Parece ser que a los anglófonos les ha dado ahora por ponerle adjetivos a los días de la semana, y no contentos con endosarnos el enlutado “black friday”, ahora nos vienen con el melancólico “blue monday”, que al parecer es precisamente hoy. Vaya afán el suyo por calificarlo todo. Lo entendería si tuviesen un idioma bonito e eufónico que revistiera a cada nueva denominación de una sonoridad agradable, pero lo cierto es que no, que su idioma, el inglés, es insulso y feo a más no poder.
En fin, que no me quiero desviar del tema. Pues eso, que resulta que este lunes al que ya le queda poco de vida se ha convertido en el “blue monday”, esto es, el lunes triste, el día más mustio del año. Dicen que eso es debido, entre otras razones, a que, además de lunes, es un día en el que tomamos plena consciencia del fin de las fiestas navideñas, se sitúa en medio de la siempre sufrida cuesta de enero y acostumbra a ser un día frío y desapacible (al menos en el hemisferio norte).
Independientemente de estas patochadas anglosajonas, de lo que yo estoy cada vez más convencido es que los lunes deberían ser suprimidos directamente del calendario o, de no ser posible, convertidos por decreto en festivos. Y es que son realmente insufribles, sobre todo cuando uno se despierta en esas intempestivas mañanas de invierno, mira por la ventana con los ojos aún poblados de legañas y comprueba que la claridad sigue enclaustrada bajo las sombras de la larga noche. Y, claro, con ese panorama, el primer pensamiento es que fuera hace frío, que tienes que ir al despacho y que aún te queda soportar la semana laboral durante cinco largos días más. ¿Es eso de recibo?
No, los lunes no deberían existir, si acaso sólo en verano, pero en invierno no. Alguien debería proponer su inconstitucionalidad o, siendo más drásticos, ejecutarlos directamente en la plaza pública