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Antiguo 21-Oct-2020, 08:34  
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No sé si me caí o me empujaron, o me tiré, pero que me iba a matar del salto era claro. Comencé a llorar y veía aquellas gotitas flotando, horrible que mi llanto me sobreviviera. ¿Podrán ganarse la vida mis lágrimas cuando ya no esté? Creo que me dormí aquí.

Al despertar, sabía que no estaba en mi cama y no caí en la realidad de golpe (eso ya llegará, pero pospuse el pensamiento). Aun así no miré hacia abajo, y por la fuerza de la costumbre me preparé un café con leche. Y también llegó la hora de comer, y comí algo ligero, solo fruta, porque tenía miedo a vomitar (y que mi vómito me sobreviviera). Pasé el día en recuerdos felices, que son los recuerdos que más dolor producen. Así que al caer la noche me dio más miedo ir a dormir que seguir cayendo, fue una suerte que no pudiera recostarme; en efecto, no se razona igual en horizontal que en vertical. Si yo lo hubiera sabido antes de caer…

Con el pasar de los días no fui olvidando ni mi situación ni mi destino (estás cayendo, te vas a estampar contra el suelo con tal fuerza que hasta tu sangre se romperá, puede que tus pulmones hagan un último intento por inflarse…). ¿Me dará tiempo a preparar unas cocochas de bacalao con almejas? Después, mientras lavaba la marmita, pensaba que menos mal que aquella no iba a ser mi última comida; solo hice el guiso porque no lo había probado y me hablaron tan rico de él… Nunca más haré caso de lo que otros me digan; lástima que, al igual que soñar de pie, lo esté aprendiendo mientras caigo.

No sé por qué me he comprado ahora una casa, ya tenía la mía, ¿no? A ver, no me resulta muy decoroso no tener casa durante la caída. Al menos esta casa se estrellará conmigo. La he amueblado y no he prescindido de poner una cama: por el día reposa en el suelo de la habitación, por la noche se abate y duermo en ella de pie; cayendo, pero de pie. Puede parecer incómodo estar todo el rato de pie y sin hacer pie, mas tiene sus ventajas; por ejemplo, me paso el día en tacones y tan fresca. ¿Y qué decir de mi pelo flotante? Como salido de un anuncio de Pantene. Hay días en los que me pongo vestidos vaporosos e imito a viejas divas de Hollywood frente a los ventanales de mi casa barridas de viento las cortinas de tul. Por faltarme algún detalle, me es imposible encender el cigarrillo en su larga boquilla, y es lo que echo en falta: fumar. Cualquiera podría pensar que soy una egoísta que ni tan siquiera se acuerda de su gato. Eso me atormenta, yo no quise que mi gatita cayera conmigo y, porque la amo, la alejé de mí en el momento que no bien recuerdo. Es cierto que sentí alegría cuando la descubrí saltando sobre mi cama vertical y acurrucándose de uñas a mi lado para dormir, como en la otra vida, juntas. Sentí pena porque como la casa, como los zapatos, como la marmita limpia y guardada, como las cortinas…; como este mundo y como yo, iba a dar en el suelo y morir todos. Ojalá sepa yo al igual que ella caer de pie. Entre tanto, vivimos sabiendo que moriremos. ¿No es lo mismo que no cayendo? Yo diría que sí, la riño cuando me araña las cortinas y ella corre y nos reímos.
 
Antiguo 22-Oct-2020, 18:52  
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La paja

Me aprieta mucho y me duelen las costuras. Me siento así, como un espantapájaros clavado y torcido en mitad de un pantano. Quizás en otro tiempo más feliz —o menos despierto— giré al sol y al viento en un mar limpio y dorado de heno, respirando y tosiendo las briznas con las que los gorriones en sus baños de hierba me salpicaban mientras llenaban sus barrigas —solo imagino que podría echar algo así de menos.

Lo que me atenaza es la paja. Es una paja espesa, primitiva, cargada de lluvia sin solana ni oreo, que ha creado su propia estructura coralina para no pudrirse, casi ajena a los dos palos que la sostienen si no fuera por la carga que les supone. Por ese mundo de fibras tan entramado late la niebla del pantano, no sé cómo entra tan fácil, pero parece no encontrar la forma de salir. A veces pienso que si al fin se abriera una de mis costuras me desangraría en niebla. Podría parecer algo plástico considerar esa bruma como el hálito de un espantapájaros lloroso que exhala su alma.

Pues, no, poco más que un humo frío. Y ojalá que tuviera un fin más plástico, o flexible..., o aceitoso. Porque la cuerda que me cose es áspera y no cede mucho y la arpillera de mi piel parece polvorienta aun en este páramo, pero entre puntada y puntada, alguna broza se desliza a trompicones, y es un alivio.
 
Antiguo 23-Oct-2020, 18:21  
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Madame Zirinka

No era rusa aunque tampoco francesa. Su padre no era un conde francés, ni era su padre un condenado franchute. La llamaron Madame Zirinka porque en contra de la costumbre le daba por servir la mesa a la rusa. Y después ya comenzó a hablar con el acento ruso de las pelis.

Y porque tenía una bola de cristal...

Se ponía su turbante azul, el colgante con la cabeza de Nefertiti en lapislázuli, una pulsera que parecía de los etruscos, la sortija (no sé si vikinga o visigoda). Y su sortija de ojo de gato. Los pendientes de ojo de gato, que eran alargados igual que lágrimas. Así los decía: «¡lágrimasss de gato!».

Y salía a pasear.

Siempre llovía al cabo de unos minutos. Incluso en los días más claros, como de azul ojo de gato, el cielo comenzaba a oscurecerse y se llenaba de rayones igual que su Nefertiti. De pronto se partía, pareciéndose más al brazalete etrusco. Entonces abría el paraguas y nos volvíamos para casa.

Había probado a desayunar donuts, pero el tiempo no mejoraba.

Si salía en coche, el cielo aguantaba. Y las nubes corrían. Madame Zirinka decía que le perseguía un rinoceronte negro y para animarse colocó pegatinas en los retrovisores en las que se leía: «La distancia real es mayor». En el asiento de atrás yo me comía el doughnut (Zirinka prefería pronunciarlo así, con acento ruso-americano).

—Vaya, 102 000 km. Me separan dos mi kilómetros del pensamiento cien mil y nadie me dio una suite y desayuno gratis por ese gran pensamiento —decía enfadada mirando el cuentakilómetros.

Ese día solo haríamos 2 km y ningún pensamiento.

Ya en casa nos sentamos mirando el tapiz que colgaba encima del sofá. Era una escena de la caza del zorro. «Rhaposso», marcaba Zirinka entre sorbos de vodka Eristoff. Y me contaba la historia de un perro que hubo en su casa. Un setter negro que en ocasiones volvía con los ojos rojos y humeantes a juego de la escopeta del cazador. Como ella era pequeña, le puso ingenuamente de nombre Zar. Y, ajena a la tragedia de las perdices, les arrancaba las plumas para sus disfraces. Zirinka solo sabía que debía hacerlo mientras aún estaban calentitas porque después no había manera. Y era feliz...

—¿Sabeshh?.... —Y marchó a la habitación a buscar su broche de cristales de colores— ¿Ves este pavo? Porque es un pavo aunque dobla la pata como una grulla. Su cola está llena de colores. Algún día tendré un pavo y no le arrancaré las plumas. Se las peinaré y le daré gracias. Se llamará Thanskgiving, y también me compraré otro tapiz. Será una copia de El quitasol, de Goya.

—Ese perro tiene las orejas desgarradas —me decía (y era cierto, al perro del cuadro le colgaban jirones de aquellas orejas tan grandes, parecía un conejo al que hubieran obligado a llevar unos aros pesados y gigantes).

—Se le han roto las orejotas porque ha ido al bosque y se le enganchaban todas las zarzas. Yo las tengo pequeñas y me pasa igual —gruñía Zirinka.

Lo que realmente sucedía es que Madame Zirinka, a quien no le gustaba traspasar con ruidos la pared de su casa, necesitaba, literalmente, meter el ruido en la cabeza, pero sus orejas no soportaban el peso de los cascos, menos podía incrustarse nada allí. Ella lo hacía. Y acababa con las orejas hechas cisco.

—No se puede ir al bosque sin capucha —decía Zirinka moviendo la cabeza.

—Mejor no ir al bosque —pensaba yo. Y también pensaba que eran mejores los pavo-grullas o los conejos que los perros y los rhapossos.

Cuando ya estaba medio ebria, ella tan sobria en sus palabras acababa contándome una extraña historia No soy capaz de repetir ni media palabra.

A la mañana siguiente, con el día tan despejado que daba pena salir a pasear, cogimos otra vez el coche y fuimos al bosque. Yo iba con más miedo que un setter desgarrado y ni siquiera probé los donuts. Pero llegamos a un bosque bastante raro porque no había ni un árbol.

—Es un exbosque —dijo Madame Zirinka.

Nos bajamos allí y cerramos los ojos. Yo pensaba que iba a llover como nunca, pero lo que sentí es que me mareaba muchísimo. Estaba a punto de caerme cuando ella y yo abrimos los ojos a la vez.

—Mira abajo —me dijo Zirinka. Y el suelo iba hacia la derecha—. Mira ahora el cielo —añadía. Y este giraba a la izquierda.

—La Tierra es un reloj, y el cielo es otro, pero va al revés. Las malditas nubes siempre quieren ir hacia atrás. ¡Mis piedras no tienen la culpa de que se nuble el cielo! Es el tiempo. El maldito tiempo que se obstina en volver al pasado. Antes hacía malo y nos quedamos en casa. Cuando hace bueno, salimos, y es por eso que tenemos que vivir con esas nubes que ya no están. Pero de noche, cuando sale la Luna, las nubes vuelven a su tiempo y no paseamos. Entonces es la Tierra la que se empecina en ir en contra, vuelve loca su maquinaria, quiere desandar todas las horas que sacaba de ventaja. Pero la Luna tiene su vida aparte —zanjaba Zirinka y parecía reñir al cielo, a la Tierra y a todo chichirimundi.

