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Usuario Experto
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Acostumbra a decirse que la memoria es selectiva y que, como tal, tiende con el tiempo a achicar por el desagüe del olvido, a modo depurativo, aquellos recuerdos que de alguna forma u otra pudieran resultar perniciosos.
No digo que no sea así en parte, pero entiendo que dicho vaciado casi nunca suele ser completo, sino que, por el contrario, quedan siempre, aunque sea en lo más recóndito de la memoria, allí donde las telarañas cuelgan como siniestros custodios, los recuerdos más amargos, aquellos que conforman pesares y aflicciones, los que se alimentan de las más tristes vivencias, de aciagas consternaciones, de desagradables encuentros y escabrosos desencuentros, de penas y congojas crueles; allá permanecen, presos de la memoria, encerrados en sus sombrías celdas, esas que el propio cerebro configura mediante oxidados barrotes; allá subsisten, siempre al acecho, insidiosos, arteros, dañinos, solapados, prestos a saltar como resortes a la primera ocasión propicia que se les presente, preparados en todo momento para descargar el deletéreo veneno que de ellos rezuma. Son recuerdos que jamás habríamos querido volver a evocar, pero que sin embargo permanecen, desoída que fue la orden de olvido que nuestra voluntad quiso inútilmente empeñarse en impartir. Y de este modo, con un rechinar de goznes herrumbrosos, se abren las celdas donde estaban latentes y a su través escapan los malditos para lastimarnos el alma, furiosos, abominables, inmisericordes recuerdos.
Y es que por más que los creamos exilados para siempre, su destierro únicamente es transitorio. De ahí que vuelvan. Vuelven, sí, vuelven para que mediante ellos revivamos aquellos hechos que en su momento los gestaron: un amor imposible, una amistad malograda, una ofensa imperdonable, una traición ruin, un ridículo espantoso, un accidente espeluznante, un corazón roto, una irreparable pérdida…, sombras y espectros que, conforme a su oscura materia, quisimos deportar para siempre a ese firmamento lóbrego que fragua el olvido, empleando a mayor abundamiento plúmbeos lastres que favorecieran su hundimiento en los abismos más profundos de la mente, allí donde nunca más pudieran volver a atormentarnos.... Pero es esa una misión que a la postre suele devenir inútil… Demasiado poderosos son esos recuerdos, tanto que a la menor ocasión se amotinan para escapar de sus herrumbrosas mazmorras y subir de nuevo a la superficie, a la luz de la conciencia, allí donde saben que causan daño, donde sus raucas voces vienen a dar cuenta de que somos humanos y, por lo tanto, frágiles, proclives a los padecimientos, inclinados a cometer errores una y otra vez, a menudo repetidos, como si no fuésemos nunca capaces de ver la piedra donde habremos de tropezar. Y así, por mucho que queramos y todo el empeño del mundo pongamos en olvidar, los recuerdos, que tienen vida propia, se rebelan para impedirnos hacerlo.
Recuerdos malhadados. Recuerdos que hacen que el alma se rompa en lágrimas y que de la carne abierta brote la sangre. Recuerdos que portan dolor y nos inundan de rabia. Recuerdos que nos encolerizan y nos compelen a clamar contra el destino, a tildarlo de injusto y pernicioso, como si el destino mantuviese una deuda pendiente con nosotros y pretendiéramos saldarla de una vez por todas... Pero no hay ninguna deuda. El destino es neutral, a lo sumo caprichoso, pero no se endeuda con nadie. No hay deudas, por tanto, que reclamar, sólo hay presente y futuro, y un barco en el que navegar, ese cuyo timón hemos de gobernar con destreza para que nos conduzca a buen puerto, el barco de nuestras propias vidas.
Quizá en esa travesía sea bueno no dar la orden de olvido, permitir que los recuerdos, aun mal encarados, se conviertan en nuestros aliados y no en nuestros enemigos, enfrentarnos a ellos y engullir su hiel para que a la postre se cierren las heridas que los generaron. Quizá sea bueno desatar las hostilidades y librar una batalla interna donde de las bajas pueda nacer la esperanza, donde tras asumir los errores cometidos se logre que las heridas cicatricen para siempre, donde los recuerdos pierdan su fiereza y se vuelvan dóciles como corderos. Asumir errores, avanzar, crecer... Quizá sea ese el proceso... Tal vez, sólo tal vez.
Entonces, ¿qué? ¿Olvidar o no olvidar? Como diría aquel eximio inglés: That is the question.
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