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Historias de amor legendario 5: Orión y Mérope
Orión era un héroe hijo del dios Poseidón. Destacaba tanto por su altura (debía medir cerca de dos metros) como por su belleza, ya que de él se decía que, a excepción de Adonis, era el hombre más guapo sobre la faz de la Tierra. Vamos, un tipo con buena planta, que suele decirse. Tenía además fama de ser el cazador más astuto y experimentado que existía.
El caso era que Orión estaba enamorado de Mérope, que era la hija de Enopión, rey de la isla de Quíos. Sin embargo, Enopión le había dicho que solo le permitiría casarse con su hija si antes mataba a todas las bestias y animales salvajes que habitaban en su isla. Orión comenzó entonces este trabajo de exterminio y todos los días llevaba a Enopión las pieles de los leones, osos, lobos y demás animales salvajes que abatía. Cuando hubo acabado esta tarea y dejado la isla libre de fieras, fue a ver a Enopión para que este le autorizase por fin a casarse con su hija. Sin embargo, Enopión, que en realidad no deseaba acceder a dicho matrimonio, ya que también él estaba enamorado de su propia hija, puso como excusa que todavía se escuchaban aullidos y rugidos de fieras en la isla, lo que significaba que aún no había sido completado del todo el trabajo.
Entristecido por esta reticencia del padre de su amada, esa noche Orión decidió ahogar sus penas en alcohol, de manera que se agarró una cogorza de padre y muy señor mío. Como suele suceder con demasiada frecuencia, la ingesta excesiva de vino termina por anular la sensatez y cualquier atisbo de la razón, y fue así como Orión, estimulado por el alcohol y por la siempre poderosa fuerza del deseo carnal, irrumpió en la alcoba de Mérope, presto a desfogar con ella la calentura de su sangre. Mientras era violada, esta comenzó a gritar y sus gritos alertaron a Enopión, que acudió raudo al rescate de su hija. Sin embargo, tuvo miedo de enfrentarse directamente con Orión, ya que este era más joven y más fuerte que él, por lo que, en lugar de ello, le instó a tomarse juntos otro odre de vino y que ya luego hablarían si acaso de la boda con su hija.
Así, pues, Orión continuó dándole al morapio, hasta que, ya completamente borracho, se desplomó sin sentido. Enopión aprovechó entonces la coyuntura para con una daga sacarle los ojos.
Completamente ciego, Orión vagó de un lugar a otro hasta llegar al lejano oriente. Allí se encomendó a Helios (personificación del Sol), quien le devolvió la vista.
Orión regresó entonces a Quíos en busca de venganza. Sin embargo, Enopión, que ya hemos visto que era un cobarde redomado, se escondió lo mejor que pudo en un refugio subterráneo y ordenó a sus criados que dijesen a Orión que se había marchado a Creta.
Orión le persiguió hasta Creta, pero allí, en lugar de encontrar a su presa, se topó con la diosa Artemisa, la cual parece ser que se enamoró de él, admirada tanto de sus buenas hechuras como hombre, como del hecho de que fuese casi tan buen cazador como ella misma (no olvidemos que Artemisa era la diosa griega de la caza).
El dios Apolo, que era hermano mellizo de Artemisa y la conocía, por tanto, más que bien, se dio cuenta en seguida de que su gemela andaba enamoriscada del guapo cazador. Esto no le hizo demasiada gracia, ya que su hermana había prometido mantenerse virgen hasta la eternidad. Así que para poner fin a este, en su opinión, ridículo amorío, envió un escorpión gigantesco para que atacara y matase a Orión. Este trató de defenderse como pudo, pero sus armas resultaban inocuas frente a tan monstruoso adversario, de modo que optó finalmente por lanzarse al mar para tratar de huir a nado.
En ese momento llegó Artemisa junto a su hermano Apolo. Este último, señalando con el dedo a Orión que a lo lejos nadaba en el mar abierto, le preguntó:
—¿Ves aquella cosa que se mueve en el mar?
—Claro –contestó Artemisa-. Parece un hombre nadando.
—Exacto –corroboró Apolo, añadiendo a continuación:- Se trata de un mal nacido que ha insultado y querido violar a una de tus sacerdotisas.
Encolerizada por esta noticia que le daba su hermano, Artemisa tomó su arco, apuntó con cuidado y lanzó una flecha que alcanzó de lleno al nadador, matándolo en el acto.
Más tarde, cuando Artemisa descubrió que, por culpa de las mentiras de su hermano Apolo, a quien había matado era a Orión, se sintió muy afligida y decidió pedir a Zeus que por lo menos le representase en el cielo. Zeus accedió a ello y desde entonces en el firmamento puede verse la constelación de Orión, el cazador, perseguido eternamente por la de su archienemigo, el Escorpión.
En cuanto a Mérope, se desconoce totalmente qué fue de su vida. Lo cierto es que violada, abandonada y prisionera de un padre que nunca tuvo intención de dejar que se casara con otro, no debió ser una vida demasiado plena. Pobre Mérope 

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