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Historias de amor legendario 3: Apolo y Dafne
Apolo, como imagino conocéis, era el dios griego de las artes y del arco y las flechas. Era, sin embargo, un dios muy arrogante y, como tal, se jactaba con frecuencia de ser el mejor y más eficaz arquero de todo el Universo.
En cierta ocasión se topó con Eros, el dios del amor, quien como también sabemos manejaba asimismo el arco y las flechas. Sin embargo, Apolo se mofó de él y, entre risotadas burlonas, vino a decirle que cómo podía tener el cuajo de considerarse arquero esgrimiendo un arco y unas flechas tan pequeñas.
Eros se sintió muy ultrajado por aquellas palabras y aquellas risas, pero se abstuvo de ofrecer réplica alguna. Simplemente se alejó sin decir nada hasta alcanzar la cima del monte Parnaso (ese mismo en el que dicen que se reúnen de vez en cuando las Musas). Una vez allí extrajo de su carcaj una flecha de oro y otra de hierro. La flecha de oro era de las que incitaban al amor más profundo, mientras que la de hierro, por el contrario, era de las que provocaban un aborrecimiento intenso.
Así las cosas, Eros disparó la flecha de oro sobre Apolo, acertándole de lleno en pleno corazón.
Acto seguido disparó la flecha de hierro sobre la ninfa Dafne, quien en esos momentos pasaba casualmente por allí.
Como consecuencia de estas dos acciones combinadas, Apolo se sintió de inmediato profundamente enamorado de Dafne, mientras que esta, en cambio, comenzó a sentir un aborrecimiento inmenso hacia Apolo.
Apolo corrió en pos de Dafne para tomarla y hacerla suya, al tiempo que proclamaba a los cuatro vientos su amor sin límites y se desgañitaba gritando requiebros y cumplidos que alababan la inconmensurable belleza y donosura de la ninfa de sus sueños.
Por su parte, Dafne, al verlo venir, salió huyendo despavorida, pues no podía concebir nada más desagradable que el hecho de que Apolo la tocase con manos lujuriosas. A tal efecto, Dafne corrió como si no hubiese un mañana, pero era consciente, no obstante, de que tarde o temprano Apolo la atraparía, pues era indudablemente más rápido que ella.
Desesperada, Dafne rogó a su padre, el dios-río Ladón para que la ayudase, ya que por nada del mundo quería ser tomada por Apolo.
Y apiadándose de ella, Ladón la transformó en un árbol, concretamente en un laurel.
Cuando Apolo alcanzó finalmente a Dafne y la vio convertida en laurel, se abrazó amorosamente a ella, puesto que aunque ya no fuese de carne y hueso, seguía amándola con todas sus fuerzas. Al comprender, sin embargo, que jamás podría ya hacerla suya, se sintió muy triste y afligido.
Pese a todo, Apolo quiso dejar constancia de su incoercible amor y dispuso para ello que el laurel obtuviese el status de árbol sagrado y que desde entonces sus hojas coronasen a los mayores héroes de Grecia y también a los vencedores de los Juegos Olímpicos. Y así fue en efecto como se hizo desde ahí en adelante.
Otra curiosa historia, ¿verdad? Son muchos los Apolos y las Dafnes que ha habido desde entonces. Aquí en el foro hemos tenido innumerables casos de ellos, llorosos Apolos que porfiaban por su amor pese a no ser correspondidos, y hastiadas Dafnes que renegaban de esos mismos Apolos que no les dejaban en paz ni a sol ni a sombra. ¿No es cierto?
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