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A raíz del hilo abierto sobre la esperanza de vida, en el que otro forero también ha tocado el tema de la eutanasia, me vinieron a la cabeza justamente los últimos días de uno de mis escritores favoritos: Antón Chéjov.
En una de las cartas que se conservan de la profusa correspondencia que mantuvo Chéjov, el escritor vino a decir: “Anoche escupí sangre. No creo que sea preocupante”. Teniendo en cuenta que Chéjov era médico y que padecía tuberculosis, parece más que evidente que su comentario se movía entre el sarcasmo cruel y un optimismo vindicativo. Pero lo cierto es que aguantó todavía bastantes años antes de morir. Murió, de hecho, ya comenzado el siglo XX, concretamente en 1904, mientras estaba en un balneario al que se trasladó con afán de dar nuevos aires a sus afligidos pulmones.
Son varias las versiones que se han dado sobre la muerte de Chejov. A mí la que más me gusta es la que escribió Raymond Carver en su libro “Tres rosas amarillas”. Allí se nos dice que aquella noche de julio de 1904, la mujer de Chejov, Olga Kniepper, apreciando la debilidad de este, llamó a su médico de cabecera para que acudiese al balneario. El médico, viendo que nada podía hacerse ya por el enfermo, dio orden entonces de que llevasen a su habitación una botella de champagne y tres copas. Llenó las copas el médico, tomó una en sus manos, ofreció otra a Olga y la tercera al propio Chejov, que posiblemente apenas si podía sostenerla entre las suyas. Bebieron y brindaron los tres por la vida y por el tránsito al más allá. Cuando el camarero vino a retirar el champagne, Antón Chéjov ya había muerto.
Una muerte hermosa, sin duda, al menos desde una perspectiva literaria y romántica, pues supongo que el enfermo debió sufrir en sus últimos estertores. Pero sí, la muerte del escritor, como toda su vida, estuvo bañada en literatura, en este caso en champagne, como homenaje a los placeres del mundo. No olvidemos que Chéjov era un hedonista y un sibarita reconocido.
Resulta fácil en cualquier caso encontrar una cierta concomitancia entre esta muerte y el justo anhelo que tienen algunos enfermos a una regulación legal de la eutanasia, una normativa que facilite, a quien así lo desee, una despedida del mundo digna y asistida. En el caso de Chéjov, su propio médico le facilita el tránsito, celebrando con champagne el final de lo que fue una vida plena. En cualquier otro caso, se trata simplemente de ayudar a dejarla a quien no quiere seguir sufriendo y quiere poner fin a su ciclo vital. Porque, me pregunto yo y dejo caer la pregunta, ¿es justo que la ley impida a estas personas dar por terminado dicho ciclo y, por el contrario, mantenerlo de un modo aberrante?
A fin de cuentas, como decía Hamlet en su célebre monólogo, morir es dormir…, o tal vez soñar.
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