El brazalete etrusco y el colgante de Nefertiti cubrían dos lunares secretos de Madame Zirinka. Solo se quitaba sus joyas de noche. Colocaba las sortijas, la vikinga (o visigoda) y la de ojo de gato hacia la ventana abierta, como si fuera la mirada de un gato impar. Guardaba las lágrimas de gato en un estuche de terciopelo negro y encima colocaba un despertador roto. Y siempre se quedaba un rato dando vueltas...

—Tengo la sensación de que me olvido de... Parece que me dejo algo… —susurraba a medio dormir Zirinka.

Yo le lamía y arañaba un poco la mano. Al amanecer dormía y se le caía el turbante, y ya podía robarle los zapatos.
 
Antiguo 24-Oct-2020, 18:20  
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Rodadoras del desierto

El sábado es un buen día, como cualquier otro, para descansar de la vida. Después de toda la semana en los quehaceres obligados, quizás el sábado escoge a más personas que ellas a él para vaguearse. Pide cosas sencillas; si no, es otro día. A mí: madruga porque te apetece; cocina o no cocines, pero lo que te guste; siestea y ve algún programa del corazón…; si limpias algo, que sea con agua, porque te mola (no planches ni pases la aspiradora, que lo odias); cuida las plantas de tu balcón mientras contemplas el parque (esto es importante, quién sabe si en algún momento un extraterrestre o un monstruo o un ave de paso pudieran escalar ahí o hacer escala); y, sobre todo, anda descalza sobre todo.

Paso el día, desde que llego, sin nada. No es solo placer, es forjar el mundo en el suelo: superficial, rastrero. Cuando pisas con los pies desnudos, lo primero que te cambia es el equilibrio, luego, ves madera, gres, alfombra… sin bajar la vista. Los pies dan sentidos más allá del tacto. Salir al balcón a regar y dejar que el viento suelte hilillos de agua que mojan tus pies y a la gata que salta sobre ellos me da sentido. Base, fundamento, razón, ¿piensan o pisan?: te apoyan siempre. Y necesitan de igual forma, si no una palmadita en la espalda, que les digas que todo va a ir bien.

Un día cualquiera sobrevives en el sofá, el sábado es decadencia felina. Asediadas por cojines, mi amigata y yo jugueteamos con nuestra mascota: la tele. A veces es invisible, puede ser la banda sonora de un rato de sueño o la fogata del neandertal. Daban una tópica peli del Oeste, en el Salón un grupo jugaba al póquer, las chicas bailaban en el escenario al ritmo de una pianola, en la barra se tomaban chupitos de whisky y zarzaparrilla..., me dormí, ...y aparecía rodando una de esas bolas secas que presagian un duelo o la llegada de los malos al pueblo. Esas rodadoras, aparentemente secas, se valen de su redondez hueca y borrosa para viajar y solo echan algo parecido a raíces cuando encuentran un lugar que les gusta o esparcen sus semillas y siguen girando. Algunas me recuerdan a las pelusas que deja mi gata por el pasillo, pero hay otras más definidas, abrazadas de abrojos. Son como pajareras. También me recuerdan a las representaciones del Sagrado Corazón, latiendo y destellando entre espinas.

¿Y si esas jaulas van rodando en busca de un ave? Tendría esta que volar al ras —o ser un grajo con mucho frío—. A lo mejor, esas rodadoras solo quieren rodar descalzas y simulan ser pajareras, o les gustaría salir en un spaghetti western de sábado, puede que haya otras que rueden con un ave encarcelada o volteen un corazón en llamas por mil campos igual que una calabaza de Halloween. ¿No son los pájaros y los corazones los descendientes de los dinosaurios y el póquer?
 
Antiguo 27-Oct-2020, 11:01  
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La bestia

No tenía tiempo ni ganas de cuidar de una mascota. Pero él, erre que erre, quería un animalín…, un animal in para salir al parque y no parecer un loco solitario. Así que se compró una correa e inventó un animal fantástico, un perro extraordinariamente tímido que era capaz de invisibilizarse.

Podía andar despacio arguyendo que el bichillo era lento. Se sentaba en un banco a leer y cuando quería levantaba la vista de su libro con descaro, pues, claro, tenía que cuidar de su ¡¡¡preciosa mascota!!! De esta forma trabó amistad con cuantos bajaban al parque a sus correspondientes. Que son todos los días los mismos todos. Y la misma conversación, que gira en torno a vacunas, alimentación, cuidados, enfermedades, gracias, saltos…

Y esas conversaciones tan inocuas por triviales le llegaron a producir un sentimiento de amistad hacia los paseadores como él, y a pesar en la conciencia por haberse inventado aquel ser fabuloso. Pensó que lo mejor sería confesarse.

—En realidad, solo soy un solitario que buscaba compañía —soltó mientras miraba la correa, tenía que hacerse cargo de su adiestrada mentira.

Pero se entretuvo, una vez más, en recrear la conversación con sus vecinos de banco…

—¿Es una mascota?
—…
— ¿Qué tipo de mascota?
—…
—¿Y se puede llevar con correa?
—…
— ¿Es doméstica o salvaje?

No sabía qué decir.

—¿Cómo pondré el bozal a la mentira?, si se escapa…, ¿será peligrosa? —pensó.
—¿Es lícito matarla, o en la recámara hay que llevar dardos anestésicos? Si fuera un perro, pero es que…, ¡no!, mejor no seguir mintiendo. ¿Y si es un gato? —siguió pensando.
—No se le puede poner correa a los gatos —le respondió su mente.
—¿Y si la mentira fuera una iguana? Una iguana llamada Soledad. ¿Puedo poner el terrario sobre un carrito? —le suplicó a sus pensamientos.
—Añade una bocina, y al parque, a vender cucuruchos vacíos. A presentar tu soledad en soliedad. Le lanzamos freesbes o cargamos con ella al estanque para tirarle cachitos de pan como a los patos —le espetó su cabeza con bastante mala leche.

Al fin, dijo algo a sus compañeros de banco:

—Es una soledad.

—Y esa soledad… ¿es adoptada?, ¿recogida?, ¿callejera?
—¿La compraste en una tienda?, ¿con pedigrí o garrapatas?
—¿Qué come una soledad?, ¿pienso, latas, gominolas, ratoncitos, mariposas, lagartijas, cucarachas, regaliz…? —no paraban de preguntarle.

—¿Se puede amaestrar a la soledad para que nos traiga las zapatillas y el periódico cuando lleguemos a casa? Después de haberla dejado todo el día sola… —se preguntó de nuevo mentalmente.
—Sí, claro, cuando nos aburra la subimos a un coche y la llevamos al monte para pegarle un tiro. O la dejamos en mitad de una autopista. Si la soledad se nos hace numerosa, la metemos en una bolsa de basura y la arrojamos a un pantano. Con suerte, la bolsa se quedará enganchada en un árbol, a cocerse al sol —le soltó sin miramiento su malhechor cerebro.

—¡Stop! ¡Stop! ¡Stop!
—¡Que no soy un perro! —le chillé, harto ya, desde el otro extremo de la correa.

Y se quedó callado, estupefacto de oír la voz de un ser invisible que no existía.

—Pero si me paso la vida tirándote piedrecillas, y tú siempre buscando explicaciones fantásticas… Que si pequeños aerolitos provenientes de un planeta lejano habitado por una especie mutante de alienígenas enanos que pretenden abducirte, a ti, el nuevo Gulliver… O ¿qué me dices de esos otros? los seres que viven en el centro de la Tierra y que se perdieron en nuestro mundo. Sí sí, te tiran las piedras para que tú, conocedor de los secretos de Admunsen, les busques el camino de regreso a su inmundo. Y, perdona, pero, como eres tan tonto, hasta recogiste un palito con el que escarbar entre las hojas y medir los rayos de sol calendario juliano en ristre y silbato para agrupar en fila de a uno a los pequeñísimos centrícolas… Disculpa, ¿no te parece sospechoso el asombroso parecido de tus acólitos con las hormigas?

¡Ay!, qué sería de él si no estuviera yo al otro lado de la correa sujetándole.

—Pues que lo sepas. No soy ese perrín tímido e inexistente. Ni una iguana, ¡por Dios! Y tampoco soy invisible. Todo el mundo me ve. Admiran mis bellas plumas de cola de gallo y los craquelados pespuntes en la vidriera de mis escamas de tantos colores que optimistas y pesimistas desean ver el mundo a través de mis cristales. Cuando los párpados muestran mis ojos el sol hace cabriolas y guiños queriendo llamar mi mirada… Si mi lengua busca tu mano y a lengüetazos ha de abrirse paso de mosquitos, libélulas y mariposas que intentan pegarse y enrollarse en ella. Las hamburguesas, el demonio y hasta el mismísimo Georgie Dann se pelean por el fuego de mi boca —le solté de un golpe.
—…
—Y hoy, que por fin he hablado, mira a tu alrededor, el suelo cuajado de ruiseñores desmayados. Y las margaritas, que como todo el mundo sabe son las enfermeras de los pajarillos, les abanican con los pétalos que se arrancan por ¡¡¡¡¡¡mííííííííííííííííííííííííííí!!!!!! —le grité.
—…
—Los dientes de león florecen como relámpagos y bailan frenéticos el reggeaton sacudiendo sus nubes de amor en el placer de ser estornudadas por mis narices. El mundo en silencio por contener el éxtasis de mi voz —terminé.

¿Y él? Está callado, barruntando conspiraciones del gobierno, de marcianos, fantasmas, vampiros, brujas, gitanos, indios y wolfmen varios…. Y ya no escucha mi voz. Entre el lío de sus sesos me enrosco y me enroco. Lo araño con mis uñas de diamante y él se toma un naprosyn con una cocacola.
 
Antiguo 28-Oct-2020, 10:00  
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Me refugié un instante en la visera del camión de enfrente: «Dios te guíe», y recé a Scania, que imaginé como un dios de emergencia. Probablemente un dios de cruce que vive de la poca fe de los renegados.
 
Antiguo 30-Oct-2020, 11:59  
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Dicen que hay noches en las que una bruja horrible se sienta en tu pecho y no te deja respirar. Duendes verdes que te roban el hálito. Diablos agazapados entre los volantes del edredón, cortinas que esperan el azote del viento lunar… y seres, quién sabe si tan humanos como tú, que viajan miles de kilómetros para encontrarse contigo en los sueños y ofrecerte la peor de las pesadillas porque nunca sentirán de otro modo.

