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Hola, para ser tu posición tan extremadamente difícil (los únicos imposibilitados son los muertos) a tu mensaje le faltan datos. Es más, creo que involuntariamente estás condicionando las respuestas que obtuviste y yo mismo te contestaría en idéntica forma, sólo que he pasado por situciones de cierta similitud y alguna tuvo un desenlace inesperado.
Para comenzar debo reconocer que en el caso que voy a contarte tuve una importante ventaja: al comienzo, no estaba enamorado. Eso me permitió transitar una relación auténticamente amistosa, es decir, sin esas segundas intenciones que se ven desde lejos y que chirrian a los oídos de quien hasta entonces nos iba entregando su confianza; ni el exceso de consideración que suele llevarnos a menoscabar nuestra imagen y convertirnos en seres predecibles, sin ningún misterio.
Yo sabía que ella tenía una amiga tan íntima que más que despertar dudas, confirmaba certezas. Pero... como tengo por costumbre no preguntar, sino aquellas cosas que siento que pueden ayudar al desahogo y no a incomodar, hubo entre nosotros un creciente estrechamiento de lazos, confidencias sólo posibles dichas a media voz, y una inigualable sensación de querer permanecer juntos, aunque la noche se fuera transformando en un mutuo y plácido insomnio.
Poco a poco, nos era más difícil despegarnos porque la intimidad lograda era, según sus palabras, la más grande que ella había experimentado. A esta altura yo comenzaba a notar que mis emociones crecían hasta donde comienza el desborde y le propuse darnos un poco de espacio para evitar confusiones, ya que unas noches antes me había revelado entre otras cosas, que nunca había salido con un hombre, lo que no estimulaba la esperanza. Pero... la noche de mi mal disimulada despedida precipitó todo: su llanto, su reproche, y un beso tan dulce que cambió todo, y nuestra tensión se transformó en un aguacero de verano.
Me dijo que dentro suyo sentía que no se enamoraba de mujeres sino de personas, que las aproximaciones que habían intentado algunos chicos habían sido tan desastrozas para su sensibilidad, que la habían llevado a creer que tal vez fuera lesbiana.
Las mismas piedras que yo había imaginado un muro, habían conformado un puente.
No siempre las situaciones análogas que me tocó vivir, tres en total, tuvieron un final así. Porque eso es justamente la constante de la vida: la sorpresa, y a veces el desconcierto. Aunque a veces se trate de sorpresas o desconciertos generosos.
Quise compartir esta experiencia con vos, porque tal vez, quien sabe, te pueda ser útil.
Fuerza y adelante!
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