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Usuario Experto
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A raíz de la reciente noticia de la “maternidad” de Ana Obregón con 68 años, se ha vuelto a poner en boga el tema de la llamada gestación subrogada, y de nuevo una legión de beatas y meapilas han saltado a la palestra diciendo que se trata de una inmoralidad y que atenta contra todas las normas de la ética y el decoro.

El caso, sin embargo, es que se trata de una institución reconocida y legalizada en países como Canadá, EEUU, Reino Unido, Australia y otros varias naciones occidentales, con lo que tan aberrante no será, digo yo.

El problema es que aquellas personas que quieren utilizar este método de reproducción, al ser todavía ilegal en España, no tienen más remedio que acudir a uno de estos países para poder llevarlo a cabo, lo que reduce su posibilidad únicamente a personas de alta capacidad económica. Algo parecido, por cierto, a lo que sucedía en los años 60 con el aborto, que las que querían llevarlo a cabo tenían que irse a Inglaterra, con el consiguiente desembolso económico que ello implicaba, y las que no tenían ese dinero, pues ajo y agua.

Yo reconozco que no veo tanto dilema ético en esta cuestión, siempre que las partes implicadas acepten su respectivo rol de una forma libre y sin coacciones. Habrá mujeres que se presten a ello de forma altruista, por ayudar a otras. También las habrá, obviamente, que lo hagan por necesidad o por deseo de dinero. ¿Y qué hay de malo en ello? Es una transacción económica al fin y al cabo y, como tal, un demandante y un ofertante de servicios. Si ambos están de acuerdo, ¿quiénes somos los demás para censurarlo?

Al parecer la Iglesia y los de VOX ya han puesto el grito en el cielo diciendo que estas prácticas van contra los postulados más elementales de la Iglesia Católica y Apostólica. Bueno, ya sabemos que la Iglesia está anquilosada en el pasado y no acepta apenas nada que implique salirse del catecismo por el que lleva siglos rigiéndose. Me sorprende mucho más, sin embargo, la oposición que la izquierda más radical también hace de este tema, diciendo que atenta contra la dignidad de la mujer. Es curioso, porque esos mismos son los que esgrimen a los cuatro vientos eslóganes tales como “nosotras parimos, nosotras decidimos” o “mi cuerpo y mi chumino son míos y hago lo que quiero con ellos”. Pues ¿en qué quedamos entonces? La incongruencia no puede ser mayor.

Sea como sea, lo cierto es que estamos ante una realidad social que se va extendiendo por todo el mundo civilizado (obviamente a los países árabes y de ideología musulmana nunca llegará), y dado que no se le pueden poner puertas al campo, entiendo que lo suyo sería regularlo de tal manera que se lleve a cabo de la forma más aséptica y vigilada posible, con un riguroso control médico y judicial que evite riesgos y explotaciones, así como que regule el lucro que pueda haber en este mercado, más allá de la compensación económica a la que pueda tener derecho la mujer gestante. En definitiva, que no se puede ir contra una demanda social que, por mucho que nos tapemos los ojos, existe y va a seguir existiendo cada vez más. En consecuencia, no se trata de permitir o de prohibir, sino de regular. Así es al menos como lo veo yo. No sé qué opinaréis vosotros.
 
 


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