|
Terminé de trabajar. Eran las 7 de la tarde. El móvil seguía en silencio. La angustia se me echó encima, igual que la noche había caído sobre la ciudad.
Fui al bar que ella frecuenta. No había más que unos cuantos tíos jugando la partida. El dueño me dijo que ella había estado allí ayer. Yo no podía esperarla. A lo mejor hoy no se presentaba, así que volví a la oficina y, a oscuras, me puse a pasear arriba y abajo, como una fiera enjaulada.
Era perfectamente consciente de que estaba perdiendo el control y llegué a la conclusión de que lo que necesitaba era una confirmación, positiva o negativa, cortar o seguir, en fin; saber a qué atenerme. Así que la llamé. Sonó el teléfono. No contestaba. Se activó el buzón de voz y colgué.
No sé si lo volveré a intentar esta tarde.
Me pregunto cuándo cojones terminará ésta pesadilla.
|