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Acudo a este foro porque lo leo de vez en cuando y me gustan los consejos que dan.
Verán, mi novio y yo llevamos ocho años juntos, los dos últimos conviviendo, no hemos tenido grandes problemas, la pasión sigue viva entre nosotros y aunque hemos tenido algún problema puntual, todo se ha resuelto con comunicación.
Hace unas semanas me dice que el domingo nos podíamos ir a una piscina que está en otra población, a unos 60 kilómetros y que ya podríamos comer allí. Le contesto que ya que quiere ir a comer a un sitio muy elegante, yo prefiero que vayamos a comer y que otro día vamos a bañarnos.
Me dice que no, que él quiere hacer las dos cosas y le digo que no me apetece porque si me baño luego donde me arreglo para ir al restaurante al que él quiere.
También le digo que para darnos un baño nos vamos a la piscina que hay a 200 metros de nuestra casa y que es una de las mejores de toda la comarca, y que además él ni la conoce.
Me dice que le he arruinado su ilusión con mis pocas ganas de salir por ahí, le propongo otro plan para terminar comiendo donde él quiere, pero lo rechaza.
La cosa no acaba ahí, el domingo pasado me dice que las vacaciones que las empezamos el domingo día 24, las podemos cambiar un poco, salir el sábado, desviarnos para Granada, coger un hotel, cenar allí, dar un paseo por Granada, y por la mañana salir para nuestro destino vacacional. Me pilla totalmente por sorpresa porque yo quería salir el sábado 23 y me ha puesto toda clase de razones para madrugar el domingo y hacer las cinco horas de un tirón. Le digo que no lo entiendo, que en todo caso comprendería llegar al destino el sábado, pero ese desvío no me acaba de parecer bien, es bastante más dinero y además ya hemos visitado Granada varias veces.
Desde entonces está enfadado y no habla apenas, cuando le he dicho que si es tan importante es hacer noche en Granada, me lo podía haber dicho antes y así no me pilla tan de sorpresa. Pero que las cosas se hablan y se llega a un acuerdo.
Pues nada, se cierra en banda y me dice que yo le corto las alas y que eso es imperdonable.
Nunca le he dicho que no a ningún plan que haya propuesto y que me haya parecido bien, nunca le he puesto ni una pega a que salga con amigos por ahí, ni un reclamo, ni una palabra cuando se ha pasado un poco de copas o de hora para regresar.
Pero resulta que le corto las alas.
Estoy yo equivocada, me habré pasado al decirle que debería haberme dicho lo de Granada cuando lo pensó y no cuando ya tenía el hotel casi pagado?
Me siento un poco mal porque parece que siempre tengo que decir si a todo y que mi opinión no parece importante.
Estamos juntos pero lo siento a bastante distancia de mi, desde el domingo no entiendo nada.
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