajaba a la cafetería asiduamente y lo buscaba con la mirada en cada sombra en el pasillo. Muchas veces él ni siquiera aparecía, lo cual deprimía el resto de mi día. Pero cuando lo veía, cuando finalmente empezó a hablarme, mi estómago se encogía y mi cuerpo era un torbellino de emociones. Realmente me gustaba este chico, el que es de hecho mi actual novio. ¿Parece que todo ha ido muy bien, verdad? ¿O quizás no? Hasta el momento en que los acontecimientos finalmente se precipitaron dando como resultado nuestra relación, ni siquiera creí que él sintiera algo por mí. Me saca nueve años, así que era alguien inalcanzable. No sabía nada de él, si tenía novia (de hecho creí que la tenía durante un tiempo), de dónde era, por qué faltaba tanto a clase… Sólo sabía que me gustaba irracionalmente. ¿Qué esperabas bonita? ¿Enamorarte de quien quisiera tu razón? Incluso empecé a conocer a otro chico, pero lo cierto es que nunca me interesó y me distancié. Lo único que podía pensar era, “yo no quiero a este… yo sé a quién quiero. Por favor, Universo… dame al chico que quiero… por favor, por favor…”. Y para mi sorpresa y felicidad, el universo me lo dio.

Ese año terminó ciertamente bien. Hastiada de los estudios, pero ya por fin tenía más amigos y, por Dios, mi chico. El Chico. Cómo me gustaba, qué feliz me sentía, era una sensación indescriptible. Nunca hubiera pensado que fuera entonces, cuando parecía que todo tornaba a mejor, cuando se iría todo a la mierda. ¿O quizás la mierda había estado siempre ahí? ¿En mi cabeza, esperando agazapada para estropear todo lo bueno que viniera? ¿Fui yo quien lo estropeó todo? ¿Quien cogió la pala y empezó a echarse tierra encima, sin ni siquiera cavar la tumba antes? No lo sé.

Es posible…

De hecho… estoy segura.

El Chico (hay que decirlo, el mejor Chico del mundo aún hoy por soportarme) fue mi inicio en todos los aspectos del amor. En todos los aspectos. En todos. Incluido el sexual. Así pues, mi vida era ahora una aventura trepidante llena de descubrimientos, nuevas sensaciones, y sobre todo, nuevas incógnitas. ¿Cómo tenía que reaccionar ante ciertas conductas que no me gustaban? No lo sabía. ¿Debía decirle las cosas que me molestaban? Sí, pero no me atrevía. ¿Debía decirle lo increíblemente enamorada que estaba de él? Gracias al cielo que no lo hice, porque ahora sé que lo habría espantado. ¿Debía haberle hablado cada vez que me apetecía? Supongo que sí, pero toda mi vida había sido antipática con los chicos que me gustaban, era algo contranatura. Además, ¿y si lo agobiaba?… Muchas preguntas me acometieron, y todas las decisiones que tomé en consecuencia fueron las erróneas. Como si se tratara de un libro interactivo, siempre elegí la opción que llevaba a la muerte.

Si elige meterse en la mierda vaya a la página 213… Claro, de cabeza.

Creo que los dos años siguientes, han sido de los peores años de mi vida, objetivamente hablando. Desde luego, estadísticamente, hubo más llanto que sonrisas, hubo más miedo, más sufrimiento, más impotencia, más silencio…

Una de las peores manías que tuve al principio fue callar. Callar y retenerlo todo en mí. “Tú eres la única en que pues confiar…”, ¿recordáis? Parece que la mierda siempre estuvo ahí… Me costaba la vida abrir mis sentimientos a la nueva persona con la que me encontraba. El Chico, además, era muy reservado con nuestra relación. Y en cierta manera, se la ocultaba a algunos colectivos. Así pues, yo sentía que no podía decirle a nadie nada sobre nuestra relación, así que sólo hablaba de ello cuando era estrictamente necesario. Y bueno, lo que más me destrozó fue la relación que él mantenía con su exnovia, que no voy a detallar a continuación. Ya lo he hecho otras veces, y recordar de nuevo todo aquello es como clavarme un puñal con sangre seca y vieja una y otra vez, en los ojos, en la lengua, en el estómago. En resumidas cuentas, llevaban una relación de la que me excluían, iban al cine juntos, a cenar, a almorzar, a ver películas a la casa del otro y en definitiva llevaba - a mi parecer - una vida de pareja con ella, en lugar de conmigo. Sus padres no supieron nada de mí hasta un año más tarde, de hecho, pensaban que estaba con ella de nuevo.

