Todos tenemos o hemos tenido alguna vez una “ella” (o un “él”, en función de la orientación sentimental de cada persona), y la pregunta que surge es qué cualidades o rasgos especiales son los que la convirtieron precisamente en eso, en “ella” (o “él”), por qué “ella” y no otras, qué misterio había detrás de ese guiño, de esa mirada, de ese cruce de piernas, de esa sonrisa, para que surgiera, pletórica como una Venus, “ella”.
Y aunque a veces se presenta una única “ella” que engalana la existencia para siempre, lo normal es que sean varias las "ellas" (o "ellos") que pueden llegar a iluminar una vida. Y uno siempre, dentro de su ingenuidad, cree que la última "ella" será la definitiva, que al fin será "ELLA", pero por regla general esa "ella" termina asimismo difuminándose con el paso tiempo, adquiriendo barnices opacos que la llevan a perder aquel brillo que la hiciera única y especial, hasta que, sin apenas darse uno cuenta, el aleteo de mariposas que "ella" inducía pierde impulso y gracia, como el movimiento de esas bailarinas autómatas que se activan mediante cuerda y cuya danza va languideciendo poco a poco hasta detenerse del todo, de forma tal que "ella" se convierte al cabo en "otra más", a la espera de su sustitución por una nueva "ella" que consiga otra vez, aunque sólo sea por un periodo efímero, florecer la esperanza.
Esta canción de Elvis Costello me parece ideal para ilustrar musicalmente el hilo. Espero que os guste tanto como a mí, que es una de mis canciones preferidas: