|
“Hola, ¿Cómo te llamas? ¿Qué Tomas? ¿Tienes fuego?”
Podemos definir a un ligón como un tipo que lo intenta mucho, e incluso a lo largo del tiempo acaban desarrollando su propio método de hacer, pero que en el fondo no se da cuenta que está haciendo el ridículo y malgastando tiempo y energía tratando de seducir a mujeres predispuestas a mandarle a freír espárragos en un ambiente –ruidoso, abarrotado de gente, caro- diseñado específicamente como una trampa para tíos solteros y hambrientos de sexo.
Aunque en realidad las discotecas suelen ser una trampa para la mayor parte de hombres, al menos los ligones tratan de amortizar lo que se invierten tratando de conocer chicas, lo que en cierta forma les hace mejores que sus primos lejanos los aguantacubatas.
La cuestión es que a pesar de que es capaz de ir e intentar establecer una conversación con cualquier mujer, estas perciben en seguida su naturaleza de ligón, es decir de un tipo raro y SUMAMENTE NECESITADO capaz de hacer y decir cualquier cosa por llevárselas a la cama
En si esto es lo que diferencia a un seductor de un ligón. Un seductor trata de hacer sentir ESPECIAL a la chica que elige seducir, en cambio un ligón es alguien que no tiene valores ni reparos en intentarlo con cualquier chica, y lo que es peor EN NI SIQUIERA DISIMULARLO, lo cual en un sitio cerrado como es una discoteca es mucho más evidente para ellas.
Pero en cierta forma los ligones de discoteca tienen un algo entrañable que me fascina. Todos los que he conocido tienen una serie de rasgos en común que los convierte en improvisados anti-héroes –como Torrente, Pajares o Ángel Cristo por decir algo- y sobre todo un ritual, una liturgia que siguen a rajatabla cada viernes y sábado noche y que viene con el papel aprendido.
|