Yo sostengo que los ataques de pánico se pueden controlar. Que las pastillas para dormir dan dolor de cabeza, pero son buenísimas para no despertarse en un cuerpo ataúd, o laúd del sueño de otros. Esos otros a los que odio profusamente. Son «los amortajadores». Visten con lienzo y de poltergeist sus actos impíos. El mío quiere hacerme creer que todo es una aventura de mi mente en sueños, pero me voltea en la cama, me levanta por los pies en una levitación tan forzada que he de agarrarme a los hierros del cabecero para no ser sacudida contra el techo. Solo cuando sueño con monstruos estoy a salvo y feliz. Pero es infrecuente.

Y así que del mal dormir y mal amar a este terrible inhumano arrastrando cadenas de cansancio y mis párpados de cartón comencé a cabecear durante el día. En el trabajo, en el coche… Sentada bizqueaba continuamente, y, ya fuera sobre un cuaderno en blanco o una encíclica, las líneas, las hojas saltaban en miles de planos componiendo escenas tridimensionales de mis sucesos nocturnos. De pie, apenas podía andar pues el horizonte me invadía en vertical y parecía que me iba a precipitar contra él. Las montañas se doblaban, los mares se rizaban y mi corazón huía a los pies, triste y pálido dejando todo su rubor en una cabeza llena de pitidos y una mollera de pipas de calabaza.

Me convertí en agorafóbica.

Cuando no puedes salir a la calle y mientras sea de día, todo va bien. No soportaba que nadie interrumpiera la pacífica vigilia. Eché de mí a todos mis amigos y familiares. También al gato; sin compasión: «Ve a vivir de la mendicidad, de las raspas mohosas de los cubos de basura —le dije—. ... Y ten cuidado con los coches—añadí en un último acto vacilante».

Sí, cómo no, recordaba a mi pobre gato (a veces, incluso a los amigos y familia). Vivo frente a un parque y hay un tiovivo. El sonido del carrusel es delicioso durante el día. Me anima, me gusta escucharlo. Es la felicidad de los niños. Pero de noche…

Las cadenitas que sujetan el toldo titilan por el reflejo de la luna, pero sin luna titilan. No podía vivir tan sola. No quería humanos ni animales. Por eso compré a Robo-Kitty: maúlla, camina, se estira, canta, ronca y sabe contar. Me pide pececitos de plástico y caricias de verdad. Además no se choca contra las paredes, sus ojos brillan en la oscuridad, y las pilas…; eso fue lo más extraño. Han pasado cinco años y no las he tenido que cambiar. Una vez lo intenté, quise abrir el compartimento que tiene en la panza, estaba pegado por el óxido. Supongo que ahí dentro solo queda papilla de Duracell.

Durante este último verano, tan largo que estamos en octubre, Robo-Kitty y yo dormimos en el balcón. Es mejor, ahí no me ataca ese repugnante inhumano-durmiente. Claro que vamos a celebrar Halloween por todo lo alto. Con Robo-Pumpkin y unos preciosos candelabros, de luminarias también a pilas (porque me dan miedo los incendios) que no tuve que poner nunca, bien es cierto.

Quizá por eso no me extrañé de que el tiovivo del parque comenzara a girar esa noche de los muertos. Total, hasta el Roomba barre toda la casa sin recargarse ni una vez. Puede que sea el cambio climático o el rotar de los días que le otorga a todo inánime la energía eléctrica que necesita.

Robo-Kitty no conseguía dormir, hechizada en los ojos de la calabaza mecánica. Y yo, mirando entre las rendijas al carrusel. El efecto, pensé, similar a una película de Lumiére. Puede que sea así el mundo, las personas no nos movemos. Es el mundo. No vivimos. Solo soñamos que morimos porque creemos que estamos vivos, pero somos como estos robots de pilas gastadas. Las sombras de los caballitos bajo el toldo me parecían preciosas hasta que subido en una de ellas…

Sí, era el amortajador de sueños. Por primera vez conseguía verlo antes de dormirme. El toldo que lo cubría solo permitía distinguir su perfil luminoso como la llama de una calabaza. ¡Y no paraba!, incansable. Decidí velar pese al mareo de observar tanta vuelta y vuelta, y otra más. Robo-Kitty comenzó a roncar y yo estaba a punto de perder la consciencia por el movimiento del tiovivo cuando paró o debió parar —mis ojos seguían girando—. El amortajador levantó el toldo para salir. Y entonces sí que lo pude contemplar bien, bañado por la luna. Entré a gatas en la habitación, me metí en la cama y cerré los ojos simulando dormir.

Desde ese día, hago eso, finjo dormir o me duermo sin más a pata suelta, pues el resultado es igual. Ya salgo a la calle y he reestablecido mi no-vida diurna anterior. Ni me mareo con el movimiento de la Tierra ni me duermo sobre las encíclicas. Mi gato de verdad volvió a casa y pega a Robo-Kitty. Ya no tomo pastillas ni me agarro a los barrotes de la cama.
 
Antiguo 31-Oct-2020, 11:10  
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Yo soy uno de esos amantes

Porque era un gato relleno de crème brûlée y castizo que también, Gató.

Bailaba el chotís en un alero enamorado, al igual que él, de Marrasquina, la gatita cereza con ojos de infierno y besos dálmatas (no que tuvieran manchas) apurados. Quizá sí un corazón carey con sus sombritas latiendo.

Gató, como esos amantes de antes, alaraba sus lamentos y quejidos a los firmamentos desteñidos del tendal, y las oxidadas carruchas sonaban —por contrapunto— más apacibles que una misa de maitines.
Y siempre estoy
rompiéndome la voz
cantando coplas
bajo tu ventana, amor
sal ya, que este trovador
se está asando de calor.
Pero la tragedia tocaba a rebato sobre la verbena félida helando la respiración...

Monsieur Chartreaux, inteligente, amable y cariñoso con los niños, e implacable con las ratas, se había encaprichado —como un gato negro— de Marrasquina, pero era azul y con fondo de la Cartuja sevillana: beige porcelana.

Soy educado caballero,
bello, cortés y amable compañero,
un codiciado soltero.
Y como no tengo complejos
me miro siempre en todos los espejos
antes de echar los tejos


Así que Gató, el alero y Chartreaux, olvidándose de colores, sabores y cargos se enzarzaron en la más cruel de las luchas que existen: a corazón abierto. De picos y uñas. Cobre, luna en punto y queratina. La batalla por la hegemonía de la materia sobre el más disonante de los miedos. A denteradas por la noche.

Bufando, estallando, desangrando las camisas del tendal y rajando platos contra el decanalado chaflán de la abandonada casa de enfrente. Alero de chapeta subida y acerbados gatos —de cada uno mismo, faltaría plus—, y todos en acervo.

Marrasquina en su piel volvió adentro y por fuera envuelta de las manos de Lucas para que este resolviera mimarla.

Así fue como aquella madrugada los tres amantes ruidosos se libraron de ser escaldados por el relajado insomne.

¿Y a quién amaba Marrasquina? Porque a día de hoy no conseguí averiguarlo.

 
Antiguo 01-Nov-2020, 09:45  
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Me molestaba la humedad, pensaba en que no conozco ni un cementerio oreado. Creí entre mis pensamientos recibir el ruido de una gotera. No me extraña. Hasta imaginé mientras dirigía mis ojos al sonido, el alero de un nicho. Tal cual, allí aquel pico. Descascarillado el falso blanco, tan falso y tan blanco del Día de Todos los Santos. Y del que asomaba el ladrillo igual que un diente roto. Su color se mezclaba con el agua y como sangre aguada caía sobre la techumbre de unas setas en las que el insípido beis con la sangre del ladrillo hacía que parecieran extremadamente venenosas…, letales, las setas fatales.

Les di una patadita de puntera y yo hacía atrás me alejé de ellas. El efecto era devastador: miles de dientecitos rotos asomaban bajo sus aleros de nichos. Aquel grupo de setas de cementerio parecía también un cementerio de bichos. Imaginé los cuerpos negros de insectos, boca arriba, pero sin mover patas y antenas. Quietos, no intentaban darse la vuelta a pesar de las machaconas gotas de agua que les hubieran ahogado si estuvieran vivos. Bueno, al menos no crujirán ya si les piso, pensé. Y con la punta de mi zapato acabé con el cementerio más fugaz y frugal que nunca había visitado.

Mirando el trozo de suelo embarrado, embobado en pensarme en el cementerio, yo vivo y él sangrando por sus dientes rotos, fue cuando vi salir corriendo a una cucaracha con reloj y sin guantes del setario destrozado y que en sus prisas se llevó mi alma dentro.

Y dentro en lo primero de que me preocupaba era de mi gabardina nueva. ¿Cómo ponérmela con aquella abultada y coriácea espalda? No más que lo pensé en aquel galope loco que se desplegaron solas unas alas. Duras y muy negras ahora que se habían sacudido de la sangre de los nichos. Me recordaron a mi paraguas, y es cierto que tenían una suerte de varillas que de mi espalda salían y algo me dolían al batirlas, y al abatirlas… ¡Ay! Ya está, con el paraguas abierto otra vez, y otra sin poder ponerme la gabardina. La miré, grácilmente doblada entre mis manos, ¡entre mi montón de manos! Del susto se me cayó el precioso hatillo. Pero que más me daba, si solo tenía dos mangas. Y yo, seis patas, dos cuernos y una mochila impermeable y dolorosa.

¿Sabéis qué era lo que más me apetecía mientras corría? Llevar un bombín y un maletín negros. E hice el ademán de sujetarme el sombrero y buscar de nuevo la tirada gabardina solo por el placer de llevarla doblada encima del asa del elegante maletín con que soñaba.

Y me llevé la sorpresa de mi vida: yo era la muerte. Pero en mi mano de cucaracha una guadaña… ¿de cucaracha?, ¿una guadaña de la muerte de los insectos?

Una guadaña acorde a mi figura.

Una muerte que no visita hospitales, ni accidentes, guerras, pestes..., y que se la pasaba entre sepulturas. Que profanaba cementerios invertebrados. Y merecía ser, y merecíase por otra cucaracha dentro de otro cementerio en otro cementerio con otra cucaracha que diera patadas a quien me pateaba para ser pateada por mí.

