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A pesar de ser humanos no dejamos de ser animales. En nuestros genes están grabados los procedimientos necesarios para que la especie se perpetúe. Y para perpetuarse una de las claves es la diversidad de parejas durante la vida reproductiva como en el resto de la naturaleza, por tanto, la monogamia es una decisión no una necesidad.
Los machos de cualquier especie buscan copular contra más mejor para que sean sus genes y no el de otros los que salgan adelante, las hembras buscar aquellas parejas que le resulten más atractivas y físicamente más fuerte para que su descendencia tenga más posibilidades de salir adelante.
Dicho esto, todos estas necesidades y anhelos de nuestra parte animal se encuentran supeditados a nuestras decisiones por ser animales racionales. Nuestra mente se encarga de mantener ese equilibrio a veces precario entre lo que debemos o queremos hacer y lo que nos pide el cuerpo. A veces ese equilibrio se rompe y como toda situación sobrevenida pero no aceptada buscamos explicaciones o excusas para no reconocer que nuestra herencia animal ha superado a nuestros principios o a nuestro autocontrol.
Es curioso que por ejemplo en las mujeres que son infieles hay varios estudios que han determinado que durante los niveles máximos de ovulación durante el mes es cuando buscan más el contacto con sus amantes. O que muchos hombres infieles no son capaces de controlar sus instintos sexuales y en cambio son perfectamente capaces a renunciar a otros estímulos tan satisfactorios sin tener recaídas como les ocurre en esos casos.
En lo que no creo es en los dogmas taxativos. El ser fiel es un acto de control personal y como tal, será posible siempre que todos aquellos nudos con los que hemos atado esa decisión no se suelten debido a momentos, personas o situaciones que hagan desmoronarse ese sentimiento. El "yo nunca beberé de esa agua" quizás se pueda decir cuando se está a las puertas del fin de la vida, mientras tanto mejor cambiar el "nunca" por el "espero que no".
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