No lo digo por mí, no, enamoradizo por antonomasia

Tan solo me hago eco del título de la famosa canción de Burt Bacharach que todos habremos escuchado alguna que otra vez.
Lo cierto es que, independientemente de las razones que guiaran al bueno de Burt para componer semejante temazo, no son pocos quienes, en efecto, se muestran precavidos con esto del amor y se proponen, a ser posible, no caer en sus redes. Miedo al amor, supongo. Miedo a ser alcanzado por esos dardos que de vez en cuando lanza el travieso Cupido, esos dardos que luego de atravesar aurículas y ventrículos inoculan en la sangre un extraño tósigo que la hace bullir de manera asombrosa, como si de repente se hubiese transformado en candente lava y, como tal, comenzase a borbollar y generar vórtices efervescentes capaces de arrasar con todo lo que encuentren a su paso, especialmente la cordura y, tras de ésta, la propia libertad.
Quizá sea esa precisamente una de las principales razones de este miedo al amor: la pérdida de libertad que suele llevar aparejada. Porque el amor, al menos cuando va sazonado con los jugos de la pasión (¿puede haber de hecho verdadero amor sin ella?), tiende a convertirse en tirano y esclavizar a sus víctimas, exigiendo una sumisión absoluta a la que resulta prácticamente imposible sustraerse.
Se trata, no obstante, de una esclavitud que, paradójicamente, suele llevarse bien, con entusiasmo incluso, pues no en vano las cadenas de que se sirve el tirano, las cadenas del amor, son dulces como la miel, las más sutiles y deliciosas cadenas jamás forjadas por herrero alguno, hechas del más sublime de los sentimientos, aquel que nos alza por encima de cualquier penuria para hacernos tocar el Cielo con los dedos. Así las cosas, no es de extrañar que las cadenas del amor se lleven con gusto. ¿Cómo dice el refrán? Ah, sí, sarna con gusto no pica. Pues eso, que la pérdida de libertad que origina el amor merecería en principio la pena, pues vendría compensada por los goces obtenidos a su socaire.
¿Por qué entonces hay quien insiste en no quererse enamorar o, como Bacharach, en no volver a hacerlo “again”? Imagino que ahí entran en liza el miedo al dolor y al sufrimiento, propiciados especialmente cuando el amor, antojadizo por naturaleza, en lugar de tomar billete de ida y vuelta, marcha sólo en una única dirección, conduciendo así al damnificado de turno a los tremedales del amor no correspondido o, peor aún, a los páramos del desamor. En tales casos, el amante se ve asediado por la más angustiosa de las pesadumbres, por la ansiedad más atroz, por la incertidumbre más mortificante, por ese lancinante dolor que padece el que ama y no se sabe amado. No existe consuelo alguno para el amante así rechazado, ninguna tisana que pueda calmar su padecimiento, ningún sinapismo capaz de cauterizar su sangrante herida.
Es comprensible, por tanto, que haya quienes tengan miedo al amor y lo rehúyan, temerosos no sólo de perder la libertad, sino también posiblemente la razón, porque el amor, cuando se vicia de algún modo o no es correspondido, puede llegar a ser un verdadero ente alienador, un germen de auténtica locura: la locura de amor, esa que al amante induce a arrastrarse como un perro en pos de paupérrimas migajas de afecto, de cuando menos una palabra cariñosa, de una sonrisa fugaz, de una mínima caricia…
Sólo el tiempo, el más eximio de los doctores, puede si acaso restañar las heridas de ese amor no correspondido. Pero si él falla, si el veneno del amor no es finalmente extraído de la sangre inficionada, sí que entonces la razón puede llegar a desmoronarse hasta hundirse definitivamente en los negros abismos de la insania. Existe más de un ejemplo ilustrativo de ello, algunos de índole histórica, como el de la famosa Juana la Loca… Pero lo normal es que esto no suceda, que el tiempo cumpla con su labor terapéutica y devuelva al enfermo a la senda de la cordura. Suele ser de hecho entonces cuando el paciente, ya restablecido, entona aquello de “I’ll never fall in love again”. Elemental.
Pero, pese a todo, ¿no resulta triste renunciar a los goces del amor? La verdad es que nadie debería irse de este mundo sin haber al menos una vez ardido en su impetuoso fuego. Porque ¿puede concebirse acaso infortunio mayor que el de surcar el río de la vida sin haber nunca gozado del placer de quemarse con las llamas de tan exquisito infierno?