De esa guisa llegué a casa. Como muchas veces. Todas la veces casi. Lunes, del cementerio a casa y de casa al cementerio; martes, de casa al cementerio y otra vez a casa; miércoles…; jueves…; viernes…, y sábado, ¡Paladín a la taza!

Vengo arrastrando la guadaña por las baldosas rojas del camino de baldosas amarillas, quito hierbajos, sí, pero no voy ni vengo contento. Preferiría cargar al hombro con un pico y una pala, silbando igual que un enterrador o un enanito, o dos o tres, o… ¡veintisiete!. O cantando… Y por qué no ¡saltando!

Ya la gabardina en la percha, y la guadaña, a falta de guadañero, en el paragüero de la entrada. Y de ahí, me digo, que no pasa. De asueto: un pato, una cerveza y una bolsa de M&M's me esperan. El pato está suave y calentito, la cerveza está sin alcohol y helada, y los M&M’s triscan como bichitos. Me pregunto mientras pico si mi pico no será ahora un cementerio de dientes. Allí van todos a morir muertos. De su marfil, como osario de memorias, elefantes de glosa en esmalte alineados, elegantes blancos rayados de la ambrosia que resiste a la mano, pero se derrite en la boca. Elefantes craquelados de chorrillos de colores de chocolate grageado.

Y luego ya no puedo dejar de pensar en esos dientes venosos, venenosos y envenenados. Y no me atrevo a sonreírle a un espejo. No por la visión, que hasta imaginar soporto, de esos dientes que crecen como setas de cementerio bajo la gotera de mi sonrisa tan falsa y tan blanca del día de todos los días. No soporto ese espejo porque sé que me daría una patada en los dientes. Que ni siquiera así, con ellos rotos y sangrando, sería capaz de empañar el reflejo con algún aliento. Opto por soplar en mi mano incapaz de fundir a un M&M’s y noto un dulce aroma congelado, sólido que me palmea alegre, o eso creo porque me hace cosquillas.

Le miro, y es un M&M’s desnudo y vergonzoso, pero no tanto, porque si salvó su vida fue por escurrirse descolgándose de su laqueado. No voy a pensar en que tan negruzco parezca una cucaracha. Le soplo otra vez y luego aplasto con mi pie y por fin chilla vivo mi aliento pegado a él.
 
Antiguo 05-Nov-2020, 09:13  
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El Rexplandor


Aunque ya nada pueda devolver
la hora del esplendor en la hierba, de la gloria en las flores,
no hay que afligirse, porque la belleza siempre subsiste en el recuerdo.


ELIA KAZAN
, Esplendor en la hierba (1961)



Clic, una oleada de tinta se introducía bajo mis uñas, calentaba las falanges, insuflaba en los nudillos apropiándose de los tendones flexores, y con sus propios dedos que ya no eran los míos masajeaba el aroma pulsado en la muñeca. Atravesaba el brazo, subía y muy pronto llegaría al bulbo raquídeo —o de Jacinto—, irradiándose en mi médula como un ciempiés —o una gripe común— por cada vértebra —o pie.

Igual que de un guiñol —y un guiñapo— de la voluntad, el bienestar debía de almacenarse en la cruceta —o tramoya— y caer por los hilos cuando la marioneta se agitaba sin sentido —o consentida—. Pero no había titiritero ni escenario —ni proscenio ni público— más que un alambre largo por el que el monigote evolucionaba en sus volatines. Aquel cable a veces parecía un mar ininterrumpido de tierras, y otras el tendido donde descansaban los gorriones —o los rayos—. Como era; vivía del alambre —y punto.

La antienergía es el explendor; porque es un esplendor de los que no brillan —o con prefijo privativo—. De un almibarado opaco, más que de una jalea —que de un jaleo— como una brea oxidada que se hincha —o hinche— en burbujas —o burbújulas— al compás: brújula —esdrújula— y cadencia —y carencia— que sustituye —o prostituye— al corazón —o al sujetador— cuando este patina —pátina— o se queda atrás —un perdedor, qué penita, por diosuco.

Cuando no pierdes nada, ganas todo —máxima antiminimalismo—. Si menos es más, más es mucho más —y mucho más es la hostia que te das—. Me haces reír —las más de las veces gruñir—, eres Decé (mejor ‘la mayor parte de las veces’) —te doleré la cabeza ahora (siempre)—. No mucho, no atino a calcular si es por abulia o por el estado de bienestar —la primavera o míster explendor—. A rabiar, vamos (a ver qué dices a eso) —o fuenterrabiar (chúpate esa)—. Nunca me has caído bien —ni falta que hace, tonta—. No eres Chang —ni tú eres Eng, no te jode—. Vale, estaba en pierrot —no se lo cree nadie, es como si yo dijera que soy un ranger de Texas jubilado y con un bar para rangers—. ¿Arlequín? —¿y yo Colombina?—. Solo una polichinela cualquiera —oka, yo también.

Ya que hemos acordado… —ahí, recordemos—. No no —sí sí—. No es una emperatriz —ni una actriz; no lo digas, una cicatriz—. Fue una caída —casi la de Roma—, pero parece un balazo. No me rompí la pierna no sé por qué, pero se quedó ahí ese hoyo bien feo —puede que no te rompieras la pierna porque tus huesos estén más rellenos de aire que los de un pato salvaje remontando el Himalaya—. Cañones —¿qué?—. Esos huesos huecos en las plumas de las aves se llaman ‘cañones’ —a quién le importará tal cosa, ¿a Ian Malcom, a Hitchcock?, pche. ¿Qué buscabas inflando tus cañones?—. Sí, en busca de la fuente… o del arca perdida, te pillé, eh —o de palo seco, ah—. Siempre me han gustado las gracias —viva la Times barroca, y Rubens también—. Es un disparate, pero es mi favorita la Times. ¿Por qué nunca dejo a este tipo? —es un buen tipo, pero alguna vez ('las más de las veces' no se puede decir) te vi con Garamond, Courier…; y también con Arial—. Eso no cuenta —más de lo que admites—. Me gusta rematar tipografías y palabras en idiomas excéntricos —coleccionista de trazados fútiles y lenguas descentradas—. Pu's introspección; energía fósil nomás —guácala, ¿de brea?—. Anda, vete para tu casa —a taconearte un rato en el desván—. No, por favor, me voy a dar un baño caliente y una dosis de explendor —suena a crema con un montón de retinol; plegaré luciérnagas. Y lo del rexplandor, ¿qué?—. Déjaselo a King —o mejor a Spielberg—. Ondas de impacto —… en un vaso de agua—. Decé, ¿me meces? —memeces—. La vida siempre se abre camino (It´s my life) —Cómo odio tener siempre la razón (Livin on a prayer).
 
Antiguo 06-Nov-2020, 12:22  
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ACTO TRES. EN RAYA


ELLA.—Al abrir la portezuela del auto, justo cuando sacaba mi pierna izquierda e inevitablemente miraba la punta del zueco y el balanceo de este al extender mi pie para salir, en un movimiento que me chifla (todo lo contrario que al entrar) porque resalta ese hueso tan elegante del tobillo. El pantalón discurre hacia arriba, desaparece la rodilla y toda huella de genuflexión así como del pie su flexión, creando una línea recta que me hace reconocer el valor de planchar la raya del pantalón y… [bla, bla, bla] [...]

SOMEBODY THAT.—«[...] ese hueso marca el punto de inflexión, te he visto acecharme por un segundo en el retrovisor, y ya de seguido, debajo del zapato, nada más que la raya del aparcamiento.»

AUTO.—(El pensamiento se desajusta del movimiento. Emerge en el tobillo. La raya abajo y pisada; un pensamiento bisagra. De escalinata y alfombra roja con el borde dorado. Y la raya ya no es una línea, porque está cortada por sangre.) Solo es una raya. La puedes pisar con tu pie o con mi rueda y quedarme al lado, que no a tu lado, porque estás al otro lado del lado y no te puede tocar.

ELLA.—(Se apaga la luz. De hecho, siempre se apaga porque está programada para el tiempo justo de entrar o salir del garaje y ella se eterniza en mirar su pierna. Ya no ve más que enfrente la luz pálida del recibidor del ascensor. No están el otro lado ni la raya ni él. Con la memoria de sus repiqueteos de tacones y llaves, y con el rugido del ventilador del coche consigue llegar. Se abre la puerta y pasa al otro lado.) ¡Estoy salvada!

SOMEBODY THAT.—(Le da cosa mirar en el espejo. Con los ojos cerrados extiende la mano hacia los botones. El movimiento más lento de lo habitual.) «A oscuras todo parece eterno, aunque el tiempo sea más rápido que la luz; probablemente su cerebro tenga más luces que tiempo, de ahí su demora.»

ELLA.—(Al final no es por luz ni por tiempo —le puede la coquetería—, abre los ojos y se mira en el espejo: extrañamente la sonrisa no aparece reflejada. Pero llega a su piso.) Hum, hum. (Articula, no se sabe si es un acto reflejo o está buscando algo a tientas por su cabeza. Sale del ascensor y entra a su casa.)

Cerrándose la puerta del elevador. Ahora la sonrisa
prende el espejo. Se enciende el botón
del tres y el ascensor se la lleva al otro lado.
 
Antiguo 09-Nov-2020, 12:59  
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ACTO II. JON


JON.—(Aquellos moteles calurosos después del concierto.) ¿Dormir? Pulgas en el colchón…, ¿que no te cojan los chinches?

Y de fondo la melodía de los Jeepers Creepers sin cesar
más que a ratos por el tintineo de una expendedora al final
del pasillo, la noche parece una tragaperras sin cerezas hasta
que las luces del amanecer se cuelan arañando la ventana.

»Hoy todo ha cambiado. (Atrás las cortinas desdentadas de la ducha. Ahora puede dormir en un enorme jacuzzi sin mampara y con una botella de whisky si quiere.) Ahí, en uno de esos hoteles de las mil y una noches, fue donde conocí que no solo las bestias sucumben a la belleza… O bien todos somos bestias, o bien todos somos belleza; ora sucumbimos ante nosotros solos.

Sigue recordando.

