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Tema: Allí estábamos... Responder al Tema
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20-Apr-2025 10:43
Danteojos
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Iniciado por Kafkiano Ver Mensaje
Genial, Denteojos. Me gustó tu escrito.
Lo celebro, Kafkiano. Gracias por leer y comentar
19-Apr-2025 19:01
Kafkiano Genial, Denteojos. Me gustó tu escrito.
19-Apr-2025 17:56
Danteojos
Allí estábamos...

Aunque no suelo mostrar en este foro mi faceta como escritor, me animo a compartir con vosotros alguno de mis textos, aunque sea uno extremadamente corto como este. Eso sí, dado que este foro es de "amor", los limitaré a aquellos que de un modo u otro versen sobre dicha temática. A ver si os gusta:

ALLÍ ESTÁBAMOS

Allí estábamos, tumbados sobre aquel lecho humedecido por el sudor de nuestros cuerpos desnudos, cansados, satisfechos, expectantes, dándonos el uno al otro como ofrenda mutua, dos formas que se unían en la penumbra de un cuarto de hotel mal iluminado. Podía decirse que éramos dos mitades de un mismo ser y que, como tales, por separado no teníamos sentido alguno, una parodia absurda e inane de la vida, y que solo al fusionarnos adquiríamos nuestra verdadera esencia, la naturaleza real que nos definía como entidades vivas. Esta peculiaridad era la que en el fondo daba plena coherencia a nuestra unión, si bien, más allá de su palmaria vis atractiva, tampoco aquella debía entenderse como complementación, ya que distábamos mucho de ser complemento el uno del otro: dos mitades, sí, pero cada una con su propio núcleo y electrones diferenciados, con su propia idiosincrasia.

Allí estábamos, cobijados bajo el silencio horrísono de un tiempo que, inmutable, flotaba sobre nuestras cabezas como cruel titiritero, ajenos a todo cuanto sucediera o pudiera suceder más allá de esas cuatro paredes que albergaban nuestras almas, ataráxicos, estoicos, libres tanto de los horrores del cielo como de las bondades del infierno.

Allí estábamos, sobre aquel lecho que nuestras pieles tornaban cálido, abrazados, dos mitades que, amputadas por la crueldad divina, convergían una y otra vez, consolándonos en generosa simbiosis, perros lamiéndose mutuamente sus heridas, dos seres hidrófilos que saciaban su sed bebiendo cada uno en la boca del otro, que se empapaban con sus propios jugos para sofocar el calor de la angustia que pretendía asfixiarlos, que durante unos instantes, efímeros como estrellas fugaces, reposaban su cansancio infinito, dos almas que se reconocían al tocarse y, justamente al hacerlo, enfriaban las penas e incendiaban el deseo.

Allí estábamos, sin necesidad alguna de complementos, reconociendo nuestra individualidad aun en la equivalencia, nuestros defectos y lagunas, dos mitades imperfectas de un ente asimismo imperfecto y, por lo tanto, maravilloso. Así lo aceptábamos, no con resignación, por supuesto, tampoco con pena, ni con alegría; lo aceptábamos porque se trataba precisamente de nosotros, de nuestra piel, de nuestra carne, de nuestra sangre.

Por eso estábamos allí, en aquel lugar inasequible al mundo y a los hombres, abrazados, vueltos uno, rodeados de ese lujo infinito que supone poder prescindir de todo.


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