APRENDER A DECIR NO
Tantas letras tiene decir sí como decir no, y sin embargo, esto último nos cuesta un auténtico triunfo. Y, en más ocasiones de las que podemos reconocer, hasta consecuencias.
Nuestra sociedad, ésta en la que vivimos, ancla sus raíces en una errónea interpretación de las nociones de servicio y desapego, convirtiéndolas en un auténtico culto al sufrimiento. De ahí que se nos enseñe a negarnos en aras de una vida mejor, tanto para nosotros como para las personas que nos rodean.
Y ésa es una distorsión que impide ver la realidad tal y como es.
No podemos cuidar de los demás si antes no estamos en paz y armonía para con nosotros mismos. Nada podemos ofrecer si por dentro estamos vacíos. Y nada se realiza de forma sincera y altruista si externamente realizamos algo e interiormente rechazamos lo que estamos haciendo.
Decir no se convierte así en algo difícil. Porque hay que vivir, hay que comer y hay que relacionarse. Porque creemos no poder rechazar un empleo, sabiendo que con él estamos contribuyendo a perpetuar la desigualdad y a aumentar las ganancias de un individuo en detrimento de los demás. Porque tenemos miedo a contrariar a las personas que queremos, y elegimos darles la razón, obviar las cosas que nos duelen y no pedir ni exigir un trato equitativo y justo por temor a que esas personas dejen de amarnos y nos abandonen.
Cuando se hace lo contrario de lo que se piensa, guardando la mayor parte de lo que se siente bajo la superficie, surge la contradicción. Y con ella, los estados anímicos encontrados que tanto daño nos hacen en estos días. La tristeza, la ansiedad, la depresión, la desesperanza y la infelicidad. Vidas laborales carentes de significado, diseñadas hasta la última coma por progenitores, maestros o representantes de casta. Amistades insulsas, de conveniencia, en las que usamos a alguien para nuestro beneficio o dejamos que otros nos manipulen por temor a perderlos y quedarnos solos. Relaciones ficticias, en las cuales el Amor, que es la palabra más sagrada de la Creación, cede ante el interés por la belleza física, la posición social, una economía saneada o un matrimonio “entre iguales”.
Todo un engaño, que genera, a la larga, un resentimiento que aflora de forma física, mental o espiritual.
Urge aprender a decir no. A decir basta a una relación desnaturalizada, a no ceder a los chantajes del otro. A negarse a cooperar en algo injusto. A abandonar los ídolos sociales que son las políticas mal entendidas, las religiones excesivamente institucionalizadas o los patrones de la moda.
Urge ser uno mismo, para que cada sí sea un sí sincero, de hermano, de compromiso y de auténtica gratitud de alguien que ya se amó a sí mismo lo suficiente como para poder amar de verdad al otro.