»Me había quedado en el último piso, y por la mañana tomé el ascensor vacío que se iba molestamente llenando en cada parada. Parecía la hora punta de los ascensores. Iba yo, igual que todos, con mala cara. (Al ascensor, en cada planta, van entrando hombres y mujeres de trajes negros o grises.) Un atrevido en azul Klein... (Todos portan maletines negros, o marrón el osado del traje azul.)

ATREVIDO EN AZUL.(Mirándose los zapatos piensa en qué pasó en la noche, no recuerda bien.) «¿Y habré cerrado el coche?, ¿dónde lo dejé?». (Se toca los bolsillos para comprobar que tiene las llaves.)

JON.(Lleva vaqueros negros y camiseta gris. Observa las miradas de aquellos que entran al ascensor.) «Es como si hubieran cambiado de la mesilla de noche del hotel la Holy Bible por la guía del Turista accidental. Nos miramos con desprecio, con rabia al reconocernos: que viajamos por la vida con toallitas quitamanchas en el bolsillo y una novelucha de Estefanía para matar el tiempo o la conversación.»

Y de pronto aparece la chica vestida de rayo de sol.

ATREVIDO EN AZUL.—(Comienza a dar golpecitos en el suelo con un zapato y a entrechocar las llaves en su bolsillo.) «Pasaré por recepción a pagar el parking, y así preguntaré dónde está mi coche. Ta, tararara, tararará, ta […]».

JON.—(Abandonando poco a poco sus pensamientos del estridente ATREVIDO EN AZUL—que ahora está silbando—y volviendo al presente.) En realidad, no importaba en aquel ascensor quiénes éramos ni juntos ni por separado.

UNA SEÑORA DE GRIS.(De enfurecidos pensamientos hacia ATREVIDO EN AZUL se resiste a que sea retomado el presente sin más.) «Cómo se atreve… a dar golpecitos en la elegante moqueta gris. Con uno de sus zapatos, ¡¿marrones?!, sin lustrar (a pesar del cepillito que debería tener en la habitación).»

Al rato, todos balancean un pie o tamborilean con los dedos
en las barras del ascensor. Y al salir parecen contentos.
De seguido, abandonados y tristes. Solos.

JON.—Porque me he encontrado durante años después con otros ATREVIDOS EN AZUL, muchas SEÑORAS DE GRIS y con la chica en esos hoteles. Nos hemos cruzado miles de veces en un ascensor, en el vestíbulo... Pero, sobre todo, mientras ceno solo en el restaurante.

La chica es La chica de Ipanema y vive atrapada
en el repertorio de los pianistas de hotel.
 
Antiguo 11-Nov-2020, 12:25  
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ACTO I

1.er cuadro. La alfombra, la cremallera y el gato


Las cosas siempre suceden así, una antes de otra.
Sí, vienen de una que la precede a otra de anterior…

ELLA.—(En el centro comercial pasa enfrente de una tienda de mascotas, sin querer mira el cristal tras el que juegan una camada de gatos. Uno le llama la atención: es negruzco y feo, está pegando y mordiendo a los otros gatitos.) «Vaya gato malo, sin tiempo para acicalarse. Se hispe, bufa todo el rato. Y, cuando los otros se aovillan juntos, él se tumba y rasguña sin piedad la moqueta azul. Voy a esperar a que se duerma para marcharme. ¡Qué cosa! Como si necesitara la presencia de un humano para poderse dormir.»

ELLA espera mientras el gato sigue sacando los hilos de la moqueta.
Al final cae roto por la actividad, con un lío de chenilla entre las patas.
No guarda las uñas.
ELLA sonríe y ya se va, mira una vez más.
Panza arriba sigue el gato agarrado al trozuco de moqueta.
Y entonces se lo lleva a la boca y lo chupa.
ELLA da unos golpecitos
en el cristal y el gato extiende su pata, libre de hilos.

ELLA.—¡Ya sé tu nombre! (Dice mientras entra a la tienda.)


VENDEDORA.—¿El negro?

ELLA.—Sí.

VENDEDORA.—Es un persa humo, de una rara camada de ocho. Está un poquito despeinado porque es muy juguetón, ¡ah!, pero le encanta que le cepillen el pelo. Yo lo hago todos los días.

ELLA.—(Mirando los brazos arañados de VENDEDORA.) Me doy cuenta.

Houdini solo se deja coger por sorpresa, VENDEDORA le agarra
de la nuca, y
ELLA le abraza aunque el gato
sigue con las uñas fuera. No las guarda, dobla un poquito las manos, hunde la cabeza
y comienza a morderle los botones de la blusa.

VENDEDORA.(Sobre un montón de cosas —rascador de terciopelo azul, platitos, muñecos, el baño con arena, pienso, malta…—.) Aquí tiene la cartilla y un vale de reconocimiento gratis para el veterinario. Si el animal tuviera algún problema…

ELLA.(Interrumpiendo) ¿Problema? ¿Qué problema?

VENDEDORA.—Alguna enfermedad…, tara; sería muy raro porque el criadero es muy bueno, pero, a veces…; bueno, como ve no es un ejemplar clásico y… Mire, este establecimiento ofrece a sus clientes un servicio de garantía de tres meses por si necesitara devolverlo.

ELLA.—¿Como si tuviera la cremallera rota?

VENDEDORA.—¿Perdone?… No com…

ELLA.—Sí, esta falda. (Abriendo una de las bolsas que lleva.) En Zara me la han cambiado porque la cremallera se traba.

VENDEDORA.—Bueno, es solo la política de Calidad…

ELLA.—Adiós, no volveré, esa es mi garantía.

Aunque no siempre se pueden cumplir las promesas, ¿verdad?



ELLA.—(Ya en casa, hablando a Houdini.) ¿Cómo puede un gato luchar contra natura? Yo adoro mi alfombra. ¿Sabías que las alfombras persas llevan un único hilo, de seda y generalmente en blanco, que perfila todo el dibujo? En esta, por el contrario, el hilo es azul como la piel de un gato persa.

Houdini sigue atacando a la alfombra.


ELLA.—Puede que en este mundo se dé un estilo de tejer alfombras por cada raza de gato. ¿Será posible que yo solo haya sido la guardiana de tu alfombra? Recuerdo todo el tiempo que pasé ahorrando para comprarla...

Entran SOMEBODY THAT y DECÉ.

SOMEBODY THAT.—(Dirigiéndose a DECÉ.) ELLA tenía un Tipo al que había prometido que jamás abandonaría. Gastó sus ahorrillos en la entrada del apartamento y firmó la hipoteca.

DECÉ.—Ya, y con la excusa de cumplir otro de sus sueños se pasó economizando. Así es como podría comprar una preciosa alfombra persa, y qué raro —o qué ideas tendría ella sobre ahorrar o sobre las alfombras— que le sobró dinero para adquirir la última plaza de garaje del edificio.

SOMEBODY THAT.—Una buena idea, porque el Tipo había pasado por demasiadas manos y noches a la intemperie.

DECÉ.—De buena idea, nada. JON le compró la alfombra y ELLA traicionó al Tipo.

SOMEBODY THAT.—ELLA no se lo pidió…

DECÉ.(Se pone a cantar a su modo, que siempre es a rechinantes gritos quedos.) «If all of the kings had their queens on the throne…».

SOMEBODY THAT.—«... We would pop champagne and raise a toast.»

DECÉ.—No me veo yo tomando champagne rosé contigo.

SOMEBODY THAT.—Tampoco yo te esperaría en el Empire State…

DECÉ.—Yo sí acudiría, pero por alguien mucho más alto y mucho más moreno.

SOMEBODY THAT.(Sonriendo.) ¿Con quién, quizás Clark Gable?

DECÉ.(Bufando y reprimiéndose al tiempo.) Es lógico que sepas el chascarrillo; aun así, te lo escupo: King-Kong. (Escupe a SOMEBODY THAT, mas no le pilla.)

ELLA.—(Pasando por alto las tonterías.) Lo que es la vida, el pobre se murió a los dos días. Así que cambié al Tipo por Limón. Y de mi promesa rota solo quedó una mancha de aceite en el cemento para recordarme el lugar donde se desangró mi coche.

SOMEBODY THAT.(Antes de que DECÉ suelte algo hiriente.) ELLA siempre ha sido cuidadosa con el coche. Se concentra al aparcar, no quiere golpear, arañar siquiera, el auto con las columnas.

DECÉ.—(Con maldad.) ELLA se arruga ante el chapista.

SOMEBODY THAT.—Culpable.

DECÉ.—No le gustan los mecánicos ni ir al taller.

ELLA.—Sé mirar el aceite y…

DECÉ.—… no apuras el combustible por no quedarte tirada, pero te ponen mala las gasolineras. Y te embriagas con el olor de la gasolina.

ELLA.—Lavo el coche todas las semanas.

SOMEBODY THAT.(Asintiendo.) Tiene a Limón impecable.

DECÉ.—No te jode, lo lava a las siete de la mañana de los domingos. ¿Y quién llama a su coche Limón si es azul?

SOMEBODY THAT.—Pero si es rojo.

DECÉ.—Pues que lo llame Tomate.

SOMEBODY THAT.—A mí me gustaría Fresa.

DECÉ.—Grr...

Houdini, cada vez más acelerado, muerde la alfombra
y la araña con las cuatro patas.

ELLA.—Yo no puedo reñir a un gato.

DECÉ.—Yo le daba una buena patada...

SOMEBODY THAT.—Limpia la alfombra con sal, envuélvela y llévala al trastero. Ya la volverás a poner en el salón algún día.

DECÉ.—Lejos y para siempre tus momentos alfombra.

Van todos (excepto el gato) al trastero, está en el garaje.
 
Antiguo 13-Nov-2020, 11:34  
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ACTO I

2.º cuadro. El coche de Dorian Gray, la chispa de la vida y el kraken


SOMEBODY THAT.—A JON lo conoció aquí. Sus autos eran amigos.

ELLA.—Y nunca me habría preguntado de quién sería aquel coche que siempre estaba aparcado a mi lado.

SOMEBODY THAT.—ELLA no atinaba a encajar al Tipo entre la columna, el coche de JON y que no sobresaliera de ninguna de las tres rayas. Las distancias parecían distintas…, algo había cambiado. ¿Pero qué?

