Recuerdo una chica con la que me enrollé hace años en una de las fiestas que mi facultad, la de Derecho, celebraba a menudo. ¿O no fue en la de Derecho?

La verdad es que no lo recuerdo muy bien. Quizá fuese en la de Caminos, que por aquel entonces daba muchas fiestas. Da igual, eso es lo de menos. Lo importante era la chica; lo importante siempre es de hecho la chica. No era muy guapa, pero con el alcohol y los canutos que llevaba encima tampoco estaba yo para fijarme en muchos detalles. Fue ella además la que me llevó a su cama (siempre son ellas las que nos llevan a la cama), asegurándome que sus padres no estarían en casa durante todo el fin de semana. Recuerdo que en una pausa de la encarnizada batalla amorosa, cuando la luz de la luna se filtraba por la ventana para derramarse sobre el profanado dormitorio paterno, nos dio por hablar de literatura, más concretamente de poesía. ¿Qué es para ti la poesía?, le pregunté en un momento dado. Ahí podía haber andado ella al quite y responderme con los famosos versos de Becker, ya sabéis, aquello de “¿Y tú me lo preguntas? ¡Poesía eres tú!” y bla bla bla. Pero no, ella fue más prosaica y vino a decirme con cierta displicencia que la poesía no era sino un puñado de canciones hechas sólo de palabras que algunos, como tú, me espetó con su dedo índice, se aprenden de memoria. Vaya, dije, con que una canción hecha sólo de palabras que algunos aprendemos de memoria. Me hizo gracia y sonreí ante tan pueril e ingenua definición.
Y de repente, no sé bien por qué ignoto sortilegio, fui más consciente que nunca de mí mismo y me vi allí, bañado por la argéntea luz de la luna entre las revueltas sábanas de una cama inmensa, y noté que todo mi cuerpo, mis piernas, mis brazos, mi abdomen, todo, se sentía relajado al máximo, y a mi lado estaba ella, mi amante ocasional, la que, aparte de simpatía, no me había inspirado hasta entonces mayor sentimiento, pero hacia la que en ese preciso instante sentí tanta emotividad que no pude reprimir el impulso de besarla tiernamente en la boca, con toda la dulzura de que fui capaz, al tiempo que en mi fuero interno me decía que debería haber un poema, una canción hecha sólo de palabras, para expresar ese preciso momento, para expresar cualquier momento que fuera tan intenso y bello como lo era aquel…
Y es de hecho por cosas como estas por las que suelo escribir versos. Y por cosas como estas es por lo que también los aprendo de memoria y a veces, sólo a veces, los canto a la luz de la luna.