Cómo me cansa escribir esto. Ya lo he hecho en otras ocasiones, y sólo siento dolor y hastío. ¿Por qué vuelvo a hacerlo? Quizás porque en el fondo existe algo de masoquismo en mí, quizás como medio rastrero para justificar mi actitud… no lo sé. El caso, es que nunca dije nada acerca de eso hasta un año más tarde. No entendía por qué lo hacía, pero no me sentía con el derecho para opinar. No quería que él pensaba que yo era una celosa, y mucho menos quería aceptarlo yo. Pero llegó un momento en que no pude más. Literalmente.

No…
pude…
más…

Ese curso había seguido con las dos carreras, las responsabilidades me sobrepasaban, todo el día estaba encerrada en alguna de las universidades en clase, mientras el Chico intimaba con su mejor amiga y exnovia. Yo me fustigaba cada día, me trataba mal y me hablaba con desprecio, me gritaba a mí misma: “¡¿Cómo puede molestarte?! ¿Qué derecho tienes tú? ¿Cómo vas a decirle nada? !TÚ NO ERES NADIE PARA OPINAR SOBRE SUS AMIGOS? ¿CÓMO VAS A DECIRLE QUE TE MOLESTA SU AMIGA? ¡¡ESTÁ MAL QUE PIENSES ASÍ!!”

Cada día lloraba. Cada día. Lloraba y callaba.

Y lo juro. Juro que siempre he puesto toda mi alma en ser una buena persona, en ser equilibrada, en respetar a todo el mundo, en ser la versión ideal de mí misma. Dios, lo juro con todo mi ser. Y mientras lo hago me saltan las lágrimas. Porque lo he intentado, y lo sigo intentando… Pero aún así, no pude… Traté de convencer a mi cabeza de que también quisiera a esa chica. Leí libros de autoayuda con el único propósito de enseñar a mi cerebro y a mi cuerpo a aceptar y querer la situación. A alegrarme por él, por su amistad. Pero no pude…

No pude…

¿Por qué no pude?

¿Por qué?

¿Por qué pienso de la manera en que pienso?

¿Por qué siento lo que siento, si sé que está mal?

¿Por qué no pude cambiar?

Lo intenté, juro por mi vida que lo intenté.

Por mi vida…

Fracasé.

Y reventé… y todos buscaron con la mirada a Pandora, pero esta vez fue una chica de veinte años que era ni más ni menos que… bueno, yo.

A el Chico, el mundo que había conocido se le vino encima. Todo lo que creía acerca de su novia se desmoronaba, y se daba cuenta de que todo había sido… ¿una ilusión? Un año más tarde, me dijo que para él ese fue el momento en que todo se fue a su mierda. El año anterior, cuando yo aún no me atrevía a decir nada, había sido de los mejores.

Qué ironía hay en todo…

Cómo duele…

A raíz de esta discusión sólo sobrevino un año de discusiones y llantos. Yo aún no sabía manejarme demasiado en eso de comunicarme con las personas, así que he de admitir que gestionaba muy mal mis sentimientos. Él quedaba con su exnovia a escondidas para no causarme daño, y blablabla. Mierda y más mierda. Yo le proponía quedar los tres, quedar con otros amigos, pero él no quería y demás. Él quedaba muchísimo menos con ella, muchísimo. Pero mi cuerpo la rechazaba de igual manera.

Sí… una novia realmente odiosa, lo admito y me avergüenzo.