DECÉ.—El coche que no entra, ¡coño!

Entra JON a ese momento.

JON.—¡Espera! (Subiéndose a su vehículo para moverlo.)

Sale JON.

ELLA.—No tardó ni treinta segundos. Bajó y me hizo una seña. Comencé a dar marcha atrás, con miedo a que mis malditos zuecos resbalasen de los pies o de los pedales.

SOMEBODY THAT.—No pudo evitar, cuando él se giró para apagar su cigarrillo, mirarle por el retrovisor.

DECÉ.—La culpa es tuya, le atravesaste con un mal pensamiento de la escena de la nevera de Querido detective y casi se la pega contra la columna.

SOMEBODY THAT.(Con desdeño.) Menos mal que estabas tú…

DECÉ.—No te pongas exquisito conmigo, que no soy Stephen King, puedes usar cuántos adverbios en ‘-mente’ quieras.

SOMEBODY THAT.(Con extrañeza.) ¿A quién le dices eso?

DECÉ.—Al puto NARRADOR: ‘desdeñosamente/extrañado’; no puedes crear una correspondencia «con desdeño / con extrañeza».

SOMEBODY THAT.—(Con paciencia.) Él, el NARRADOR, no va a decirte nada, pero es omnisciente.

DECÉ.—O, oh, ohm, Ohmioscente. Y fluorescente, fosforescente…: bioluminiscente.

SOMEBODY THAT.(Con disciplencia.) Vale, él no sabe todo…

DECÉ.—Nada. Y echa tinta. (Hace una pausa con grrran aspaviento.) ¿Será un calamar?

SOMEBODY THAT.(Con irritación.) Quizá por eso escogió el sainete.

DECÉ.—¿Para qué? Desbarra más que el bardo de Astérix.

SOMEBODY THAT.—(Con nada.) A mí tampoco me parece un sainete.

DECÉ.—Ni siquiera un trágico sainete...

SOMEBODY THAT.(Con poesía.) «… fue nuestro amor.»

DECÉ.—Si llega a escoger poesía, nos pone a rimar en cuaderna vía, de galeotes tú y yo encadenados...

SOMEBODY THAT.(Con fe.) … encuadernados a remar. Yo creo que el teatro es el tempo que pudo encontrar el NARRADOR para mantenerse a una relativa distancia.

DECÉ.—Buf, ni la tortuga de Einstein…

SOMEBODY THAT.—(Con el NARRADOR.) Llegados a este punto, que venga Tabitha, ¿o qué?

NARRADOR.—(Sin SOMEBODY THAT ni Tabitha.) ...

DECÉ.—(Toma el snack y la gaseosa favoritos de S. K. de manos del NARRADOR.) Pero que no he llamado tortuga a Einstein, me refería a que Einstein (quizá) tuvo una tortuga... Se me pasó por alto la anfibología.

SOMEBODY THAT.(Con ganas.) O anfibiología.

DECÉ.—Reptilia.

SOMEBODY THAT.—(Con cara de amigos-adiós.) Ya, ¿no?

DECÉ.(Abriendo el paquete de Doritos.) Solo le daba chispa al sainete.

SOMEBODY THAT.(Con la misma cara.) No es el monstruo de Frankenstein.

DECÉ.—Ni una tormenta de coc...

SOMEBODY THAT.(Con cara de silencio-loco.) ¡Shhh!, no le veo la gracia.

DECÉ.(Destapando la bebida.)¡Ppsss, sí!; no la tiene, pero es cómico. Y no me hagas explicarte qué es comedia.

SOMEBODY THAT.(Con los dedos cruzados.) Que tenga un buen final.

DECÉ.(Mordiendo un Dorito.) Crac, crac. (Bebiendo a gollete.) Glu, glu.

SOMEBODY THAT.(Con Dolor de Cabeza.) Pero mira que eres gerundio...

ELLA.—Al final, aparqué y bajé del coche como pude. Pisé la raya que nos separaba y nos enamoramos. Se apagó la luz del garaje y me besó. Y también de camino al ascensor. No me dio tiempo a recordar la mancha de aceite del suelo, ya estaba en mi piso. En mi cama y en mi vida.

SOMEBODY THAT.—Otra cosa que odia es tener que hacer la compra sola. Muchas veces pasa de ir al súper. O compra cosas que no le hacen falta. Tiene demasiados paquetes de arroz, de pasta, cereales…, hasta de legumbres, pero es que le da pena tirar la fruta. Y el bote del Cola-Cao no se termina nunca.

ELLA.—Esa manía que tengo de acarrear las bolsas de la compra de una tacada. Pero es que me saca de quicio tener que bajar dos veces para descargar el maletero. Acabo sin resuello y con las manos temblorosas del peso de las malditas latas.

SOMEBODY THAT.—Que por otra parte ELLA solo bebe agua del grifo.

DECÉ.(Limpiándose el hocico con la manga de ELLA.) El grifo, oh, ese ser mitológico bajo el que somete su nuca…

SOMEBODY THAT.—Por lo menos Jon siempre tiene una cervecita esperando.

DECÉ.—(Llenándose la boca.) Jheine… kenn y yo le echamos mucho de m(a)nos.

SOMEBODY THAT.—JON debería llevarle el coche a cambiar el aceite y las ruedas cuando ELLA va al súper. Y, al salir con el carro lleno, encontrárselo sonriendo.

DECÉ.—Igual que dos zombies en el centro comercial. «Como si solo eso recordaran de sus vidas.»

SOMEBODY THAT.—Mientras él coloca la compra en el maletero y pasa por la tienda de bricolaje, ELLA podría aprovechar a ir a la peluquería. Entre los dos subirían las bolsas, de una vez, hasta casa (él cargaría con las latas).

DECÉ.—Y los findes a Ikea, so cursi. Y tener un niño y una niña, y pasar la gripe juntos y hacerse calditos y darse Paracetamol.

ELLA.—Es un hecho que los cuadros y las lámparas los he colgado yo.

SOMEBODY THAT.—Tiene un puñetero taladro que nadie entiende.

ELLA.—Soy la reina del Aquaplast.

DECÉ.(Comiéndose ahora una corona de cristales.) Esa es la vida que te toca cuando te conviertes en la novia de una estrella del rock.

ELLA.—Me costó comprenderlo. Incluso deseé haber encontrado en el garaje aquel día a un gatito que quisiera dormir al calor del motor de mi coche.

SOMEBODY THAT.—Y, cuando al fin lo entendió, era ya demasiado tarde, porque lo peor de estar solos no son los supermercados, los talleres o los tirafondos…

DECÉ.—Sino los monstruos.

ELLA.—Cuando llego al garaje, cuando retiro la llave del contacto, y el cuentakilómetros se encarga de recordarme los reproches… Cuando veo la mancha de aceite de mi primer coche, y el suyo, que no envejece nunca, a mi lado.

DECE.—¿Ese coche no será el de Dorian o el Delorean?

SOMEBODY THAT.—Y sus rodillas quieren temblar, se estira la ropa.

ELLA.—Si recuerdo su beso, se apaga la luz.

SOMEBODY THAT.—Si mira atrás, el piloto de cortesía de Limón delata su presencia única.

ELLA.—Lo importante es no correr, porque, si corres, te coge el monstruo. Y visualizar el ascensor: que se abre, que el espejo te sonríe y que escapas.

SOMEBODY THAT.—Pero tiene miedo de resbalar, punta-tacón, punta-tacón… Hay exactamente treinta y tres punta-tacones hasta el ascensor. Calma, lleva el ritmo con las llaves.

ELLA.—Creo que los ascensores son los lugares más seguros del mundo. Si algo malo te persigue y te quiere matar, entras en un ascensor y desaparece.

DECÉ.—El problema es que nunca sabes qué habrá al otro lado cuando vuelva a abrirse la puerta.

SOMEBODY THAT.—Aunque nunca será tan malo como lo que hay en el parking.

DECÉ.—A menos que sea una horda de zombies o los churumbeles de Godzilla.

ELLA.—Me gustaría vivir en el ascensor, allí sí esperaría todo el tiempo.

Abandonan el garaje, y DECÉ saca otra corona de cristales y la muerde.
 
Antiguo 15-Nov-2020, 20:46  
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ACTO I

3.er y último cuadro. La pequeña tienda de los horrores, Cary Grant y Jack Lemmon

Menos mal que «el consentido» respeta las cortinas.

ELLA.—Yo no hubiera soportado elegir entre las cortinas y mi corazón.

DECÉ.—El rollo de papel higiénico siempre hecho trizas.

SOMEBODY THAT.—Por eso escogieron a un labrador para el anuncio de Scottex.

ELLA.—Le encantan los yogures, el queso, sobre todo el parmesano. Una vez le compré Grana Padano…

SOMEBODY THAT.—Pero a Houdini no se la puedes dar con queso.

DECÉ.—Ese gato es tonto; solo un río separa a los dos quesos. Y mejor debería dedicarse a cazar ratones.

SOMEBODY THAT.—Mmm, ratones rellenos de queso.

ELLA.—La nata tiene que ser creme fraîche, adora el mascarpone...

SOMBEBODY THAT.—... y los helados.

ELLA.—Mi favorito es el de fresa, por desgracia también para él (para mi desgracia).

SOMEBODY THAT.—¡Qué coincidencia! También es mi favorito.

DECÉ.—Aj.

ELLA.—Así comenzaron nuestros verdaderos problemas, porque cada vez que desenvolvía un helado de fresa —y daba igual si era de palo, con barquillo o en tarrina— Houdini saltaba y se lo comía en un plis plas.

SOMEBODY THAT.—Probó con otros sabores: vainilla, nata, chocolate, cheesecake, Oreo, y el resultado era el mismo, se quedaba sin helado.

ELLA.—Cada día compraba un gusto distinto, y por fin encontré uno que odiaba: cerezas con ron.

SOMEBODY.—Solo que a ELLA no le gustan las cerezas. A mí, sí. ¿Y a ti, DECÉ?

DECÉ.—Me gusta el ron.

SOMEBODY.—¿Pero con cerezas?

DECÉ.—Con todo. (Cantando a su estilo.) «Doce hombres sobre el cofre del muerto…».

