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Hola, me llamo Bernabe y tengo 34 años. Soy docente y trabajo en la división de formación docente, donde tengo la responsabilidad de supervisar ocho escuelas. Entre ellas se encuentra Andrés, un compañero cuyo nombre he decidido utilizar para mantener su anonimato. Todo comenzó hace dos años, cuando ingresé al CDC estatal. Desde el inicio, formamos un excelente equipo de trabajo, logrando éxitos en los proyectos que planificamos y ejecutamos juntos. Esto nos permitió construir una relación de amistad y un ambiente de convivencia muy agradable.
Con el tiempo, nuestra rutina de trabajo nos llevó a trasladarnos a la sede central para reportar nuestras actividades, y es ahí donde nuestras interacciones comenzaron a cambiar. A menudo viajábamos en una sola moto hacia la ciudad, y era en esos momentos cuando sentía su corpulento cuerpo pegado a mi espalda. Al principio, todo se sentía normal, un contacto cotidiano que no despertaba más pensamientos. Sin embargo, a medida que pasaban los días, la situación comenzó a transformarse.
Una vez, Andrés me trató con una amabilidad especial, comprándome algo de comida y preguntándome si las cosas que estaba considerando comprar le quedaban bien. Esa conexión fue un punto de inflexión; comenzamos a interactuar de una manera más cercana, y me di cuenta de que había algo más que una simple amistad. Ambos somos heterosexuales, cada uno con su propia familia e hijos, pero a pesar de eso, empecé a sentir algo especial por él, algo que no podía ignorar.
Recuerdo un viaje en particular, regresando de la sede central hacia nuestra escuela en un área rural. La vibración de la moto era inconfundible y, en un momento, sentí un escalofrío recorrer mi cuerpo. Era una mezcla de emoción y nerviosismo, y me di cuenta de que, por alguna razón, su cercanía me afectaba de maneras inesperadas. Tuve que improvisar, colocando un cuaderno entre mis piernas para disimular una situación incómoda.
Desde entonces, hemos compartido encuentros cargados de miradas insinuadoras y toques intencionados, aunque ninguno de los dos se atreve a confesar lo que realmente sentimos. Nos conformamos con esos momentos de cercanía, jugando con la línea entre la amistad y algo más profundo. En este juego silencioso, la tensión crece y las posibilidades parecen infinitas, aunque el miedo a lo desconocido nos mantiene en un delicado equilibrio.
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