Había momentos en los que yo simplemente me agazapaba y apretaba todos los músculos del cuerpo, mientras intentaba hacer salir a mi alma, si existe, de mi cuerpo. Y dejarlo allí inerte, mientras yo abandonaba el mundo. Si fuera posible morir así, habría muerto. Estaba, cómo decirlo… cansada de vivir. La vida en sí me parecía, no sé… ¿demasiado esfuerzo? La mejor palabra que describe esta sensación es cansada. Estaba cansada de vivir, y sé que me repito, pero es que no hay mejor expresión. Él me decía que yo desvariaba, que cómo era posible que me molestara lo que él hacía. Me sugirió visitar psicólogos. Me dijo que algo en mi cabeza estaba mal. En su defensa, todas estas cosas que me dijo fueron para ayudarme. Él quería ayudarme. Pero yo ya lo había intentado, ¿se acuerdan? Y tampoco ahora funcionó. Las dos carreras me ahogaban, me asfixiaba, creo que en cierta manera estaba muriendo un poco cada día. Finalmente en esta época, cuando ya parecía que no tenía nada que perder, fue cuando me atreví, con mucho dolor, a defraudar a mi familia y abandonar una de las carreras.

En cierto modo, es vergonzoso, ¿verdad? Una persona como yo, que lo tenía todo, un novio que la amaba, una familia que la apoyaba (aunque les costara reconocer el cese de una de las carreras, los aceptaron), comida todos los días… Lo tenía todo… Lo tengo todo… ¿Cómo podía estar hundida en la mierda?

¿Y estaba enamorada? Yo creo que sí. La gente nombrará el apego y demás. Y quizás me equivoque, pero yo creo que estaba enamorada.

Hasta que finalmente, hace poco, me dejó…

Sí, me dejó.

De los peores momentos que he pasado en mi vida. Pero es algo que hay que vivir, ¿no es cierto? Todo el mundo pasa por ello.

Me dejó durante una semana. Entonces volvimos con lo que él decía que eran mis condiciones, aunque a mi parecer eran un término medio para los dos.

Y me volvió a dejar, lágrimas amargas.

Y ese mismo día volvió. Yo lo acepté. Y llevamos meses en los que simplemente acepto lo que hace porque quiero estar con él. Ya está. Es lo que intenté hacer al principio, pero no conseguí, aunque la situación ha cambiado muchísimo. Si todo fuera como al principio, aunque me cueste admitirlo, tampoco podría aceptarlo hoy.

Soy muy injusta con el Chico, él me quiere muchísimo, y yo lo quiero a él. Lo que hace no debería perjudicar nuestra relación de ninguna manera, al final, no está haciendo nada malo. Es la verdad.

Sólo me queda callar e intentar reeducarme de nuevo a mí misma. Razón y sentimientos siguen chocando, pero hay un nuevo factor que consigue apaciguarlos, el aburrimiento, que dice: “¿De verdad, Sentimientos? ¿De verdad, Razón? ¿Estáis otra vez con este tema? ¿Lo que discutáis va a cambiar algo? Entonces, ¿qué hacéis? Ya sabéis cómo es la vida. Tú, Sentimientos, ya sabes que Razón está en lo cierto. Tú, Razón, ya sabes que no puedes dominar a Sentimientos. Así que a callar, y cada uno a llorar a su rincón del cerebro”.

Y me agarro a los buenos momentos que tengo con el Chico cada día. Son mucho más que los malos momentos, pero hoy parece que estos últimos tuvieran más peso. No era así ayer, con suerte no será así mañana.

Pero no puedo dejar de preguntarme… ¿Qué es? ¿Qué es lo que está mal en mí? ¿Qué lleva a una persona a desarrollar celos? ¿Qué? Nunca tuve novios antes… Nunca he tenido una buena autoestima… Supongo que la respuesta deberé buscarla por ahí…

Tengo 22 años y ya tengo arrugas en la frente.

Pero entonces… ¿Cuándo fue? ¿En mi niñez? ¿A lo largo de toda mi educación? ¿Después del colegio o del instituto? ¿El día que me dijeron que era más fea que mi hermana? ¿El día que comencé una relación?

¿Cuándo fue?

¿Cuándo se fue todo a la mierda?
 
 


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