SOMEBODY THAT.—Me parece que eran quince…

DECÉ.—Grrr… Los que faltan, si son tres, eran de tarta de queso con fresas y se los comieron entre el gato y Ben Gunn.

ELLA.—Así que tuve que volver a la tienda de los palacios de cristal…


En la tienda de mascotas. Rompiendo otra promesa.


VENDEDORA.—¿Un pavo?

ELLA.—Pues sí, quiero un pavo. ¿Me lo puede conseguir?

VENDEDORA.—¿Un pavo real? No sé…

ELLA.—¡No! Un pavo… de los que la gente se come por fiestas.

VENDEDORA.—¡Oh, sí! Claro, espere que haga una consulta...

LIZ (anteriormente VENDEDORA) habla por teléfono con SAMANTHA.

SAMANTHA.—Granja Turkey, buenos días, soy SAMANTHA, ¿en qué puedo ayudarle?

LIZ.—Encantada, SAMANTHA, yo soy LIZ, de Petty Shop. Me gustaría saber si venden pavos vivos, por favor.

SAMANTHA.—Sí, claro. Aunque son mejor los pollos.

LIZ.—¿Sí?

SAMANTHA.—Bueno, del zoológico nos hacen pedidos de pollos tomateros —los capones y los pavos hacen llorar a los cocodrilos, y a las boas dormirse como lirones (tal como te lo cuento)—. También criamos terneros para grandes felinos. Pero supongo que en tu tienda no tenéis, ¿no?

LIZ.—¡Ah! No, no. Solo gatitos. También, hurones y caniches. Además de periquitos.

SAMANTHA.—¿Y reptiles? ¿y arañas?

LIZ.—Pues… (Percatándose de que ELLA se inquieta.) No…, disculpa, el pavo es para una clienta. ¿Crees que podrías enviarlo directamente? La dirección... (Mirando la ficha de Houdini.) Calle de Las tres Dinamarcas, 3.º D. Gracias, SAMANTHA, mándame la factura a la tienda, ¿Ok?


De nuevo en casa.

ELLA.—Me regalaron el pavo.

SOMEBODY THAT.—(Para abreviar.) Se llama Thanks.

ELLA.—No me había equivocado, a Thanks le encantaban las cerezas, no así los helados.

DECÉ.—«Échale guindas al pavoooooo…».

SOMEBODY THAT.—(Muy contento, se pone a taconear y a cantar también.) «Que yo le echaré a la pava azúcar, canela y clavo…».

DECÉ.(Poniéndole la zancadilla a SOMEBODY THAT.) Que te pares ya.

SOMEBODY.—Por el sainete, para darle vida…

DECÉ.—(Echándose al coleto un trago de ron.) Glu, glu. Y que dejes el sainete de mierda, que esto es esperpéntico… —que no esperpento, ojo.

SOMEBODY.(Recoge el azúcar y la canela y se lo echa a DECÉ en el ron.) ¿Daiquiri? (Va a la cocina a por un limón verde.)

DECÉ.—Glu, glu.

SOMEBODY THAT.—(Vuelve con hielo y un limón amarillo.) ¿¡De dónde sacaste eso!?

DECÉ.—¿El qué?

SOMEBODY THAT.—Esa botella de amaretto.

DECÉ.(Haciendo caso omiso a SOMEBODY THAT, pero reprimiento una sonrisa.) Glu, glu.

SOMEBODY THAT.—Te vas a emborrachar.

DECÉ.—Sabes al igual que yo que eso no es posible. Ni tú tampoco. —Si no lo sabes, tendremos un problema.— ¿Quieres? (Ofreciendo la botella de amaretto a SOMEBODY THAT.)

SOMEBODY THAT.—Aun así, no bebas más. Esa botella puede que sea para hacer tiramisú.

DECÉ.—No hay mascarpone, se lo comió el gato.

SOMEBODY THAT.—Pues hagamos la tarta de cerezas de Twin-Peaks.

DECÉ.—Vi algún episodio hace poco…, no sé, perdí la pista.

SOMEBODY THAT.—ELLA hizo esa tarta hace…, no puedo recordar si dos o tres años.

DECÉ.—(Mordiendo una corona de cristales.) Yo tampoco soy capaz de recordarlo. (Levantándose.) ¡Hagamos marrasquino!

SOMEBODY THAT.—Eso es peligroso.

DECÉ.—Ja, ja, ja.

SOMEBODY THAT.—¿¡No sabías que los huesos de las cerezas contienen cianuro!?

DECÉ.—Y las pepitas de las manzanas.

SOMEBODY THAT.—¡Miles de personas han muerto por beberse marrasquino casero!

DECÉ.—¿Y por beber sidra? (Ofreciendo un trago de amaretto a SOMEBODY THAT.) Las almendras también tienen cianuro.

SOMEBODY THAT.—(Rechaza el trago.) Solo las amargas; el amaretto es bien dulce.

DECÉ.—(Exhalando sobre SOMEBODY THAT.) Como yo.

SOMEBODY THAT.—No, tú hueles mejor que el amaretto, pero de dulce no tienes nada.

DECÉ.—(Engolándose.) Las almendras amargas huelen más dulce que las almendras dulces, pequeño SOMEBODY.

SOMEBODY THAT.—(Con sonrojo.) ¡Oh!

DECÉ.—(Descubriendo sus fauces.) Si quieres, te invito a algo más seguro: ostras y langosta.

SOMEBODY THAT.—(Con boquita de piñón.) ¡Arsénico por compasión!

DECÉ.—Están todos muertos.

SOMEBODY THAT.—¿Quiénes?

DECÉ.—Los actores de las pelis en blanco y negro.

SOMEBODY THAT.—Muchos actores están muertos, de muchas otras pelis… Y tú eres una abreviatura nomás.

DECÉ.—… ¡Lexicalizada!

SOMEBODY THAT.—Aunque no estén, siguen siendo ellos.

DECÉ.—«Ni siquiera Cary Grant se parece a Cary Grant.»

SOMEBODY THAT.—¿Y quién dice eso?

DECÉ.—Cary Grant.

SOMEBODY THAT.—También decía que «no se puede cambiar de caballo en mitad de la carrera».

DECÉ.—(Sacando una corona de cristales y ofreciéndole a SOMEBODY THAT.) Eso lo decía el tío Willie.

SOMEBODY THAT.—No espero que me guste tarruscar cristales. ¿Por qué lo haces?, es desagradable.

DECÉ.—(Tarruscando.) Yo solo la digo. —Y que me gustan los cristales, mmm.

SOMEBODY THAT.—(Con el índice en alto.) Eso es un laísmo.

DECÉ.—(Tarruscando.) No.

SOMEBODY THAT.—Que sí, y bien feo.

DECÉ.—Que no.

SOMEBODY THAT.(Con gafas.) Te lo demostraré: ‘¿qué cosa (la) le dices a ELLA?’

DECÉ.—(Desternillándose.) ¡Pero si tú no necesitas gafas!

SOMEBODY THAT.—¡Responde!

DECÉ.—Yo no le digo nada. ¿Algo más? ¿Hablamos sobre la doble negación en español?

SOMEBODY THAT.—No cambies de tema. ¿Por qué no le dices nada?

DECÉ.—Solo l/a/ /d/i/g/o.

SOMEBODY THAT.—No lo entiendo… Eso no tiene ni pies ni cabeza.

DECÉ.—Ya, pero al NARRADOR leísta sí lo entiendes.

SOMEBODY THAT.—Su leísmo es de cortesía. ELLA también lo usa.

DECÉ.—No deberían con animales u objetos, eso trae problemas ‘personales’.

SOMEBODY THAT.—Yo no lo soy.

DECÉ.—¿El qué no eres: persona, problema, problema personal o leísta? Y usas localismos; tú y el NARRADOR.

SOMEBODY THAT.—Es que no sabría —ni sé— describir qué haces con los cristales…

DECÉ.—Vamos a la cocina a merendar, te haré tostadas.

SOMEBODY THAT.—¡Qué guay!, les podemos poner nata y cerezas…

DECÉ.—No queda nata, se la comió el gato, claro.

SOMEBODY THAT.—Pero sí hay leche, mantequilla y huevos, ¡y cerezas!

DECÉ.—Pareces una tragaperras…

SOMEBODY THAT.—¡Lucky-lucky-lucky!

DECÉ.—(Chocando las botellas.) Y amaretto y ron…

SOMEBODY THAT y DECÉ van a la cocina.

SOMEBODY THAT.—ELLA detectó en Houdini ciertos «celillos».

DECÉ.—Pásame el brioche…

SOMEBODY THAT.—ELLA alternaba los helados de fresa con los de cerezas con ron…

DECÉ.—Deberíamos haber aromado la leche con limón…

SOMEBODY THAT.—Pasaron de los desayunos con helado de fresa y de las meriendas de cerezas con ron...

DECÉ.—No me lo digas; terminaron comiendo helados a todas horas: para desayunar, comer, merendar y cenar.

SOMEBODY THAT.—De fresas, y cerezas con ron eran su único sustento. Y luego vino lo de la cama…

DECÉ.—Podrías ir batiendo los huevos, que no espumen. Voy a clarificar la mantequilla.

SOMEBODY THAT.—(Batiendo huevos.) En la alcoba, y quisiera pensar que era de los cuatro…

DECÉ.—«T’agrandamo el cuarto.»

SOMEBODY.—El iPad al lado izquierdo. No puede dormirse si no. Houdini siempre tuvo la manía de ponerse frente a ELLA. Claro que no molesta, es tan elástico que se adapta y no le tapa la vista. ¡A Thanks no lo consintió nunca!

DECÉ.—Claro, qué le podría importar a un pavo ver Cuarto Milenio.

SOMEBODY THAT.—¡Ojo!, que ELLA dejó de ver Canal Cocina por respeto al pavito.

DECÉ.—No te pares, ve mojando el pan en el huevo batido, que la sartén está caliente.

SOMEBODY THAT.—¿Echas aceite de girasol? No es muy francés...

DECÉ.—Para que no se queme la mantequilla. Estas tostadas son un localismo, así que primero se mojan en la leche, se escurren y de seguido se pasan por el huevo. No te saltes ni un paso.

SOMEBODY THAT.—El gran problema llegaba cuando ELLA se dormía…

DECÉ.—(!)

