|
Como regla habitual procuro desenvolverme con arreglo a la máxima del "vive y deja vivir", esto es, procurar disfrutar de mi vida sin complicármela más allá de lo necesario y, al propio tiempo, intentar no inmiscuirme en la de los demás. Digamos que en ese aspecto me rijo por dos principios básicos: "no hagas a los otros lo que no desearías que te hicieran ellos a ti" y "actúa con los otros como te gustaría que obrasen ellos contigo". Así de simple. Y todo ello dentro de un marco en el que predominen sobre todo la educación y las buenas maneras. Como dicen los británicos con su habitual flema, manners before morals (frase cuyo origen hay que buscarlo en “El abanico de lady Windermere”, del inefable Oscar Wilde).
Estoy convencido de que a cualquier tipo de sociedad le iría mucho mejor si sus miembros se condujeran de acuerdo a tales normas de conducta. Cuando menos sería una sociedad menos violenta y áspera y, en contrapartida, mucho más afable y civilizada. Así, por ejemplo, y aunque sea una hipótesis encerrada dentro de los límites de lo quimérico, estoy por afirmar que en un país donde imperasen hasta ese punto los buenos modos y la cortesía entre sus ciudadanos no se desatarían a buen seguro guerras civiles.
Pero utopías aparte, el problema de esto es que para que funcione se hace necesaria una cierta dosis de reciprocidad, lo cual no deja de ser complicado en una sociedad donde, pese a que uno trata de vivir sin molestar a nadie, no cesan de salirle al paso todo tipo de groseros y atolondrados. Así, vas tranquilamente conduciendo y de pronto un energúmeno efectúa una maniobra ilegal y te golpea por detrás en el coche. Se te corta la línea telefónica y tu proveedor, lejos de solucionarte el problema, te torea una y otra vez como si fueses un morlaco. Paseas por el parque y tienes que ir esquivando las cagadas de los perros que sus dueños no tuvieron la delicadeza de recoger. Observas el último extracto que te mandó tu banco y te das cuenta que te cobró comisiones hasta por la remisión de su propia publicidad. Te dispones a salir del metro y una cáfila apestosa te lo impide porque pretenden ellos entrar primero. Acudes a un organismo público y un petimetre de uniforme se arroga el derecho de llamarte la atención porque se te olvidó traer cualquier chorrada. Abres el correo electrónico y la pantalla queda inundada por una docena de correos spam... En fin, que por todos lados hay gente que parece no estar de acuerdo con tu proyecto de disfrutar de la vida en paz. Más aún, a la mayoría de esa gente parece importarle un bledo tus razones, las poseas o no. Ni siquiera parece que les importe que, al igual que ellos, también tú seas persona.
Quizá en los colegios debiera impartirse "empatía" como asignatura obligatoria, para que de ese modo todos adquiriésemos de una vez por todas la capacidad de ponernos bajo la piel ajena. No sé, pienso que con eso y un mínimo de modales nos iría muchísimo mejor a todos.
|