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Desde mi punto de vista el pasado triste no hay que olvidarlo ni reprimirlo, sino asimilarlo; recordarlo sin dolor. Sólo así nos veremos libres de ataduras.
Y el proceso de asimilarlo pasa por considerarlo como es: sólo pasado, dentro del presente, el cual -sea feliz o luctuoso- ya no se puede arebatar. Sea lo que sea, forma parte de nuestro ser y le podremos sacar provecho; evitando peligros y llegando más pronto, con menos esfuerzo y más satisfacción a estados de felicidad (incluso dentro de la rutina).
Pienso que cuando alguien es seducido por un pasado feliz que no volverá, viviendo de él, rehúye a los estímulos, a las cosas que ocurren en el presente, a las personas que se cruzan actualmente, que en condiciones normales nos harían evolucionar, seguir con nuestra experiencia, y alcanzar una felicidad más tangible y duradera. Incluso si se ha perdido todo, el presente y la posibilidad de seguir un camino, aunque incierto, es nuestro mayor tesoro. La única diferencia es que no hay un guión del todo establecido.
'Suprimir' lo hacen las computadoras o los fotógrafos soviéticos. Si tuviéramos que hacer borrado y tapar como quien tapa el polvo, barriendo por debajo de la alfombra, terminaríamos renunciándonos a nosotros mismos; lo que somos, lo que hemos sido. Dejaríamos de ser personas, nos convertiríamos en sombras.
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