SOMEBODY THAT.—Para más inri, tuvo que descolgar el dreamcatcher: para proteger ahora a la alfombra que dormía en el trastero, y, sobre todo, por no herir la sensibilidad de Thanks.

DECÉ.—Rebobina, que no me entero, el gato al lado de ELLA

SOMEBODY THAT.—Sí, resulta imperceptible, pero no así Thanks; o sea, lo manda a los pies de la cama.

DECÉ.—Ni que fuera de los caballos… Vale; ELLA viendo la tableta. Ni programas de misterio ni de cocina para no ofender a un pavo.

SOMEBODY THAT.—Equilicuá. Y Thanks se lo toma muy mal. Debe pensar que el gato le arrebata sus dominios y lo pica sin duelo. Imagina la zaragata que montan. Al final, a ELLA no le queda otro remedio que dar la espalda a todos y ver la Teletienda.

DECÉ.—¿Qué prefieres para remojar las tostadas, amaretto o ron?

SOMEBODY THAT.—Amaretto. —El insomnio, los helados, las compras y los concursos la maltrataban. Necesitaba a su novio.

DECÉ.—Para mí que todos sus problemas con el gato, el pavo, la alfombra, el iPad, los sueños, amén de los helados se los debe a JON. (Ofreciéndole una tostada a SOMEBODY THAT.) Prueba esto, pequeño SOMEBODY.

SOMEBODY THAT.—Qué cortés, gracias. ¿Te has fijado que... ¡Osti, quema!

DECÉ.—ELLA siempre se vuelve a enamorar de quien ya ama.

SOMEBODY THAT.—¿En serio que no nos emborracharemos con este mejunje?

DECÉ.—Emborracharse de verdad es un acto muy reflexivo. Como recordar-olvidar.

SOMEBODY THAT.—A veces hay que olvidar...

DECÉ.—Olvidarse: porque, si te recuerdas, no hay olvido que valga.

SOMEBODY THAT.—Esto está de muerte, DECÉ.

DECÉ.(Riéndose para sus adentros.) Y ni siquiera te has acordado de las cerezas.

SOMEBODY.—(Se lleva la mano izquierda a la cabeza.) ¿Eres tú...?

DECÉ.—¿Qué...? No. No es nada.

SOMEBODY THAT.—Contigo nunca se sabe...

DECÉ.—Ya te lo expliqué antes. Si yo sé algo, no lo sé ni yo. Solo la digo.

SOMEBODY THAT.—(Con un declarado Dolor de Cabeza.) «Contigo me siento encadenado. ¿Envenenar puede ser también reflexivo?». (Continúa en voz alta.) Porque su incontrolable mundo de arañazos, picotazos y anemia la devuelve a esa playa llamada JON, una y otra vez.

DECÉ.—Cuando viene parece que cuenta los segundos para que se vaya.

SOMEBODY THAT.—No le gusta tener que encerrar al gato y al pavo en el trastero. Houdini se venga desalmando la alfombra.

DECÉ.—Que lo envuelva en una sábana, lo meta en un baúl y atado con cadenas...

SOMEBODY THAT.—Vamos…

DECÉ.—Al atrapasueños le cambió las plumas por cuentas de ámbar. ¿Resultado?: las comió el pavo.

SOMEBODY THAT.—Porque las confundió con uvas pasas.

DECÉ.—Su cama es un desastre.

SOMEBODY THAT.—Sip. —¿Me das otra tostadita?

DECÉ(Empapando otra tostada en amaretto y pensando en Thanks.) ¿Qué comerá en Navidad?

SOMEBODY THAT.—ELLA no come a los animales que le dan tanto la lata.

DECÉ.—¿Y qué? Ni a los otros. Tampoco le gusta la comida caliente ni tener que usar cubiertos, pero cuando viene JON le hace pesto para los raviolis.

SOMEBODY THAT.—¿Viste? Es capaz de no darle todo el parmesano a Houdini.

DECÉ.—¿Y tú qué, mi pequeño SOMEBODY?

SOMEBODY THAT.—(Colorado.) Yo soy azul.

DECÉ.—Entonces, ¿te llamaré Limón?

SOMEBODY THAT.—¡Pero que Limón es rojo!

DECÉ.—¿Prefieres Tomate?

SOMEBODY THAT.—¿Y Fresa?

DECÉ.—(Aproximándose a SOMEBODY THAT con una corona de cristales.) ¿Quieres ser mi reina, pequeño SOMEBODY?

SOMEBODY THAT.—Necesito beber algo.

DECÉ.—¿Quieres té?

SOMEBODY THAT.—No, no es una no-fiesta. Tomemos ron.

DECÉ.—(Falsamente afligido.) No queda ron, ¿se lo bebió el pavo?

SOMEBODY THAT.(Poniéndose la corona de cristales.) No te preocupes, siempre nos quedará la cocina. ¡Mira, hay café!

DECÉ.—Yo no puedo amart...

SOMEBODY THAT.—(Le interrumpe.) «Nuestro amor es bastante extraño.» —Pregúntame ‘por qué’.

DECÉ.—«¿Por qué?»

SOMEBODY THAT.—«Porque a lo mejor tú no me quieres.»

DECÉ.—(Recita pensando en la petición por parte de SOMEBODY THAT de un final bueno.) «Cuando deje de quererte, ya te avisaré.»

SOMEBODY THAT.—Recuerda que estamos encadenados. —¿A ELLA le va a doler mi corona?

DECÉ.—Más bien envenenados. —No, a menos que la muerdas («a ELLA»).

SOMEBODY THAT.—Tú tienes muchas coronas.

DECÉ.—Las necesarias. Esa —raramente— no era exclusiva, querido Limón.

SOMEBODY THAT.—Que soy azuuuuuuuul.

DECÉ.—Querido... ¿Arándano?

SOMEBODY THAT.—¡Que no soy un coche!

DECÉ.(Sacando otra corona de cristales.) Craj, craj. (Ofrece a SOMEBODY THAT.)

SOMEBODY THAT.—Aaaaaaaaaah, craj, craj, ellos tampoco. —Y no podremos tener gatos ni pavos.

DECÉ.—(Pensando.) «Mejor.» (Diciendo.) Tendremos tostadas.

SOMEBODY THAT.—Soy inhumano.

DECÉ.—Nadie es perfecto.

SOMEBODY THAT se quita la corona de cristales y le da un cacho a DECÉ.


Polvo de cristales, gazapera y TELÓN
 
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Si bastasen un par de canciones

En Pompeya más de trescientas personas adoraron a una nube piroclástica que temían, pero que les urgía a bailar en la playa... Sus cráneos se desbarataron, y los cerebros, sustituidos por roca de manera que, en un punto, sesos y piedra fueron dos fluidos y el pensamiento un vapor de más rápida difusión y profusión que cualquier idea o buena o mala. ¿Y de qué sirve matar la mente en circuito cerrado? Fuegos artificiales en la cabeza: un estallido en cadena, implosión por lo que no toca.

A salvo de la vida.

¿Pero todo eso que sucedió y que al Vesubio no le importaba qué fue en comparación a respirar las cenizas?

¿Qué sucede aspirando cenizas? Estas van formando y conformando una sustancia nueva. Y una nueva forma de respirar y de conformarse. Unos pulmones incondicionales a la lava. Adictos a ahogarse en un elemento que ni es solamente sólido ni solo líquido ni nada más que gaseoso; es ceniza, sangre, aire. Alveolos, canibalescos. Lo peor del suceso no es el deceso. Es que hasta que llegue el momento irremediable no se puede respirar otra cosa distinta, ni siquiera agua como los salmones. Los bañistas de Pompeya, si de pronto hubieran sido trasladados a los Alpes suizos y obsequiados con sendas cajas de Ricola, boquearían sin más; mas qué pertinaces salmones los de Kamchatka, obcecados en desovar hasta morir mientras luchan contra el río que los fuerza a saltar para caer en fauces de osos en una orilla o en manos de hombres de la otra ribera. Así está el conflicto: los del equipo Vesubio, que solo pueden respirar esa mierda hasta que se mueren, y entre tanto bailar en paroxístico volcan tal; al postrer fin, matar un pueblo pomposo. O la brigada Kamchatka, a producir a toda orquesta el caviar rojo y revivir estacionalmente un paisaje más lunático que lunar, pero tan exánime como agreste y bello. Queda quedarse en la neutral Suiza, para encerrarme en una trompa alpina y rodar mis lamentos laderas arriba y laderas abajo.

No se puede hacer nada contra un dragón que lame muchos dedos y nunca morderá la mano que le dé de comer a todos. Todos lo vieron llegar a su playa de cada uno y caminando como el ángel de las pequeñas muertes, o eso creían, y creían, y, si bien creían, sí que creían, porque creían bien. Bien la arena hervía bajo sus pies y seguían. Seguían sus huellas de cristal que les herían como lágrimas al pisar. Al pisar tenían que cubrir su rastro con sangre; era ya muy tarde, el suelo crujía y el cielo no más que desmoronándose. Desmoronándose no supieron hasta petrificarse que solo los ángeles pueden seguir caminando porque caminan descorazonados.

Al ángel escoria de Pompeya el fuego lo sorprendió por la espalda cuando se escapaba de la playa y hubo de ser la espuma de las olas la que sofocara sus omóplatos. Exhaló un vaporcillo que se sumó a la brisa de cenizas cuando ya nadie respiraba, empero tentando cada boca sellada con su escoplo de soplo. Saltando en los cuerpos de piedra, ¿adónde se irá el rumor de un ángel eviscerado como una manzana, asado y con olor a canela? Lava y leve y fría que te cagas lo condenó a flotar por la eternidad. Obligado a verse en pómez y en súplica: mendigo, pordiosero y maldito llama y no prende. Rechinando los dientes en un dormir que él sabe mordir. Así más de una vez o en todos o en Pompeya no se despierta a más o a nunca, no queda claro. Queda, claro, el aséptico dios suizo de los ojos reventones, que debe ser algo similar a lo que se encuentran los extraviados durante el primer segundo del despertarse en el bosque de su perdición y que la desconexión del sueño ha querido alejar y disfrazar de su cama propia: Rip van Winkle, Trisha McFarland... Nunca escapas de un bosque cuando se pierde en tu cabeza.
 
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