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Antiguo 08-Jun-2016  
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No es que sea precisamente una experta en estos temas. De hecho, creo que nadie lo es. No vinimos a la vida con un manual de instrucciones para saber cómo vivirla. Al final resulta que la vida nos sorprende con experiencias que jamás sospechamos que nos iba a tocar vivir, (nunca digas de este agua no beberé, que gran verdad) y de pronto nuestros principios, nuestras concepciones, nuestros esquemas se vienen abajo y no nos sirven para nada, no sabemos cómo actuar. Toca mandar a la mierda todo convencionalismo, regla, o estándar de conducta para actuar conforme a los dictados de la conciencia, de nuestro corazón. En definitiva, creo que eso es aprender a vivir, o simplemente vivir, pero no todo el mundo es capaz de hacerlo.

¿Por qué? Porque vivimos en sociedad. Y se quiera o no, cuando se vive en sociedad la mentalidad del grupo prevalece sobre el alma del individuo. Adoptamos determinado estilo de vida, determinadas normas, comportamientos, tradiciones, costumbres, prejuicios, … ¿valores?, si, “valores” también, incluido el “ideal” del amor.

No sólo la experiencia propia, sino también la de otros, me ha hecho comprender cuál es la concepción del amor en nuestra sociedad “moderna.” Hoy el amor no es una unión sagrada entre dos personas por la que vale la pena apostarlo y arriesgarlo todo. He visto, sentido y escuchado hasta la saciedad como al enamorado tratan de reprimirle sus sentimientos. Hoy un enamorado que se entrega sin reservas a la persona a la que ama, o a cuyo amor aspira, es confundido con un ser digno de lástima, con traumas, con carencias afectivas que le hacen aferrarse a cualquier cosa, que “está encoñado” o, en el peor de los casos, un desesperado, un desequilibrado emocional, o alguien que sólo puede ofrecer un amor absorbente y posesivo.

Vienen aquellos gurús de la seducción a decir cómo debemos comportarnos, cuanto tiempo debemos tardar en responder una llamada, o a un mensaje, que al tiempo que damos, también hay que quitar, (una de cal y otra arena) no sea que la otra persona sepa que estamos muy enamorados y perdamos el misterio y el encanto. En afirmaciones como esta, estamos aceptando implícitamente nuestra baja ralea y deficiente calidad moral, porque, lejos de corresponder, o al menos respetar, los sentimientos de quien nos ama, lo vemos como un ser inferior sin merecimientos, lo despreciamos, y si podemos abusar de ese amor, siquiera sea para alimentar nuestro ego, lo haremos.

Dicen que tenemos que conservar nuestro espacio y respetar el ajeno, como debemos vestirnos, caminar, mirar, o actuar… Si, resulta que hoy algo tan precioso, natural y emocionante como la conquista se ha convertido en una performance, una actuación, un teatro patético. Digno de nuestra sociedad moderna, donde todo es una mentira, todo es artificial, ilusorio, engañoso. Muy pocas personas se muestran a cara descubierta como son en realidad. Quizás esa sea también la razón de tanto fracaso sentimental. La gente sólo compra la apariencia, y correlativamente, todos se esfuerzan en inventarse una versión mejor de si mismos... que no existe ni se puede fingir por largo tiempo.

Pero lo peor de todo, es que una vez hemos cazado a la presa, a base de estratagemas ridículas y trampas, ese “amor conquistado” tiene fecha de caducidad. Los “expertos en la materia” nos vienen diciendo que el amor se va en cuatro años, o siete, a lo sumo. Tanto esforzarse en diseñar estrategias amatorias para luego, a la postre, a corto plazo no haya valido la pena tanto empeño. He visto matrimonios a cuya ceremonia asistí, y en aquellos tiempos parecían resplandecer de ilusión y emoción, para, a la vuelta de diez años, no aceptar que se debe entrar serenamente en la etapa madura de la vida, y que ese amor apasionado del comienzo, debe transformarse en compañía sosegada, apoyo, cariño… un amor aún más profundo.

Lejos de aceptar que tomaron la mejor decisión de su vida al casarse, se muestran hastiados, arrepentidos, se miran con cara de asco, se irrespetan. No aceptan la madurez, mucho menos la vejez, que a todos nos llega irremediablemente, y piensan en vivir una segunda juventud, algo que nunca, jamás, volverá.

A veces, voy por la calle, y todavía puedo ver paseando a dos ancianos tomados de la mano y no puedo hacer otra cosa que admirar tan grande gesto de ternura y pensar en lo que nunca jamás yo podré tener.

Esto es una apreciación totalmente personal. Dentro de la regla general habrá alguna excepción.
 
 


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