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Antiguo 14-Jan-2018  
Usuario Novato
 
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Les cuento un experiencia reciente, de 2016.
Con una chica -tenemos 37 ella y 54 yo- nos hemos dado a trabajar en forma asidua pues nos daba buen dinero.
Por lo general trabajábamos en casa de ella, que tenía un novio formal. Sin embargo, este muchacho sólo venía un día o dos a la semana y era raro que yo lo viese. Por lo tanto, pasaba con esta compañera más tiempo que él. Nada raro, incluso yo tenía mi novia en casa, a la que quiero mucho.
Dado que nos hicimos muy amigos, al encontrarnos nos abrazábamos, como suelen hacer mis amigos íntimos (incluso varones) y yo no pasaba de alguna leve y afectuosa caricia en la parte de atrás de la cabeza.
O sea muy poco contacto.
No era raro que luego de trabajar fuésemos a un bar a distendernos, charlando por una hora de nuestras parejas, de lo difícil que es a veces obtener el dinero para vivir y los temas habituales de política o familia. También hacíamos running y bicicleta en un parque cercano. Nunca terminábamos después de las siete de la tarde. Éramos muy unidos y yo respetaba religiosamente sus horarios libres, como ella los míos.

Con el tiempo empecé a ver algunas señales extrañas.
Las salidas a hacer running y en bici por el parque se espaciaron hasta desaparecer, con la excusa que ella tenía otras actividades. También dejaron de existir las cervezas y las charlas. Sin mucha alarma lo atribuí, realmente, al trabajo particular -y excesivo- de ella, que yo también lo tenía.

La debacle vino en un congreso al que fuimos juntos, a presentar un trabajo académico. Pasé a buscarla para tomar el bus -era un viaje de 4 horas- y en el trayecto me dormí, aburrido de su mutismo, luego de algunas frases generales y hasta creo que algo tontas.
Ya en destino, dimos nuestra conferencia y regresamos. Quedamos en vernos (ella casi de mala gana) para seguir trabajando, luego del fin de semana.
El lunes me envìa un mensaje, diciéndome que estaba en el parque.
Me extrañó, pero me vestí como para hacer running juntos, como hacía casi dos meses.
Wrong.
Seria y sin sonreír, no nos besamos en la mejilla, como siempre. Me hizo sentar en uno de los bancos y me dijo una serie de cosas que me dejó helado.
Su boca era una línea horizontal, de disgusto. Con sequedad, dijo:

-Que yo la tocaba más de lo permitido.
-Que le había acariciado varias veces la cara y los brazos.
-Que en el congreso (esto fue lo peor) "le había mirado con insistencia".
-Que de esto último se dio cuenta por un papelito que le arrimó una compañera.
-Que el papelito decía "Quien es ese tipo que te está mirando tanto las tetas"
-Que hasta aquí habíamos llegado.

Imaginarán mi horror.
La palabra "tetas" fue como un mazazo.
Nunca caí en cuenta de tales tocamientos y menos -mucho menos- de haberle mirado el escote a una amiga por la cual tenía (tengo) enorme afecto, pero con la que jamás vislumbre atracción sexual alguna.
Mi vergüenza hoy es tal, que no podría hablarle y ni aún mirarla, y no se porqué.
Suspendió todo trabajo conmigo y hemos perdido mucho dinero, pero eso no es tan importante como haber perdido su amistad.
Así que he quedado con una culpa tremenda y el dolor de haberle hecho daño, tal vez sin haberme dado cuenta, sin haber visto mi importunidad.
Encima, no me atrevo a contarle esto a mi novia, no se cómo podría tomarlo, porque si bien nunca sospechó de mí, solía ponerse algo celosa si yo llegaba algo tarde, aunque jamás le di un motivo.
La vergüenza todavía me angustia al punto de no poder pensar en nada más que en mi culpa y sobre todo, el dolor de su humillación. Lo superaré, pero no creo recuperar a mi amiga...

Escucho opiniones o consejos, sobre todo femeninos.
 
 


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